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jueves 14 de junio de 2007

Reflexiones sobre el terror

La violencia sigue siendo una constante diaria en todo el planeta, de la mano de terroristas profesionales, fanáticos religiosos e ideológicos y fabricantes de armamento.

La aleccionadora historia de un joven terrorista

La vida de Bassam al-Ashker dice mucho, ciertamente, acerca de la mentalidad –y peligrosidad– de los terroristas.

A los diecisiete años, fue uno de los integrantes de la banda terrorista islámica que el 10 de octubre de 1985 se apoderó de un barco repleto de turistas, el “Achille Lauro”, secuestró a centenares de sorprendidos pasajeros y asesinó con crueldad inusual y cobardía inolvidable (arrojándolo al mar) a un pobre hombre, Leon Klinghoffer, de origen judío, procedente de Nueva York, que hacía la travesía postrado en una silla de ruedas, ya que era paralítico. En aquel entonces, se lo bautizó como el “baby-terrorista”.

Pese a esa experiencia, que terminó con él en una cárcel italiana condenado a 17 años de prisión, Bassam al-Ashker obtuvo una libertad vigilada y comenzó un programa de recuperación organizado por la Cruz Roja, en Génova. No obstante, de repente escapó y estableció su residencia en Irak, en tiempos de Saddam Hussein. Por algún tiempo, los servicios antiterroristas le perdieron el rastro. Lo cierto es que vivió en Bagdad por espacio de 14 años.

Ahora, acaba de reaparecer, repentinamente. En el Líbano, cerca de Trípoli, concretamente en el campo de refugiados palestinos de “Nhar el_Bared”, donde el ejército libanés protagoniza, ya por espacio de tres semanas, un enfrentamiento con un grupo armado de terroristas islámicos pertenecientes al movimiento Fatah al-Islam, estrechamente vinculado con Al Qaeda. Bassam al-Ashker fue uno de los 6.000 palestinos que, pese a los tiros, permaneció en el interior del campamento.

Ubicarlo después de tantos años deparó toda una desagradable sorpresa, desde que Bassam al-Ashkar no ha evolucionado un palmo. Luego de haber combatido como miliciano con la insurgencia iraquí contra los norteamericanos en Fallujah y Ramadi, se desempeñaba en el campamento palestino en el que se lo ubicó como instructor especializado en transmitir a los jóvenes reclutas de ambos sexos las técnicas de la guerrilla, incluyendo aquellas elegidas por quienes están dispuestos a inmolarse por la causa palestina, las técnicas del “suicidio como arma de guerra”, entonces.

El fanatismo que desplegó en su juventud no ha cambiado un ápice. Se ha, quizás, endurecido. Con la promesa de una “feliz llegada al paraíso”, Bassam al-Ashkar seduce a otros en dirección al camino de la muerte.

Terrible, como historia de vida. Pero toda una lección para aquellos que creen que se puede salir fácilmente del infierno del fanatismo religioso. A veces no es tan así, según queda visto.

El “Chacal” en más problemas

Uno de los terroristas más emblemáticos de todos los tiempos es el venezolano conocido con el “nombre de guerra” de “Carlos el Chacal”. Su verdadero nombre es Ilich Ramírez Sánchez. Tiene 57 años y cumple prisión perpetua, en una cárcel francesa, en Clairvaux dans l’Aube, por su participación en los asesinatos de dos agentes secretos franceses y de otra persona, aparentemente un informante de los mismos.

Ésta es la situación actual de un hombre que, durante la Guerra Fría, concitó la incomprensible admiración de muchos por su participación en toda suerte de atentados terroristas.

El “Chacal” –recordemos– fue capturado en Khartoum, Sudán, en 1994, por agentes del servicio secreto de Francia, transportado en avión (en una bolsa) hasta el suelo galo y, tres años después, como se ha dicho, resultó condenado a prisión perpetua.

