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Viernes 7 de marzo de 2014

Scioli como mascarón de proa, ¿por qué no?

Scioli como mascarón de proa, ¿por qué no?

Aun aquéllos que, en su tozudez, se muerden la lengua antes de aceptarlo —seguramente a la espera de un milagro del Cielo que premie su esfuerzo militante— todo el arco kirchnerista, sin excepción a la regla, sabe que festejará las Navidades del año próximo lejos del poder. Sólo que mientras algunos ya han bajado los brazos y no tienen esperanza ninguna de retener siquiera de yapa algún puesto de envergadura, otros forjan planes de continuidad con base no en la permanencia en Balcarce 50 —algo del todo imposible— sino en la construcción de un bloque de diputados y senadores que mantenga en alto las ideas de la Década Ganada.

No se necesita acreditar demasiadas luces para darse cuenta que los escépticos se cuentan entre aquellos que, siguiendo la costumbre inveterada del peronismo, abandonaron en menos de lo que canta un gallo las filas del menemismo, el duhaldismo o lo que fuese para pasarse, en mayo de 2003, a las filas del nuevo jefe santacruceño. Como saben que su ciclo en el poder junto a los K tiene fecha de vencimiento, sólo buscan la oportunidad de satisfacer su servilismo con Sergio Massa o Daniel Scioli.

En cambio, los camporistas —por llamarlos de alguna manera— piensan distinto y no se dan por vencidos. Cualquiera que se haya tomado el trabajo de leer las largas parrafadas de Carta Abierta o el reportaje —convenientemente retocado para consumo masivo— que la periodista Sandra Russo le acaba de hacer a Máximo Kirchner caerá fácilmente en la cuenta de que no han archivado, ni mucho menos, sus planes de seguir en la lucha.

Convencidos de que un candidato competitivo puede conservar ese 25 % de los votos que ellos —no sin cierta razón— se adjudican como propios, suponen que después del 11 de diciembre de 2015 estarán en condiciones de mantener prietas las filas y dar pelea. Dando por buenos los dos supuestos implícitos del razonamiento —que tal candidato exista y que tuviese el suficiente arrastre en el electorado— el proyecto luce razonable. Quiere esto decir que no es producto de una borrachera ideológica ni el sueño de una noche de verano.

Los kirchneristas puros y duros imaginan un escenario en donde Daniel Scioli —en la medida que no aparezca otro más potable— resultase el mascarón de proa de unas boletas electorales del Frente para la Victoria homologadas a lo largo y ancho del país y conformadas por aspirantes a diputados y senadores cuyo propósito fuese la consolidación legislativa del kirchnerismo. Suponen que en una segunda vuelta —si acaso arribasen a esa instancia— sus chances de ganar la pulseada resultarían remotas, pero es obvio que no está allí el núcleo duro de la especulación si no en la masa de futuros miembros de las dos cámaras del Congreso Nacional.

Por eso Horacio Verbitsky —que no suele escribir tonterías cuando trata estos temas— decía tres semanas atrás eso de que el kirchnerismo solo podría mantener su vigencia luego de 2015 si reivindicaba con éxito la empresa de sumar en las urnas, y asir a su carro después, el 25 % de votantes que permanecen fieles al legado político de Néstor y Cristina. De lo contrario, los diez años del santacruceño y de su mujer al frente del gobierno pasarían a la historia, sin pena ni gloria, como la década del riojano del cual pocos si acaso alguien se acuerda a esta altura.

Entiéndase bien: no significa lo escrito antes que todos y cada uno de los miembros de La Cámpora y afines, sin disidencias y en perfecta coordinación entre ellos, hayan diseñado con pelos y señales semejante plan y ahora, juramentados, intenten llevarlo a la práctica. Más bien es a la conclusión a la cual llegaron —muchos a regañadientes— luego de sopesar la dimensión de la derrota electoral; el porcentaje mayoritario de argentinos que no quiere saber nada con el kirchnerismo y la inexistencia en su campamento de un candidato presidencial del riñón —o sea, propio— con peso en las urnas. Pero también arribaron a esta otra evidencia que es la disparadora de su optimismo: que existe una muy importante minoría afín con los postulados y políticas de su administración.

