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Jueves 14 de febrero de 2008

La utopía marxista de Chávez comienza a hacer agua por todas partes

Inflación, escasez de productos, contrabando, secuestros y una casi inexistente inversión de capitales es la realidad que vive hoy Venezuela.

Con el disfraz -poco convincente- de una nebulosa propuesta a la que ha bautizado -pomposamente- como “Socialismo del Siglo XXI”, el marxista Hugo Chávez está procurando imponer al pueblo de Venezuela, caóticamente, el ya fracasado sistema económico socialista.

Aquel que, como el mundo sabe bien, inevitablemente sume a la gente en (i) el autoritarismo político; y (ii) la miseria económica. El ejemplo cercano de lo que sucede en la isla de Cuba es el más vívido de todos para demostrar cómo, en términos relativos (esto es, comparando con los demás), un pueblo sumergido autoritariamente en el socialismo marxista queda -en los hechos- separado del mundo y empantanado en el atraso.

Con los bolsillos llenos de petrodólares de los que Chávez se ha apoderado y agitando sin cesar los conocidos fantasmas y erigiendo toda suerte de cortinas de humo, que se renuevan de tanto en tanto, Hugo Chávez hasta ahora vendió “al por mayor” ilusión.

Lo hizo hábilmente, cual caudillo de otras épocas, enfervorizando sistemáticamente la esperanza de muchos. En rigor, solamente compró – temporalmente- sus voluntades con prebendas y subsidios de todo tipo, acompañados con discursos encendidos, acusando a gritos (y con su proverbial mala educación) a otros, de las responsabilidades que generan sus propios fracasos.

Hoy su figura, sin embargo, está realmente vecina al ridículo. Dentro y fuera de Venezuela Hugo Chávez genera rechazo. Y sus manipulaciones ya no encienden, ni atraen, como antes. En parte, porque la gente tiene ojos, oídos y estómagos. Pero en parte también porque, al final, después de la agitación que provocan las emociones, siempre se termina por pensar. De allí que su popularidad haya descendido a niveles de apenas el 29% de favor popular. Ese es, uno de los índices más bajos del mundo.

Mientras tanto, su vecino el Presidente Uribe, de Colombia, al que Chávez no cesa de atacar, tiene el apoyo del 81% de su pueblo.

Y las FARC, a las que Chávez procura (como “compañero de ruta” de ellas que es) promocionar, han finalmente generado, en lugar de admiración, manifestaciones masivas de repudio con la concurrencia de millones de almas, a lo largo y ancho del mundo.

Torpeza tras torpeza “chavista”, en materia de política exterior, capítulo al que Chávez maneja con actitud castrense, y así le va.

Con sólo pensar que nuestro ex Presidente “de jure”, Néstor Kirchner (el actual Presidente “de facto”) apostó a mezclarse con Chávez y las FARC, da realmente pena argentina. Mucha. No sólo por el error de criterio que ello supone, más allá de las claras afinidades ideológicas con el marxismo, también por la imagen que ello proyectó.

Todo en Venezuela (como aquí) está groseramente deformado por los subsidios con los que el populista Chávez deforma todas las relaciones de precios. En rigor, todo. Los venezolanos hoy pagan por su nafta treinta veces menos que los colombianos. Increíble. Lo mismo hacen en Irán, el país que es el actual aliado estratégico de Venezuela.

Como consecuencia de ello, el contrabando de combustibles, que escasean, es inmenso. Lo mismo ocurre con la leche y el azúcar, cuyos precios están controlados. Las valientes tropas de Chávez patrullan -armadas hasta los dientes con las modernas Kalashnikovs compradas en Bielorrusia y Rusia- las fronteras con Colombia. Dejan pasar a los hombres y los pertrechos de las FARC y, en cambio, secuestran la nafta, la leche y el azúcar con cuyas diferencias de precios tratan de lucrar los venezolanos. Increíble. Para eso está la Guardia Nacional.

Pese a la escasez, la oferta de productos del agro no aumenta. Porque todo es, en su universo, un des-incentivo. Los controles de precios; los controles de cambio; las amenazas de expropiación; los secuestros que se hacen para extorsionar (algunos de los cuales, se sabe, fortalecen los cofres de las FARC); la inflación creciente, que en el mes de enero pasado fue del 3,5% mensual, y que ya se proyecta con una tasa anual del 22,5%, que la ubica como la más alta del continente; el contrabando generalizado; y la disminución constante del área total sembrada, en un país que imperiosamente necesita expandirla. A ello hay que sumarle uno de los peores climas de inversión del mundo, en el que las amenazas y la arrogancia del poder han reemplazado a los incentivos.

Pobre Venezuela, que es (i) nuestra más dinámica socia comercial y (ii) nuestra fuente inagotable de financiamiento externo, porque todavía (a siete años de la crisis del 2001) no hemos sabido negociar con el Club de Paris, ni con los acreedores (bonistas) externos que rechazaron una re-negociación de sus créditos en la que el deudor pretendió (cual matón) imponer su criterio, lo que no es moneda corriente en la comunidad civilizada de naciones. Todavía tengo en el recuerdo los múltiples gestos asertivos de nuestra Presidente (vestida de rojo) en oportunidad de la última visita del inefable Chávez, sentada frente a él. Y también eso me da pena argentina. No lo puedo evitar. Más allá de los cambios ficticios o estratégicos de rumbo, que lo único que demuestran es una notoria carencia de principios en nuestra “política exterior”. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


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