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EPT | April 5, 2020

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Jueves 29 de junio de 2006

¡Oia, la gente se está muriendo!

Los jueces y legisladores irresponsables que juegan “al progresismo” a costa de la sangre inocente de la sociedad se comportan como si las calles fueran unas probetas imaginarias en donde ellos se dan el gusto de experimentar con el comportamiento de los marginales.

El Dr. Mengueche, con los pelos canosos y completamente revueltos, su guardapolvo blanco desalineado y sus anteojos revirados, convoca a sus colegas a su laboratorio y en tono dramático les confiesa: “¡La gente se esta muriendo!”. Los demás, con caras de preocupación, quedan estupefactos ante la noticia. Se rascan la cabeza y se miran entre sí como no encontrándole explicación al fenómeno.

Como si fueran una especie de “Dexter”, el genio loco de los dibujos animados que no para de producir alquimias extravagantes en sus probetas, los “intelectuales de la ciencia” saben que sus intenciones habían sido las mejores, que experimentaban para coadyuvar al desarrollo de la sociedad y al mejor nivel de vida de la gente. ¿Cómo puede ser que con tan inmaculadas intenciones la gente se les muera?

Meses antes, Mengueche y sus seguidores habían decidido esparcir gérmenes de ébola en una población determinada para ver qué pasaba con una experimentación “en el campo”. De allí podrían seguir extrayendo conclusiones para sus sesudas sesiones de laboratorio.

Al cabo de un tiempo, las personas caían como moscas, presas de síntomas espantosos sin que nadie pudiera hacer algo para salvarlas. Por una rara coincidencia todas morían de ébola.

El “jugar a la ciencia” puede resultar mortal para la sociedad. El precio de que un conjunto de pretendidos iluminados se dé el gusto de “experimentar” a costa de la carne humana que pone la gente como si fueran ratoncitos de laboratorio es poco menos que repugnante.

Uno se ha encontrado con estos relatos en la novela y en el cine y nunca estará seguro de si esas ficciones no tendrán ya alguna conexión con la realidad. Pero viendo lo que está ocurriendo en la Argentina con la cantidad de delitos cometidos por criminales reincidentes que deberían estar detrás de las rejas de por vida, uno siente la misma sensación que frente a aquel relato imaginario del Dr. Mengueche y sus colegas.

Las argumentaciones que uno tiene que escuchar (porque la naturaleza –en este caso, lamentablemente- lo dotó con el sentido del oído), conducen directamente a este cuadro de situación mental, en donde uno imagina a un conjunto de intelectuales (además, de cuarta categoría) lucubrar teorías estrafalarias sobre el tratamiento del delito y del delincuente, complicando y retorciendo lo que de otro modo sería simplísimo.

Los jueces argentinos, contando con la inefable complicidad de los legisladores, están soltando a la calle los gérmenes de la delincuencia. No hay un solo delito que logre esclarecerse en donde no se descubra que sus autores, de no haber sido por los jueces, deberían estar presos. ¿Se reunirán esos jueces, como Mengueche y sus colegas, para decir: “¡Oia, a la gente la están matando, che! ¿Por qué será?”

Lo cierto es que esta manga de irresponsables juega “al progresismo” a costa de la sangre inocente de la sociedad, como si las calles fueran unas probetas imaginarias en donde ellos se dan el gusto de poner a prueba con el comportamiento de los marginales. ¿Por qué no se los llevan a sus casas, así pueden tener una visión más cercana de sus objetos de estudio?

¿De dónde salieron estos jueces? ¿Dónde estudiaron? ¿Qué se proponen? ¿Qué quieren descubrir?

Una de las víctimas de la semana pasada, asesinada a sangre fría en el umbral de la casa de sus padres, sólo pedía, después de que le habían robado todo lo que tenía, que no entraran para evitarles un disgusto a sus padres. Quien lo mató, de un tiro en la cabeza, tiene 18 años y llevaba 12 horas de liberado de la prisión por un Mengueche con título de juez. Este “científico del progresismo” seguramente apoyó su decisión en la interpretación retorcida de alguna norma aprobada por la otra rama de (ir)responsables: los diputados y los senadores.

Una chica de 21 años fue violada en la estación Callao del subte “B” a las tres de la tarde del viernes en que la Argentina ardía por el 6 a 0 a Serbia. Frente a esto, ¿en qué están pensando nuestros Mengueches? En reducir la pena para la violación por boca, en considerarla sólo un abuso. Ésta es la tendencia que quieren marcar, estos son los “gérmenes de ébola” que quieren diseminar en la sociedad para ver “qué pasa”.

Muy bien, señores (si es que se los puede llamar así), esto es lo que pasa: a la gente la están matando, la están violando en la calle. Los microbios que ustedes sueltan están cometiendo los asesinatos y las violaciones. ¿Hasta dónde piensan llegar?

La teoría preferida de estos cráneos para llevar adelante sus experimentos es que los delincuentes son víctimas de la sociedad que los condena a la marginalidad y a la pobreza y que, una vez en ella, no les queda otra salida que la delincuencia. ¡Qué pedazos de mal nacidos! ¡Qué manera más irreverente de insultar a los pobres! ¿Qué pensarán de aquellos que levantándose al alba tratan de ganarse la vida honestamente?

¿Habrán, estos jueces (aunque me cueste llamarlos así), llegado a la conclusión de que los delincuentes deben salir a las calles para vengarse de la sociedad que, según ellos, los marginó? ¿Creerán que dándoles la oportunidad de matar y violar igualan los tantos de la Justicia Divina?

Basta, señores, por favor. Su jueguito le está costando muy caro a la Argentina. Además de pretender apoyar sus ideas en premisas que no salen sino del odio y el rencor, lo cierto es que los resultados de sus acciones (de las que, por cierto, no se hacen responsables) están condenando a la muerte y al desasosiego a millones de personas que, al revés que ustedes, interpretan la vida de modo simple: el que respeta la ley debe ser el protegido y el que la viola debe pudrirse en la cárcel. © www.economiaparatodos.com.ar




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