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lunes 19 de diciembre de 2011

Anécdota: una exigua carrera contra el espejo

Una historia que sirve como metáfora de la locura en la que está inmersa la Argentina.

Arranquemos con una historia a simple vista sencilla. Se trata de un corredor de carreras. Valga la aclaración porque sin ella puede creerse que se anda en otro tipo de “corrida”, cuyas consecuencias parecen ser altamente dañinas. (Es justo reconocer que los analistas tenemos, gracias a Cristina, desafíos intelectuales muy peculiares. Y es que analizar la política tal como está concebida requiere también de “sintonía fina”).

Volviendo a la trama, cuentan que el piloto gustaba tanto de las carreras que hasta olvidaba cualquier otra circunstancia. El fin era la obsesión, los medios eran apenas un problema ajeno: de antipatrias y agoreros. Craso error cuyo costo suele ser inmenso.

El vértigo para muchos, más que una patología, es un ingrediente necesario para la vida. Adicciones que encarcelan, paradójicamente, a aquellos que caen en ellas, creyendo que así acceden al poder y la libertad más férrea.

Sin embargo, había un tema, nada insignificante, subyacente a los deseos y afanes del protagonista. Su automóvil tenía severos defectos y un desgaste de piezas víctimas del mal trato y del inevitable cambio de calendarios. Por esa razón, cualquier gasto que hiciera en remodelarlo para correr en pista era “pan para hoy, hambre para mañana” quedase esto en evidencia o disimulado tras una carrocería impecable según la perspectiva y el punto de vista.

Lo cierto es que empecinado en la forma más que en el fondo, la vanagloria del piloto no obedecía reglas ni sabidurías. La vida era una carrera. No importaba demasiado cómo y quiénes más la corrieran.

En esa especie de autismo que no lo dejaba ver nada más allá de sí mismo, estaba dispuesto a desafiar a cualquiera. No tardó en llegar el día en que nadie quería ya aceptar su delirio. Consideraban a su propuesta, una suerte de incitación al suicidio. Poner ese auto con fallas a 300 o más kilómetros por hora, era demencial hasta para el más básico amateur del automovilismo.

Tampoco había quién estuviera dispuesto a arriesgar su vida para congraciarse con esa persona obsesiva y ciega ante una realidad que le advertía las consecuencias de un empecinamiento peligroso y enfermizo en demasía.

Claro que, durante un buen tiempo, muchos de los lugareños encontraron en darle competencia, una experiencia imposible de rehusar. Era una fiesta de adrenalina. La tentación se comprendía con sólo enumerar algunos de los “beneficios” y “privilegios” que obtenía aquel que aceptaba la contienda que le proponía.

Al margen o no tan al margen, el terreno donde se corría, tampoco estaba en condiciones óptimas para ser utilizado como pista.

Cierto día, el corredor, convencido que su pericia y su vehículo eran imbatibles, duplicó la recompensa. Aún así, no hubo contrincante que apareciera. Obsesionado con demostrar la potencia que podía alcanzar con el coche después de sucesivos arreglos caseros, sin mediación de expertos, imposibilitado para razonar y ebrio de vanidad, empezó a competir contra conductores ficticios o ausentes. Encaró carreras contra adversarios, en lo fáctico, inexistentes.

Nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo pasó dando vuelta sin sentido y contra toda lógica competitiva hasta perder noción y no saber siquiera hacia adónde iba. Como el dinero había menguado, pues no había a quién apostar que ganaría, ya el auto no tenía hecho ni un mero service de rutina. Fue entonces cuando, simultáneamente, en una de las incontables vueltas, al subir el velocímetro hasta el extremo, se soltaron los frenos.

Fue la última carrera. Lo triste de esta historia es que, en el trayecto, muchos se accidentaron, murieron sobre el asfalto, o quedaran con secuelas en demasía severas…

Cuando fue a auxiliarse al irascible corredor, retorcido entre los fierros, el casco que usaba se había salido… Adivinen ahora, la identidad de aquel conductor que sólo respondió a su antojo y capricho.

Hoy, la Argentina está siendo usada como un vehículo en estado casi paupérrimo pese a las “inversiones” que se hicieron para socavar aquello. La comanda una Presidente “autista” viviendo dentro de una realidad creada por sí misma: fantasía. Nadie se le opone, quizás por desidia, quizás por cobardía, quizás por empatía… Ella igual corre, compite y en esa “competencia”, lógicamente, va primera, invicta.

Al percibir que no es posible una victoria sin una derrota concreta -ambas son caras de una misma moneda-, termina compitiendo contra su propio vehículo. En el asiento de al lado supo estar desde Héctor Magnetto hasta Hugo Moyano, acompañando…

La naturaleza humana es inexpugnable, de otro modo no se comprende por qué es capaz de violar límites y volcar si, en el mismo momento, puede que se “mate” a los copilotos y compañeros, pero inevitablemente también, quién maneja saldrá muerto.

Todo lo demás no hace al argumento, son detalles de escenografía que solamente distraen al pueblo. © www.economiaparatodos.com.ar

PD. A todos (y todas) una muy Feliz Navidad y un Año Nuevo acorde a sus deseos.

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