Por qué, entonces, dejarla a la buena de Dios. Por qué no hacer algo para retener esas voluntades. Por qué considerarse derrotados antes de empezar. En esto han topado con un Daniel Scioli que no tiene más remedio que girar en la órbita K, so pena de quedar reducido a escombros. Con lo cual, aunque piensen distinto y en el fondo sus aspiraciones sean diferentes, el gobernador bonaerense y los camporistas parecen destinados a marchar juntos. Aquél en razón de que para conservar el sillón de Dardo Rocha —en una provincia que literalmente colapsaría sin el auxilio del Tesoro nacional— le es imprescindible cerrar filas con la presidente e inclusive sobreactuar su fidelidad al modelo —como lo viene haciendo, en calidad de alumno aplicado, desde antes de los comicios de octubre pasado. Éstos, en atención al hecho de que carecen de un peso pesado con votos. En resumidas cuentas, se necesitan mutuamente y nada impide que el respaldo que requiere el ex–motonauta para llegar en forma a 2015 pueda negociarse a cambio de unas listas confeccionadas a imagen y semejanza del kirchnerismo.

No es casual que, de un tiempo a esta parte, hayan cesado —y no por arte de magia, precisamente— los ataques y agravios que, a expensas del mandatario provincial, solían afilar en Balcarce 50 y luego repetían hasta el cansancio los acólitos K. Es cierto que Julián Domínguez insiste en despegarse del gobernador con asiento en La Plata para vocear a los cuatro vientos su preferencia por Urtubey o Uribarri y que en la misma línea anda el ministro del interior, Florencio Randazzo. Pero ello no quita que muchos otros —desde Diana Conti a Hebe de Bonafini— ya no lo consideren un enemigo. Pero, sobre todo, que la señora le haya levantado la excomunión que pesaba sobre él y nadie se agravie por los inocultables avances presidencialistas de Scioli. Nada de todo esto es fruto del azar, aunque tampoco haya que creer que hay un plan de estado mayor prolijamente diseñado al respecto. Sencillamente, el París bien vale una Misa no resulta patrimonio exclusivo de Enrique IV.

Aun si Scioli aceptase ser parte de la empresa y entregase la confección de las listas —como lo ha hecho en reiteradas oportunidades— y aún descontando que se pongan de acuerdo en la letra chica del contrato y sean bendecidos por Cristina Fernández, todavía faltaría la condición necesaria: que la actual administración pueda enderezar el rumbo que lleva para arribar a puerto seguro en 2015. No basta, pues, llegar a como dé lugar, de cualquier manera, aunque sea maltrecho, a octubre del año que viene. No se trata —al menos no en la mente de Cristina Fernández y de su hijo, de Carlos Zannini y de Horacio Verbitsky, de los integrantes de Carta Abierta y de los lectores de Página 12, para poner unos cuantos ejemplos emblemáticos— de salvar la ropa. Se trata de salvarse del ostracismo y prepararse para más adelante.

En la medida que, de ahora en más y hasta octubre del año entrante, el kirchnerismo esté dispuesto a purificarse en las aguas del Jordán —lo cual es indistinto a decir que debe, sin dilaciones o medias tintas, profundizar el ajuste apenas comenzado— es probable que tenga la oportunidad de probar qué tan cierta es su presunción de que hay espacio para realizar una buena elección, retener una masa de legisladores fieles y abroquelarse en el Congreso con espíritu de resistencia. Tiempo para hacerlo no le falta. Claro que —seamos claros— tampoco le sobra.

Hasta la próxima semana.

Fuente: Massot / Monteverde & Asoc.