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Lunes 10 de diciembre de 2007

La sociedad: la otra cara de la moneda

La naturalidad con la que los argentinos aceptamos las mentiras y atropellos de los políticos demuestra que la ciudadanía ha perdido esperanzas y poder de crítica.

Cristina Fernández de Kirchner está a punto de convertirse en la “nueva” presidenta en ejercicio del poder. Al menos legítimamente, puesto que ese rol lo ha venido ocupando con anterioridad y en forma casi paralela a Néstor Kirchner, sin que se le haya dado a la ciudadanía ningún tipo de explicación plausible. En rigor, nadie tampoco la exigió. Y aquí reside quizás uno de los problemas más complejos a desentrañar: ¿qué pasa en la sociedad? ¿Hay alguna respuesta capaz de explicar por qué todo se acepta con tanta naturalidad?

Néstor y Cristina Kirchner obran como lo que son, un matrimonio con una compleja peculiaridad: manejan el poder de manera discrecional. El pueblo no demanda, observa pasivamente cómo le roban el futuro y lo condenan a un presente donde un electrodoméstico más o un auto nuevo marca la diferencia entre el estar bien o el estar mal. Hoy, los argentinos creen estar bien porque pueden veranear unos días, no experimentan el vértigo de la hiperinflación alfonsinista, los bancos no amenazan confiscar sus ahorros, ni el dólar se modifica. Y es que las sucesivas crisis que experimentó la Argentina han llevado a que se tomen parámetros muy frívolos para medir la calidad de vida. No cuentan el nivel educativo que puede dársele a un hijo, ni los valores, ni los ejemplos, ni siquiera la posibilidad de salir cada mañana con la certeza de regresar sanos e ilesos.

Los barrios se cercenan entre rejas y candados, los vecinos viven como presos y a la adolescencia se la llevó un concepto deformado de democracia que les ha hecho creer a los jóvenes que las jerarquías son algo malo. Toman colegios, atentan contra sí mismos con el tabaco, se agarran a trompadas entre ellos o se autoflagelan como sinónimo de coraje y valentía. El consumo de bebidas alcohólicas y pastillas es sinónimo de diversión. La vida cambió, hay que adaptarse, es cierto. Si embargo, hay cambios que son verdaderamente retrocesos, aquí y en el mundo entero.

Este cambio que parece meramente social tiene un componente político de envergadura: la autoridad máxima de la República Argentina no pregona el respeto, ni las buenas costumbres, no se erige como ejemplo ni rinde culto a la palabra empeñada. Desde arriba hacia abajo cunden el mal ejemplo, el desdén por las tradiciones y las buenas costumbres, el olvido de los próceres, la transmutación de la patria en bandos, odios y revanchas. Así, la zozobra de la dirigencia se traslada inevitablemente al pueblo, que termina por aceptar todo sin discernir siquiera si vale o no la pena, si lo que se le dice es o no cierto. Las contradicciones de la política calaron hondo en la vida de los ciudadanos.

No hay juicio crítico en la sociedad, la patética frase “es lo que hay” pone de manifiesto la aceptación ciega de las prebendas, los negociados, la ineficiencia, las mentiras que se venden como ciertas. Contagiados de la dirigencia, cada uno atiende su juego y trata de armar su kiosquito sin que importe el vecino. Además, los argentinos ya no ahorran, el crédito se ha esfumado. La idea es consumir el presente a sabiendas de que el mañana es utopía pura y depende, en todo caso, del capricho de un mandatario, o de dos en nuestro caso.

Las autoridades han dado consistentes pruebas de sus prioridades a la hora de actuar. El ir detrás de intereses sectoriales no permite atender el interés general, priman la ambición y el individualismo, esa necesidad de “salvarme yo”. Si a ello sumamos el temor que genera un Gobierno que castiga al que piensa diferente y que utiliza métodos poco ortodoxos para “convencer”, nos quedamos con una orfandad peligrosa. Así, las necesidades de la gente terminan siendo acalladas por un andamiaje oficial preparado para sustituir las demandas reales por otras a las que puedan y les convenga satisfacer para sumar puntos a su imagen. De ese modo, la inseguridad se torna costumbre mientras es ninguneada por el Estado Nacional y deja de ser una problemática crucial que no puede esperar más. Todos los días hay asesinatos, los episodios de violencia se han convertido en algo común y corriente, los ciudadanos cuentan sus experiencias como si se tratara de aventuras en una ciudad convertida en jungla. Se pierde conciencia: asaltos y robos no son algo normal, pero terminamos conviviendo con ellos e implementando alguna suerte de solución personal: rejas, alarmas, puertas blindadas, entre otras.

El aumento de precios negado cotidianamente desde el Gobierno es, ni más ni menos, inflación. Comprar eufemismos tales como “ajustes tarifarios” u otros similares impiden que advirtamos que la economía no es la panacea que relatan desde Balcarce 50 y que no hay estabilidad o crecimiento magnánimo capaz de atraer capitales foráneos para que el desarrollo sea real. Todo se lo acepta. No hay reacción, apenas alguna queja de sobremesa. Eso explica el silencio ante el atropello de la emergencia económica, la apatía ante los aumentos de precios, el desdén hacia los funcionarios sospechados de corrupción que se quedan en sus cargos.

Los cortes de calles, las movilizaciones gremiales, el reclamo de asambleístas y los hospitales sin insumos no nos incumben en la medida en que no tengamos que transitar por esos sitios, ni vivamos en Gualeguaychú o requiramos atención médica del Estado. Tampoco nos afecta la detención de Luis Patti porque no es un pariente cercano. Menos aún hay un despertar social ante temas alarmantes como la multiplicación del paco. Esos problemas de los demás. Mimetizado con las autoridades, también el pueblo mira para otro lado.

Mientras, nos quieren convencer de que todo marcha sin inconvenientes aunque, simultáneamente, desde el exterior, todos los informes (educación, corrupción y competitividad) nos señalan en franco retroceso y perdiendo posiciones de liderazgo en Latinoamérica. Chile y Brasil, en contrapartida, avanzan superando obstáculos. En la Argentina, negándolos nos quedamos. ¿Hay posibilidades de salir de esto? No se ven anticuerpos en el ámbito político, tampoco asoman en el pueblo. Blandir cacerolas cuando ya todo está perdido no es lo que nos hará tener un país como el que queremos o decimos querer. Pongámonos de acuerdo… pero a tiempo. © www.economiaparatodos.com.ar


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