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Jueves 28 de junio de 2007

Progresistas que atrasan

Es llamativa la intolerancia de periodistas, artistas, políticos e intelectuales progresistas para respetar el voto popular, así como la defensa que hacen de un gobierno que tiene las mismas actitudes que otros anteriores que ellos mismos criticaron duramente hace algunos años.

Luego de 24 años de democracia, resulta muy difícil comprender actitudes como las asumidas por periodistas, políticos e intelectuales progresistas para explicar o justificar el rotundo triunfo de Mauricio Macri en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Aquellos que militan en organizaciones de centroizquierda o abrevan en ideologías afines nunca pueden descalificar el voto de las mayorías. Supuestamente, desde ese arco ideológico se debe defender a ultranza la tolerancia y el pluralismo.

Aunque si se analizan detenidamente los antecedentes de ciertos personajes, no deberíamos sorprendernos cuando Eduardo Aliverti escribe en Página/12 que los ganadores del domingo fueron Carlos Menem y la derecha o José Pablo Feinmann asegura que Macri es una especie de Jean Marie Le Pen bostero y la clase media de la capital es fascista. Es verdad, no debería sorprender. Ése mismo diario, en noviembre de 1993, publicó una nota del periodista y escritor Martín Caparrós, quien –enfurecido por el triunfo menemista en las elecciones legislativas de ese año– pedía a gritos el “voto calificado”.

Sin embargo, cuesta entender las razones por las cuales estos tipos con formación intelectual y muchos viajes al Primer Mundo se niegan a evolucionar. Horrorizarse tanto porque Macri ganó y creer que los porteños se hicieron de derecha es tan disparatado como seguir defendiendo a rajatabla el régimen salvaje y anquilosado que todavía lidera Fidel Castro. Sus correligionarios en Europa hace tiempo que se decepcionaron del mito barbudo y hasta guardaron los pósters y camisetas del Che. Ya ni el cantautor Joaquín Sabina se emociona con la revolución y no va tan seguido a La Habana.

El mundo evolucionó y también los periodistas, escritores y hombres de la cultura. Ningún socialista europeo se animaría a comparar a conservadores como Angela Merkel o Nicolás Sarkozy con Le Pen o el austríaco Jorg Haider, reconocidos neonazis. Porque no son lo mismo. Y en muchos países se respetan este tipo de cuestiones. Precisamente, se cuidan las formas, los estilos y los valores. Sin ir más lejos, hace un par de años al brasileño Lula ni se le ocurrió participar en la campaña electoral de su amiga Martha Suplicy, que iba por la reelección en la poderosa Alcaldía de San Pablo. Prefirió resguardar la investidura presidencial.

Y ni hablar de Tabaré Vázquez o su ministro y ex tupamaro Pepe Mujica, que impulsan el “Nunca más” uruguayo, pero con memoria completa. Y, además, tampoco se horrorizaron cuando tuvieron que recibir al odiado George Bush porque saben que el ingreso de los productos uruguayos al mercado norteamericano genera divisas necesarias y es más progresista que sacarse fotos con el jefe del sultanato bolivariano Hugo Chávez.

¿Por qué, entonces, nosotros debemos soportar semejantes desatinos en aquellos que se denominan de centroizquierda? La intolerancia, la soberbia y la superficialidad no son defectos ideológicos. Una de las hipótesis sugeridas afirma que tiene más que ver con una pose o conveniencias personales que con el férreo dictado del ideario progresista. Desde los actores e intelectuales, pasando por los organismos de Derechos Humanos, hasta periodistas progresistas como Horacio Verbitzky, todos tienen el mismo discurso y, sorpresivamente, en los últimos cuatro años han decidido hacer la vista gorda frente a las graves deficiencias que muestra la administración del presidente Néstor Kirchner.

En esos círculos nadie se queja por la corrupción generalizada en los servicios públicos, las buenas relaciones con empresarios ligados a los años 90 (Franco Macri, Eduardo Eurnekian, Daniel Hadad o los Bulgueroni) o el retroceso en la calidad de vida de la mayoría de la sociedad por el desborde inflacionario y la amenaza latente de la crisis energética. Un silencio cómplice se percibe entre esos avezados periodistas, intelectuales y dirigentes de Derechos Humanos. Sobre todo porque la mayoría de ellos se ha destacado en una actitud decidida y contumaz a la hora de denunciar desbordes institucionales y falta de transparencia frente a las anteriores administraciones.

Si Carlos Menem, Fernando De la Rúa o Eduardo Duhalde hubieran cometido tropelías como las que se conocen de la gestión K, seguramente la actitud de Verbitzky, Estela de Carloto o Hebe de Bonafini sería diametralmente distinta. ¿Por qué callan o miran para otro lado? Evidentemente, la respuesta pasa por los supuestos beneficios que reciben de este Gobierno. No hace falta aclarar que los organismos de Derechos Humanos han recibido muchas ventajas de las actuales autoridades y, sin duda, las retribuyen con silencio. Hasta manejan la licencia de una radio AM con bastante potencia que les fue entregada por K.

Subsidios, museos de la memoria, recitales con jugosos honorarios, contratos, viajes y nombramientos son algunas de las razones más concretas que explican semejante alineamiento de dirigentes de Derechos Humanos, actores, músicos e intelectuales frente a un Gobierno que deja mucho que desear, sobre todo para la visión de aquellos que militan es en el progresismo. Es más comprensible que Hadad o Eurnekian defiendan al oficialismo porque nunca hicieron tan buenos negocios, pero no la “vanguardia” iluminada que tanto prejuicio siente por el capitalismo y el vil metal. Sin embargo, todo hombre tiene su precio y, como decía el general, el bolsillo es la víscera más sensible. © www.economiaparatodos.com.ar

Alberto Valdez es periodista y consultor de empresas.


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