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Jueves 13 de julio de 2006

La burocracia en su laberinto

El documento en el cual el ministro Daniel Filmus expone sus motivos para modificar la Ley Federal de Educación y los lineamientos del nuevo proyecto que propondrá tiene algunos pasajes que claramente denotan que han sido escritos desde la comodidad de un despacho y muy lejos de las aulas.

Seguramente a muchos lectores les ha tocado, en algún momento, pasar –como padres o como alumnos– por la experiencia del cambio de colegio. No importa cuál haya sido la causa de tal decisión, su consecuencia es, sin duda, una necesidad de adaptación. El alumno que va a un nuevo colegio debe adaptarse a nuevos compañeros, nuevos horarios, nuevas autoridades, nuevos maestros, nuevos recorridos para llegar al establecimiento, entre otras muchas cuestiones. De todas estas situaciones, nos interesa analizar una en particular: el chico debe adaptarse a que, quizá, en su antigua escuela no estudió exactamente lo mismo que estudiaron sus nuevos compañeros.

Para padres, alumnos y docentes esto resulta habitualmente una realidad obvia. Los docentes piden carpetas y cuadernos, toman alguna evaluación de nivel, preparan algunos ejercicios para que el alumno realice para ponerse a tono, en algunos casos extremos proponen clases extras o, a ciertos niveles, clases particulares. Los compañeros nuevos suelen aportar material del año pasado y explicaciones a su nuevo amigo. Los docentes toman en cuenta las diferencias en las primeras evaluaciones y valoran el esfuerzo.

Muchas veces, el alumno nuevo de repente en alguna clase sorprende porque sobre un tema sabe más que sus compañeros. A ese tópico su maestra del año pasado le dedicó más tiempo, o se realizó un proyecto especial o lo que sea. Así, de pronto, “el nuevo” que todo lo tiene que preguntar sabe las respuestas que sus compañeros no y de alguna manera se afianza en su grupo.

Van pasando los días y las semanas y, en algún momento entre los tres y seis meses de clase, todos se olvidan de que tal chico es “nuevo”. Quizá en alguna materia todavía hay dificultades, que necesitan esfuerzo para ser superadas… Pero, bueno, todos tenemos problemas en alguna u otra materia.

Es verdad que este proceso de cambio demandó al alumno un esfuerzo adicional. Él y su familia sabrán por qué estuvieron dispuestos a hacer ese esfuerzo: será la casa nueva, el estar más cerca de los abuelos, el nuevo trabajo de papá, la tranquilidad de estar en este nuevo colegio, etcétera. Como con todo en la vida, se paga un precio por una ventaja y queda en la intimidad de la familia elegir si se cambia de colegio o no.

Estas situaciones son habituales en las escuelas: hay alumnos que se cambian de colegio a principio del ciclo escolar y otros a mitad de año, hay alumnos que vienen de lejos y otros que provienen de instituciones que están a pocas cuadras. Incluso situaciones parecidas ocurren sin que haya cambio de colegio: un alumno faltó 40 días por alguna enfermedad, o cambió de la división B a la A, o pidió cambiar de orientación dentro de las distintas que ofrece un mismo colegio, o quizá la dirección del colegio decidió fusionar dos divisiones o distribuir a los alumnos de una manera diferente… Son situaciones que son parte de la labor diaria de los docentes, que las enfrentarán con mayor o menor éxito en función de su compromiso, profesionalismo, responsabilidad y la pizca de suerte que siempre hace falta.

Para quienes la situación es muy complicada es para las pobres secretarias de las escuelas: su deber es verificar que el alumno que viene de otro colegio presenta su certificado con todos los sellos y firmas correspondientes… y créanme que algunos son difíciles de conseguir. Mientras llega el famoso certificado, las secretarias “aguantan” con alguna constancia de certificado en trámite o similar. Uno creería que el problema se soluciona cuando finalmente llega al colegio el bendito certificado o certificado analítico. No. ¿Qué pasa si, transcurridos ya uno o dos meses, cuando las secretarias reciben este papel los planes de estudios no coinciden? ¡Ay, mi Dios! Es preciso averiguar si algún organismo oficial ha establecido si hay equivalencias entre ambos planes de estudio. Si las hay, deben conseguir la resolución y evaluar qué equivalencias debe rendir el alumno; si no las hay, tendrán que conseguir que alguna autoridad dictamine si este alumno que ya hace tres meses que está en la escuela puede seguir concurriendo y qué materias debe rendir. Y, entonces, cuando el chico ya está saliendo adelante le caemos con un “disculpanos, pero el ministerio dispuso que tenés que rendir estas materias…”. Y tenemos que explicarle también que no importa que su otro compañero que viene del colegio de más cerca y que vio menos que él no tiene nada que rendir porque es de una misma jurisdicción o porque en la lotería de los planes de estudio tenía el número adecuado.

Esto es lo que el ministro Daniel Filmus llama en su documento “graves problemas para la movilidad de los alumnos”.

Para evitar este inconveniente, dispondrá o bien que en todas las aulas de todo el país se dé exactamente lo mismo (olvidándonos de que las realidades de cada aula son distintas, aunque eso no se ve desde un despacho), o bien que una comisión federal establezca “los mecanismos que viabilicen el reconocimiento y equivalencia de estudios, certificados y títulos de la educación formal y no formal en las distintas jurisdicciones” como establece la Ley Federal de Educación que debe hacer el Consejo Federal de Cultura y Educación y, que cuando lo hizo, tardó tanto que trajo más problemas que soluciones.

Mientras esperamos que la comisión resuelva, no tiene valor ni el criterio del docente del colegio original que aprobó o desaprobó al alumno, ni el director que avaló, ni el criterio del docente del colegio nuevo que evalúo y trabajó, ni el nuevo director que acompañó, orientó y evaluó. Seguramente eso es a lo que el ministro se refiere cuando habla en su documento de una “carrera docente con desarrollo profesional”.

Y es aquí donde se materializa el círculo vicioso: la burocracia impone ciertos trámites para que el alumno cambie de colegio, luego la burocracia se demora en clarificar los pasos y requisitos de estos trámites complicándole la vida a alumnos y docentes que ya solucionaron el problema de fondo, entonces la misma burocracia como persiste el problema que ella misma inventó justifica que hay que cambiar la ley por otra que diga más o menos lo mismo que la primera, pero, como es nueva, hay otros oportunidades para generar problemas. Problemas que desde el despacho ministerial son gravísimos y que en el aula ya están superados. © www.economiaparatodos.com.ar



Jorge Ludovico Grillo es abogado, docente y director de un instituto polimodal en la provincia de Buenos Aires.




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