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Lunes 25 de agosto de 2008

Tiempo de acciones

Los adultos somos responsables de que la diversión de nuestros hijos no sea trágica y de que la energía que hoy deriva en violencia se transforme en creatividad para vivir.

“Nosotros no divertíamos de otra manera”, repetimos los adultos cuando vemos a las formas violentas y compulsivas de la “diversión” adolescente. Nos desconcierta el fenómeno, confesamos no entender “qué pasa con los chicos”. Pero los chicos no son generadores de conductas ni de modelos. Ellos replican, amplifican, divulgan conductas y modelos, no los crean, los adaptan. Si decimos que hay un problema con los modos de diversión juvenil y con su violencia, con su desborde, nos equivocamos. El problema está en los modos de diversión, en las maneras de vincularse, en las interacciones de los adultos. Los chicos son espejos que devuelven imágenes. ¿Qué hay ante ellos? El mundo de los adultos. Cuando no nos gusta la imagen en el espejo, de nada sirve romperlo, criticarlo, cambiarlo, taparlo. ¿Qué podemos hacer con nosotros para que la imagen que nos devuelve el espejo sea diferente?

Vivimos en una sociedad violenta, con poca tolerancia ante las diferencias, en la que, más allá de las proclamas, resulta difícil construir consensos, transformar las diferencias en fuente de encuentros. Es una sociedad inclinada a resolver sus conflictos por imposición o exclusión. Vivimos en una era de crisis espiritual. Despreciada la importancia del otro para la propia existencia, y olvidados los propósitos trascendentes que le dan sentido a cada vida, caemos en el vacío de la angustia existencial. Este tipo de angustia no se calma con lo material, ni aislándose de los otros, no se atenúa con el éxito social, con el consumo. El antídoto está en la creación de vínculos humanos trascendentes, con propósitos que incluyen al otro, con acciones que mejoran el mundo y nos permiten dejarlo mejor de como lo encontramos.

Cuando esto no ocurre, buscamos alivio en las adicciones o manifestamos nuestro malestar a través de formas violentas de expresión o de resolver conflictos. Aunque muchas adicciones son socialmente aceptadas (alcohol, consumo, trabajo, medicamentos, etc.), la sociedad deviene adicta. Y, en la ansiedad por escapar a la angustia sutil y permanente, elige formas compulsivas y a menudo extremas de diversión. En esa pecera social de intolerancia y hábitos nocivos nacen, beben y se desarrollan nuestros hijos. ¿Qué haremos los adultos para cambiar tal hábitat, qué compromiso tomaremos para transformar las conductas que ellos replican? ¿En qué acciones transformaremos ese compromiso? Es tiempo de que los sustantivos (nuestra preocupación, nuestras intenciones) se conviertan en verbos, en hechos concretos. Los adultos somos responsables de que la diversión de nuestros hijos no sea trágica y de que la energía que hoy deriva en violencia se transforme en creatividad para vivir. © www.economiaparatodos.com.ar

Por Sergio Sinay para la Fundación Proyecto Padres.


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