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jueves 24 de julio de 2008

La paz requiere bonhomía… ¿la tienen?

Esperemos que el Gobierno advierta que lo que la sociedad espera es un llamado a la concordia en pos de una mejor vida para todos.

Si bien las formas del reconocimiento se alejan bastante de la hidalguía y la grandeza, los Kirchner derogaron la resolución 125. De nuevo las velocidades de Kirchnerlandia ya anotadas en la última columna nos hacen recordar otra vez los días que corren entre que esto se escribe y la publicación. Pero pese a ese detalle podemos intentar algún análisis de lo que vendrá.

El decreto de anulación tiene formas más parecidas a las de una proclama que a la humildad del grande. De su terminología casi se desprende la creencia de que el gobierno no solo tiene razón e hizo todo bien sino que además, en realidad, ganó la discusión. Relata allí lo que a su juicio son una serie de actividades delictivas, de resulta de las cuales tuvo que dar marcha atrás en su posición. Curiosa conclusión la de un gobierno de la ley, que supuestamente reconoce deber bajarse de sus convicciones por la presión del delito.

Pero lo cierto es que la primera condición para que se pueda esperar un nuevo desarrollo a partir de ahora, está dada: el capricho de las retenciones móviles es historia.

¿Qué cabría esperar desde ahora? Todos coinciden, desde el Vicepresidente Cobos hasta el último de los argentinos bien nacidos, que la ciudadanía sensata aspira a vivir en paz, lejos de los insultos y de las crispaciones a las que inútilmente los Kirchner han sometido al país desde 2003. La gente necesita armonía, relajación, seguridad… vivir tranquila.

Para ello harían falta varios pasos. El primero, a regañadientes, se cumplió. Pero las formas en que ese paso se dio dan lugar a dudas sobre los siguientes. Ese trago de aceite de ricino que para el gobierno fue desandar el camino hasta el 10 de marzo, indica que han entendido poco.

Si el país comenzara a “ablandarse” y a dejar atrás las tensiones artificiales para mirar hacia adelante, a buscar la unión y dejar el “numerismo” completamente enterrado, quizás tengamos aun una oportunidad para vivir en paz.

Al día siguiente del voto de Cobos, tuve la oportunidad de conversar con el presidente de una importantísima empresa automotriz y no pude evitar preguntarle como veía esto desde el punto de vista de un extranjero que vive aquí pero que, evidentemente, está de paso en la Argentina. Me contestó con una enorme simpleza. Me dijo: “Esto es la democracia”.

Resulta revelador como el mismo hecho puede ser visto de manera tan diametralmente opuesta: para los partidarios del gobierno esto era el fin, un atentado a la democracia, una herida de muerte, el ejercicio de una actividad destituyente. Pera alguien criado en la cultura democrática, esto, precisamente, es la democracia.

Y no cabe duda de que para una parte mayoritaria de argentinos y el gobierno en particular, el concepto de democracia se ha confundido con el “numerismo”, es decir, con la rudimentaria idea de que la democracia consiste en que quien gana unas elecciones puede hacer lo que quiere con el país. Para esta forma de entender la democracia, esta consiste en imponerse en unas elecciones.

Afortunadamente la democracia es un sistema mucho más complejo que eso. La democracia implica un constante balance entre las opiniones sociales representadas en los poderes elegidos y éstos, tienen la libertad -y la obligación- de discutir y acordar los mejores compromisos para la suerte del todo. La voz cantante del que ganó no es la única y los argumentos racionales de una discusión pueden mover los votos de los legisladores hacia un lado y otro con independencia del resultado de las elecciones. La divergencia entre los votos legislativos y los votos electorales no es un atentado a la democracia, sino, al contrario, la democracia misma.

El “numerismo” le ha hecho un enorme daño a la Argentina. La ha llevado a tomar como normales cosas que no lo son. La ha llevado a creer por ejemplo que el Vicepresidente debe acompañar siempre la opinión del presidente cuya formula integró. Con estos criterios no haría falta ni su presencia ni la de los legisladores por las minorías, porque el “número electoral” tomado como sinónimo de la democracia siempre debería imponerse.

Es lamentable que el país se tome tanto tiempo para entender estas simplezas. Quizás sea ésa la diferencia que tiene con otros: los demás tienen una velocidad de aprendizaje mayor.

Apostemos a que eso cambie. A que comencemos a ver más temprano ciertas obviedades. Entre ellas, esperemos que el gobierno advierta que lo que la sociedad espera es un llamado a la paz y a la concordia. A la resignación de rencores y venganzas en pos de una mejor vida para todos.

Frente a estos ideales, existen algunos que hablan de “relanzamiento” del gobierno. ¿Qué entenderán por ello? ¿Sacar de la escena a los íconos inconfundibles de un idioma de furia que ha sido vencido por la aspiración a la concordia? ¿Mandar de vacaciones a los Néstor, a los D’Elía, a los Kunkel, a los Moreno, a los Pérsico, a los Bonafini? ¿O, al contrario, redoblar la apuesta (como siempre les gusto decir) y confirmar a los que ya son ministros y nombrar a los que no los son? Un Kirchner jefe de gabinete, con D’Elia y Bonafini en el elenco ministerial…

Las grandes disyuntivas de las naciones siempre terminan resolviéndose según la clase de gente que en esos momentos culminantes tiene en sus manos la suerte de las decisiones.

El renunciar al rencor y al resentimiento requiere cierta dosis de benignidad, de corazón abierto, de humildad, de grandeza verdadera y de cierta hombría de bien. La paz requiere de la bonhomía de los grandes.

Mi duda es si estamos en presencia de esa buena gente, de esas personas de sentimientos nobles que, dejando a un lado sus porfías personales, dan un paso hacia la unión de todos para que, en la diversidad, la armonía reine en una tierra ya cansada de tanta agitación. © www.economiaparatodos.com.ar

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