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Lunes 18 de junio de 2007

Oposición vs. alternativa (o kirchnerismo por cuatro años más)

El presidente Néstor Kirchner acaba de completar los 48 meses de gestión previstos constitucionalmente y, frente a la posibilidad de que logre conseguir en octubre una extensión para continuar al frente del Ejecutivo, es hora de realizar un balance de sus cuatro años de ejercicio del poder.

Cuatro años han pasado de gobierno kirchnerista. Posiblemente ese dato sólo signifique una cifra, a juzgar por la actitud y diatriba oficial. Sin embargo, cuatro años implican el cumplimiento efectivo del mandato presidencial. No es necesario siquiera detenerse a analizar si el mismo finalizó en mayo último y estos meses estamos con una suerte de “extra” que en otras épocas se llamaría “de facto”. Lo que sí es pertinente evaluar es la gestión realizada por el Ejecutivo en un período completo dado que, si atendiéramos las alternancias lógicas de una democracia real, probablemente acá finalizaría la etapa kirchnerista.

Desde luego existe la facultad constitucional para que el Gobierno sea releecto. Observando la situación imperante en la oposición, todo parece indicar que aún con grandes obstáculos, Néstor Kirchner o la Primera Dama continuarán frecuentando Balcarce 50 un tiempo más. Ahora bien, alguna otra causa debe haber para que exista tanta certeza de que el pueblo va a otorgarles la posibilidad de seguir en el poder cuatro años más. ¿En que se basa esa predicción tan arraigada?

La gestión no parece ser la respuesta. Tal vez lo sea la “caja”, pero en ese caso debe admitirse que estamos en un país con fuerte arraigue clientelista. No ha habido en cuatro años reforma alguna en la política nacional. Objetivamente, sólo hemos presenciado como “cambio” un descabezamiento sin asidero en la cúpula de las Fuerzas Armadas, teniendo en cuenta el arraigo democrático que existía en éstas desde mucho antes de la asunción de Kirchner a la presidencia, y una renovación de miembros en la Corte Suprema de Justicia que se caracterizó por la “novedad” de anunciarla por la cadena nacional. A partir de ahí, los parches que se realizaron en el Poder Judicial, Consejo de la Magistratura mediante, nos condujeron a lo que estamos presenciando: una Justicia mediática donde hay acusados sin pruebas, condenados de antemano, fiscales objetados, querellas que obran como defensa de los implicados y una confusión general que nos lleva a no poder dilucidar ya quién es el bueno y quién el malo. Pareciera que la Justicia está en la calle más que en los Tribunales. El poder político se ha inmiscuido en cuanta causa aparece con herramientas que han pasado de ser legítimas a convertirse en amenazantes: la destitución por juicio político o el ascenso a cargos por fallar a gusto y conveniencia del gobierno nacional.

De ahí en más, las reformas siguen pendientes. Ni se ha renovado el sistema de partidos necesario para garantizar una verdadera democracia, ni ha variado el régimen de coparticipación federal que podría darle real independencia a las provincias convertidas en feudos dependientes de caudillos, la mayoría atados a la voluntad presidencial por cuestiones crematísticas. Menos aún se observa una reforma fiscal y tributaria concreta. Tampoco la economía se ha encauzado por las vías del libre mercado, ni siquiera por los cánones de las teorías que hoy se hacen llamar “progresistas”. Ni surgió un Estado empresario concreto administrando para asegurar los servicios básicos (apenas algunas entregas de empresas a manos amigas) ni un sistema privado de suministro respetado como es debido.

Algo está fallando para que la gente y los actores de la política escuchen a los analistas prever un triunfo oficialista en las próximas elecciones y no se altere un ápice en la Argentina. La falta de opciones a la hora de votar parece ser una excusa cuando acabamos de presenciar una elección en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires donde la fórmula liderada por una fuerza política no tradicional se alzó con el 46% de los votos. Desde ya que la Argentina es mucho más que el distrito porteño donde la clase media le da la espalda al clientelismo y hay que contemplar una serie de variables más complejas a la hora de pensar una elección nacional. De todos modos, resulta casi incomprensible o al menos paradójico que quienes detestan incluso al kirchnerismo por su estilo, por su falta de gestión, por ese afán de regresar al pasado y anular el futuro estén “entregados” a la creencia de que el matrimonio presidencial continuará en el cargo. O hay una complacencia absoluta a pesar del triunfo electoral de una fuerza nueva en la Capital Federal o el espacio que debe ocupar una oposición no se condice con el lugar que debe ocupar una alternativa real (cosas muy distintas). Posiblemente, el lugar de la alternativa sigue vacante sin poder llenarse con las figuras de la oposición, que insisten en sus candidaturas con miras a los comicios presidenciales.

¿Es dable esperar más? Desde luego que lo es, porque el conformismo es deleznable y la Argentina es un país que da para más, aun cuando ha sufrido administraciones funestas que la han devastado sin piedad. Pero, ¿qué es realmente lo que la gente espera que se le ofrezca como alternativa a lo que hay para que la “certeza” de la continuidad del kirchnerismo sea un anatema?

Ahí es cuando nos encontramos con la falta de respuestas. A juzgar por lo que se ha votado en el distrito porteño, la gente quiere propuestas, transparencia, renovación, una suerte de soplo cristalino que traiga entusiasmo y no sólo aceptación ciega de la realidad. ¿Pueden Ricardo López Murphy, Roberto Lavagna, Elisa Carrió, Jorge Sobisch, Ramón Puerta o Adolfo Rodríguez Saá satisfacer esas aspiraciones de la sociedad? ¿Representan una alternativa real? ¿Y no tendrá Mauricio Macri alguna otra responsabilidad además de gobernar la ciudad de Buenos Aires? Quizás la respuesta deban dársela cada uno de estos actores a si mismos y luego presentar su plataforma presidencial. A la vista está que algo funciona mal si en un sistema democrático no hay forma de pensar en una alternancia de fuerzas o partidos en la titularidad del Ejecutivo, sobre todo cuando lo que hay no ha dado, en un período completo de administración, síntoma alguno de cambio. O habrá que aceptar que el clientelismo es nuestra enfermedad o que no estamos tan disconformes con un poder político que sólo araña el 22%. © www.economiaparatodos.com.ar


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