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EPT | February 27, 2021

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Lunes 11 de agosto de 2008

“No estamos solos, Cristina”

Aplacada temporalmente la crisis del campo, los restantes problemas de la economía y la política vuelven a escena.

Pareciera que los argentinos tenemos una especial devoción en perder el tiempo. Aun cuando este es el único recurso no renovable, lo despreciamos con profesionalismo. Es así que pasamos horas, semanas y días debatiendo el “cambio” de Cristina Fernández de Kirchner como si, acaso, una sonrisa más marcada o un tono de voz menos agudo pudieran modificar realmente a la Argentina. Robert De Niro no deja de ser él porque represente al capo mafia que se analiza en una determinada etapa de su carrera o al siniestro criminal de Cabo de Miedo en otro tiempo. El maquillaje y la cosmética, antes o después, dejan al descubierto lo que se es, sin máscara ni careta.

Indudablemente, la llamada crisis del campo dejó algo más que un Congreso con ganas de seguir funcionando. Amén de haber forjado un sinfín de sospechas y rumores en torno a la fortaleza del gobierno y a los roles que cada miembro del matrimonio representa, el conflicto con el sector agropecuario despejó las portadas de los diarios para recordarnos que la economía viene haciendo mella y la inseguridad no admite ser caratulada más como mera sensación de la población. Los problemas que quedaron de lado, opacados por el protagonismo que supo ocupar el campo, vuelven a escena y requieren algo más que un incipiente cambio comunicacional.

La mentada “oxigenación” que se pedía al oficialismo quedó limitada, por el momento, a pocos desalojos en Balcarce 50 que no demuestran gran operatividad sino la afluencia de nuevas internas. Ni la sonrisa de Sergio Massa ni la obsecuencia ilimitada de Florencio Randazzo están logrando vender las bondades de la Argentina tal como se ofrece en la oratoria oficialista.

El cambio comunicacional que supone mostrar a la Presidente ante las cámaras recorriendo las provincias (amigas) no puede traducirse en apertura ni en transparencia. Puede decirse que, en vez de un atril ahora hay muchos, pero de ahí a sostener que, el gobierno nacional, ha entendido el mensaje y modificado el rumbo hay un abismo. Más allá de la señal de los mercados, del riesgo país que debe leerse en duplicado si se atiende la inflación real y el festival de bonos merodeando, hay movimientos políticos que permiten deducir un panorama desfavorable al oficialismo a nivel institucional. El “estilo K” que lejos de suavizarse se agudiza en forma de venganza infantil y absurda como lo manifiesta el bajar de una comitiva al vicepresidente Julio César Cobos, y en su lugar situar al inefable José Pampuro permite avizorar nuevos problemas.

La pareja presidencial hasta hace poco tiempo parecía ser la única fórmula capaz de darle continuidad a la “democracia” (valgan las comillas). Hoy, la figura del vicepresidente Julio Cobos, ha abierto otra sospecha. Más allá de sus aciertos y sus falencias, la irrupción de otro actor político capaz de decir “no”, y no doblegarse ante la supuestamente implacable metodología kirchnerista, surgió realmente como alternativa. Meses atrás una supuesta renuncia de la Presidente abría un desconcierto generalizado como si el hipotético hecho produjera un agujero y un vacío insondable. Hoy, la lectura es otra. Los Kirchner ya no son indispensables. La oposición comenzó a moverse, y muchos peronistas que aplaudieran con vehemencia al kirchnerismo comienzan a pegar la vuelta. Nada nuevo, es cierto. Son los mismos que dejaron de ser menemistas para hacerse duhaldistas en su momento. No ha de asombrar que mañana puedan ser cobistas o macristas pues, para su modo de concebir la política, la etiqueta no cuenta. Les da lo mismo una u otra figurita, contemplan apenas la conveniencia.

Esta irrupción de Cobos en escena sacudió con fuerza no sólo al matrimonio presidencial, que hará lo imposible por frenar la carrera que este emprendiera la noche misma del 17 de julio con tan sólo desempatar una elección, sino también insufló aire a voces que hasta ese entonces se mantuvieron expectantes o incluso se expidieran con benevolencia inaudita a la prédica oficialista. No es casual que desde la Unión Industrial, hoy se lean los índices de la economía con mayor precisión y realismo que como se dictan en el INDEC. La advertencia de la industria, el murmullo que empieza a aflorar en los pasillos del Congreso Nacional a raíz de la “estatización” de Aerolíneas, y el eco de algunas provincias que muestran la arbitrariedad del concepto de distribución kirchnerista son datos de peso.

Ocultando a Guillermo Moreno o sacándole las cámaras de encima a Néstor Kirchner para enfocar a Cristina, no se soluciona el problema real de la Argentina. No hay todavía políticas públicas erigidas como soluciones, ni siquiera hay pistas de cómo se hará frente a los conflictos que emergen sin que haya un Eduardo Bussi ni un Luis D’Elía que distraigan a la ciudadanía.

Ciertos análisis no resisten la menor lógica, no se trata de teorías ni doctrinas. Si los sondeos marcan con énfasis el predominio de hombres como Alfredo De Angeli o Julio Cobos en el conciente colectivo no es tanto por el carisma sino por el método que ambos han sostenido. Ideologías a parte, los dos personajes surgieron repentinos con argumentos de simpleza extrema pero con una característica intrínseca indiscutida: el sentido común como premisa. No hace falta mucha más estrategia. La sociedad argentina es fácil de manejar, quizás más de lo que debiera. Las argucias del kirchnerismo han llegado a complicar la simpleza.

De nada sirve un manejo comunicacional viciado y forzado con el que intentan demostrar cambios. Un solo ejemplo basta para darse cuenta: 24 horas después de que el Senado rechazara la iniciativa oficial propulsora de las retenciones móviles para el agro, se publicó un alza en las ventas de inmuebles y hasta en los pasajes y reservas de hospedajes en centros turísticos. Apelando al menos común de los sentidos, cabe preguntarse si acaso, algún argentino, define la compra de un departamento con lo que ello implica porque se “postergó” una medida hacia un sector definido de la economía. ¿No son otros los parámetros para la inversión, al menos en los países serios? ¿Puede una crisis que se tildó de magnánima e histórica acabar en menos de 24 horas y desatar en forma inmediata el afán consumista de la ciudadanía? La respuesta es obvia.

No serán los discursos los que modifiquen el rumbo de esta coyuntura devenida en crónica. Tampoco alcanza con que Néstor Kirchner opere detrás de bambalinas en vez de hacerlo ante las cámaras. La crisis institucional sumada al evidente aunque negado enfriamiento de la economía, atada por otra parte al voluntarismo de Hugo Chávez más que a una determinada política o a un ejemplo concreto como lo es, sin ir más lejos, el brasileño, traerán, en breve, un escenario donde las dudas jaquearán nuevamente la continuidad del modelo. Y ahora sí hay copiloto despierto, más allá de que sepa o no hacia dónde rumbear para alcanzar buen puerto. Julio César Cleto Cobos es algo más que una simple pesadilla para el kirchnerismo, es la nueva piedra. Será por ello que Néstor Kirchner vociferaba el otro día: “No estamos solos, Cristina”. © www.economiaparatodos.com.ar


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