El conocido juez antiterrorista francés, Jean-Louis Bruguiere, responsable de su detención, acaba de disponer su procesamiento por otros cuatro atentados en los que doce personas perdieron la vida y un centenar de hombres y mujeres sufrieron heridas.

Ésta es la consecuencia de 20 años de investigación del papel que le cupo al “Chacal” en diversos atentados, a partir de 1980. Uno de ellos contra un tren que circulaba de París hacia el sudoeste de Francia, en 1982. Otro, frente a las oficinas de un periódico árabe (Al Watan Al Arabi, en Rue Marbeuf, en París), el mismo año. Un tercero, en la estación de trenes de Marsella, en 1983. Y, el último, contra el tren de alta velocidad TGV, en diciembre de 1983.

La lista de tropelías del “Chacal” es, sin embargo, más amplia. Incluye el secuestro de un avión de línea francés que se dirigía hacia Entebbe, en Uganda; el asesinato de tres personas inocentes que simplemente participaban de una reunión de la OPEP, en Viena, Austria; y algunas otras cobardías de similar porte.

Las posibilidades de que el “Chacal”, más allá de un absurdo romanticismo, salga alguna vez libre, son ya absolutamente remotas. No todo lo que reluce es oro, obviamente. Tampoco las “aureolas” de algunos.

En Francia, recordemos, el procesamiento de los episodios de terrorismo se hace en el seno de un fuero especial, compuesto por magistrados profesionales.

Dos de los cómplices del “Chacal” están todavía prófugos y serán –no obstante– juzgados en rebeldía. Se trata de Christa Margot Frohlich y de Ali Al Issawi. Un tercero, Johannes Weinrich, ha sido ya apresado y está detenido en Alemania.

La violencia como pasión

En Rusia acaba de inaugurarse un extraño museo, dedicado especialmente a un arma conocida como Kalashnikov (AK-47). La misma lleva el nombre de su inventor y se ha transformado en un auténtico símbolo de la violencia, a punto tal que forma parte de banderas nacionales y de emblemas de movimientos terroristas.

El museo en cuestión está ubicado en Izhevsk, una ciudad de unos 700.000 habitantes en la región de los Urales, al este de Moscú, y puede visitarse mediante el pago de unos ocho dólares.

No es ciertamente igual que visitar el Museo Hermitage, en San Petesburgo, ni el Kremlin o el Café Pushkin, en Moscú. De alguna manera, recuerda a un éxito tecnológico producto de la época socialista y su militarismo.

Unas 10.000 personas lo visitan cada mes, en actitud reverente hacia un fusil automático de asalto que nació en 1947. Para los rusos, se trata de un arma emblemática pese a que, en su momento, los mujahadines afganos los expulsaron de su país con los AK-47 en sus manos.

En 60 años de producción ininterrumpida, este fusil se ha transformado en una de las principales exportaciones rusas. Gracias al armamentismo de Hugo Chávez, será ahora también producido en Venezuela.

De alguna manera, la ciudad de Izhevsk, donde está la fábrica del AK-47, es una suerte de Detroit de las armas personales.

El creador de este fusil fue Mikhail T. Kalashnikov, quien hoy tiene 87 años, vive a unas pocas cuadras del museo y tiene una oficina en el mismo, donde se le puede estrechar la mano. Con él, es posible detenerse a contemplar los clásicos cargadores, en forma de banana, que penden frente a la empuñadura del arma.

La principal ventaja de la AK-47 es su confiabilidad, desde que es prácticamente imposible que se trabe al ser disparada, lo que no sucede con otros fusiles, pretendidamente más modernos.

Su inventor la diseñó luego de ser herido en la Segunda Guerra Mundial, frustrado por las circunstancias.

Para los rusos, la AK-47 es más importante que un Winchester, o un Colt, o un M1, en los Estados Unidos. Es el símbolo de un espíritu indomable de lucha, de la audacia y, también, de alguna manera, de la resistencia contra los nazis.

El ahora general retirado Karashnikov no patentó su invento, de modo que vive discretamente, gozando solamente de la enorme popularidad que se deriva del mismo. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

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