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Lunes 18 de septiembre de 2006

Kirchner: ¿un subordinado al modelo chavista?

El gobierno argentino simpatiza profundamente con el modelo chavista, basado en el odio, el resentimiento, el abuso del poder, el uso de los fondos públicos con fines partidarios, el espionaje interno para detectar opositores, la creación de un clima de miedo a hablar libremente y la utilización de la gente en la calle para imponer sus ideas por la fuerza.

Con optimismo veo que, en ciertos medios de comunicación, algunos periodistas y dirigentes políticos comienzan a preocuparse por la institucionalidad del país. Muchos de ellos empiezan a darse cuenta de que obtener una mayoría circunstancial a la hora de votar no habilita a que el gobierno elegido pueda hacer lo que se le dé la gana cual monarca del medioevo. Tal vez los ataques a los que últimamente ha sido sometida parte de la prensa hayan contribuido a advertir el peligro de poner el voto por encima de la ley. Algo así como decir: “yo tengo los votos y eso me habilita a hacer lo que quiera sin ningún tipo de restricciones”.

Como lo he señalado en otras oportunidades, en realidad, la democracia no es otra cosa que un mecanismo pacífico para cambiar de administrador. En otras palabras, el reemplazo de un administrador por otro no debería implicar una modificación en las reglas de juego tan profunda como para que las libertades civiles, políticas y económicas se vieran comprometidas.

Pero de la democracia ilimitada (tengo los votos y hago lo que quiero sin someterme a la ley) hemos pasado en varios países latinoamericanos al uso de fuerza para imponer los criterios del mandamás de turno. Me refiero al uso de fuerzas de choque para intimidar a los opositores cuando se está en el poder o para crear caos y un golpe de Estado cuando se está en la oposición. Un ejemplo típico de esto es Evo Morales. Mientras no era parte del gobierno, se cansó de sacar la gente a la calle para crear caos social y político y, así, voltear presidentes. Ahora que está en el poder y otros le salen a la calle en protesta por su comportamiento autoritario, saca a sus fuerzas de choque para enfrentarlas con los opositores. Como se ve, ya ni siquiera tenemos una democracia ilimitada en la que el gobierno dispone a su antojo de la vida y la fortuna de las personas. Ahora la fuerza bruta ha reemplazado a la democracia ilimitada.

Un hecho similar al de Bolivia se dio en nuestro país unas semanas atrás cuando, con el beneplácito del gobierno, Luis D’Elía intentó intimidar a pacíficos manifestantes que marchaban pidiendo algo tan elemental como seguridad.

Este sistema de persecución de los que piensa diferente y el uso de las fuerzas de choque es típico del fascismo, modelo reeditado por Hugo Chávez, quien ha manifestado que no cree en la democracia representativa, sino en la de las movilizaciones populares.

Así como en la década del 70 Fidel Castro causaba muerte y destrucción en Latinoamérica exportando el terrorismo, en la actualidad es Chávez, admirador del dictador cubano, quien, gracias a los ingresos del petróleo, está intentando exportar su modelo de democracia a los palazos. En unos casos lo consigue y en otros fracasa estrepitosamente.

Evo Morales, que se comporta como un títere de Chávez, se está enfrentando con la reacción de una importante región de Bolivia que, no sorprendería, termine separándose y formando un gobierno aparte.

Néstor Kirchner, que tanto declama la independencia de los centros de poder financieros, no sólo tiene buenas relaciones con Chávez sino que, además, depende de este autócrata para colocar bonos y conseguir combustible en momentos en que la crisis energética está tocando a las puertas del modelo productivo inaugurado por Duhalde y seguido por el actual presidente.

Por la intolerancia de su discurso, por la agresividad que despliega hacia quienes piensan diferente, por los manejos que hace para concentrar cada vez más poder y por la dependencia económica, Kirchner tiende a parecerse cada vez más a Chávez. O, si se prefiere, tiende a subordinarse al modelo chavista.

Es obvio que, al igual que Fidel Castro en los 70, Chávez tiene la aspiración de dominar Latinoamérica. Desea transformarse en algo así como el mandamás de la región. Algunos países, como Colombia, México, Chile y Brasil, lo rechazan. Otros lo ven como el líder regional. Son éstos los casos de Evo Morales y Kirchner. Después de todo, la actual ministra de Defensa de la Argentina es una profunda admiradora del autócrata venezolano, al igual que el funcionario público D’Elía, de manera que resulta bastante claro que el gobierno de Kirchner no puede negar su subordinación o, al menos, admiración al proyecto bolivariano de Chávez.

Nos encontramos, entonces, en una situación que, por un lado, trae vientos de optimismo dado que muchos sectores del periodismo y de la política han advertido que con votar solamente no se establece una democracia, sino que los pasos siguientes al del voto son el respeto de las minorías, la libertad de expresión, la posibilidad de disentir políticamente, el derecho de propiedad, entre otros. Es como si ciertos sectores de la sociedad advirtieran cómo se ha desnaturalizado la democracia.

Pero, por otro lado, me preocupa que esta reacción sea un poco tardía. Digo esto porque la tolerancia que ha demostrado Kirchner frente a los atropellos de D’Elía demuestran complacencia frente a la fuerza bruta, lo cual podría llevar a la sociedad a un enfrentamiento civil, porque es obvio que el proyecto autoritario de Chávez, exportado a Bolivia y la Argentina, sólo es aplicable mediante el fraude, el uso de la fuerza contra los opositores y la subordinación de los otros poderes del Estado a los deseos del autócrata.

El odio y el resentimiento que se impulsan desde el gobierno y sus seguidores han pasado los límites de la política para ni siquiera respetar Derechos Humanos elementales. Por ejemplo, Fernando Siro murió pocos días atrás y la sociedad de actores no permitió que fuera enterrado en su panteón porque su esposa se había expresado a favor de Videla. Este comportamiento sobrepasa los límites de las diferencias políticas o de las chicanas en ese campo. Este comportamiento muestra un odio hacia todo los que no piensan igual que hace pensar que ese sentimiento los puede llevar a utilizar cualquier método con tal de vengarse de los opositores.

Tenemos, en síntesis, un gobierno que simpatiza profundamente con el modelo chavista, basado en el odio, el resentimiento, el abuso del poder, el uso de los fondos públicos con fines partidarios, el espionaje interno para detectar opositores, la creación de un clima de miedo a hablar libremente y la utilización de la gente en la calle para imponer sus ideas. En definitiva, un modelo que la gente acepta sumisamente o se lo imponen a palazos.

El gran interrogante que se presenta ya no es si en las elecciones del año que viene Kirchner ganará o perderá. El interrogante es si, ante la adversidad en las urnas, el uso de las fuerzas de choque que responden al modelo chavista impondrá por la fuerza lo que no se consiga en las urnas. © www.economiaparatodos.com.ar


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