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jueves 1 de diciembre de 2005

La ira presidencial

La ira es una irritación violenta que provoca la pérdida del dominio sobre uno mismo y genera un vehemente deseo de venganza. Por eso, precede a la razón e impide obrar con prudencia. Además, como siempre va unida a las acciones vengativas, es enemiga de un obrar ecuánime, sensato y paciente.

Acusaciones graves

Los analistas políticos y económicos que anunciaban el advenimiento de un nuevo estilo presidencial, después de las elecciones de octubre pasado, se llevaron un gran chasco. Haciendo honor al refrán popular que dice “genio y figura hasta la sepultura”, el presidente mostró un estado de ánimo exactamente igual al que conocimos antes de su triunfo electoral.

Particularmente graves fueron sus acusaciones contra dos supermercadistas: Alfredo Coto y Horst Paulmann. El primero fue acusado de haber mencionado un pronóstico inflacionario del 12% anual para el próximo año que, según criterio del presidente, estaría anunciando la perversa intención de meter la mano en el bolsillo de los argentinos aprovechando ese fenómeno monetario. El segundo emprendedor, que ha invertido enormes sumas de dinero para construir los mejores centros comerciales de Buenos Aires y Rosario, fue expuesto a la vindicta pública por manifestar su ferviente creencia de que la justicia resolvería favorablemente una operación de compra de una cadena de supermercados rivales, impugnada por el gobierno. Ambos, a su vez, fueron señalados como promotores de una cartelización criminal para ponerse de acuerdo y subir los precios en perjuicio de los consumidores locales.

Suenan extrañas estas acusaciones. El presidente demostró fastidio frente a previsiones inflacionarias que, por otro lado, están siendo proporcionadas por su propio proyecto de presupuesto. Además, planteó su agresividad contra empresarios que en plena depresión invirtieron fuertes sumas de dinero y crearon miles de puestos de trabajo cuando nadie se animaba.

El despido de Lavagna

También pareció insólito el uso de la palabra “cartelización”, nunca utilizada anteriormente por el presidente, y sólo empleada pocas horas antes por el ministro Lavagna para denunciar la ejecución de maniobras por parte de ciertas empresas contratistas que se habrían puesto de acuerdo en cotizar por encima de los presupuestos oficiales para pavimentar rutas no concesionadas y financiadas con fondos del Banco Mundial.

La palabra cartelización es un germanismo originado en el término “kartell”, que significa “sindicato de empresas reunidas con el mismo propósito de explotar la prodigalidad financiera del Estado sacándole ventajas indebidas”. Quizás esta sutil pero aguda denuncia de Lavagna fue la gota que colmó el vaso de la impaciencia presidencial, que decidió echarlo sin cuidar las buenas formas y reemplazarlo por Felisa Miceli, cuyo antecedente más reciente es la presidencia del Banco Nación.

Pero, aparte de estas elucubraciones, lo que resulta particularmente penoso para cualquier ciudadano que desee el bien de su presidente y el mayor prestigio de la investidura del cargo que representa es su reiterativo estado de ira. La ira es una irritación violenta que provoca la pérdida del dominio sobre uno mismo y genera un vehemente deseo de venganza. Por eso, la ira precede a la razón y nos impide obrar con prudencia. Además, repercute en el organismo corporal y produce una dosis muy grande de tristeza anímica, porque quien está dominado por la ira cree que le han inferido injurias y se mueve deseando vengarse. Cuando el estado emocional de la rabieta pasa y se descubre la sinrazón de la ira, ya es tarde y el iracundo termina justificándose con mentiras. La ira siempre va unida a las acciones vengativas, por eso es enemiga de un obrar ecuánime, prudente y paciente.

La más bella y precisa descripción

Un tema de gran importancia es la errónea creencia de que el fenómeno inflacionario es producto de la manipulación de un grupo de supermercadistas que se ponen de acuerdo para subir los precios.

Cabría recordar que la más bella y perfecta descripción del fenómeno inflacionario, superior a la que haya realizado cualquier economista de Chicago, Harvard o la escuela estructuralista de la CEPAL, es la que hizo el gran poeta alemán Johann W. Goethe, nacido en Frankfurt en 1749, quien después de Fausto, la obra cumbre de la literatura alemana, escribió en 1824 la segunda parte menos conocida, terminándola en 1831. Goethe obtuvo el argumento de la misma naturaleza humana y de la irrefrenable inquietud por conocer el misterio de su destino.

Fausto, un ambicioso doctor, vende su alma al demonio a cambio de “poder”, “vanagloria” y “juventud”, abandonando el amor puro y simple de su primera novia. En esta segunda parte, el Dr. Fausto consigue infiltrarse en la corte del emperador y con ayuda de Mefistófeles se transforma en influyente consejero. Cuando el emperador descubre que está en medio de un desenfrenado incendio social que afecta su poder y amenaza con desplomarse encima, solicita al Dr. Fausto un consejo. Éste, instruido por Mefistófeles, le promete que si sigue sus consejos toda la tierra será suya y se convertirá en dueño supremo del país. Le aconseja imprimir miles de millones de papelitos con su firma y efigie para reemplazar al oro y las piedras preciosas. Esos papelitos tendrán una garantía ficticia: las enormes riquezas que duermen debajo del subsuelo del imperio que, como no pueden ser contabilizadas, se estimarían en cifras fabulosas y fantasiosas.

Entonces, el Dr. Fausto junto con Mefistófeles le piden al emperador que una noche ordene a sus funcionarios repartir por todo el imperio dichos papelitos mediante subsidios, ayudas, regalos, pensiones y toda clase de dádivas. Le aseguran que, a la mañana siguiente, la gente encontrará en sus manos miles de coronas nuevas y comenzará a cancelar las hipotecas que pesan sobre sus heredades, otros comprarán anillos y cadenas de oro para sus amadas, aquellos beberán el doble del vino y del mejor, estos otros comenzarán a hacer saltar los dados en sus bolsillos. Todos empezarán a verse felices. Se abrirán de par en par las tiendas de los cambistas y la multitud irá a la casa del carnicero, del panadero y del mesonero. Medio mundo soñará con festines, mientras que el otro medio se jactará de sus lujosas ropas y encajes. El mercero cortará y el sastre coserá, mientras tanto saltará el vino en las tabernas a los gritos de “viva el emperador”, humearán las ollas, girarán los asadores y por todas partes sonarán los platos y las copas.

Pero, el emperador queda muy preocupado porque entiende que todo esto es un engaño. Le dice a Fausto y Mefistófeles: “¿Reconocerán mis súbditos que esto es verdad? ¿Estarán conformes con cobrar así la corte y el ejército? Si así fuese, y por grande que sea mi asombro, dejaría que las cosas sigan su curso. Pero, ¿qué pasará cuando todos se den cuenta de que fue una ilusión generada por los papelitos? Y ¿qué harán cuando vean que los vestidos con que se visten las mujeres se conviertan en harapos, cuando las perlas y las joyas se transformen en despreciables moscardones, cuando los alimentos se acaben en los sótanos de las tiendas de comerciantes y no haya nada para comprar y consumir?”.

Rápido en sus reacciones, Mefistófeles le señala: “¡Señor! Cuando ello ocurra, vuestra excelencia podrá acusar a algunos individuos de que han ocasionado este engaño afectando la felicidad del reino, y hasta podréis castigarlos para escarmiento de todos. Porque el desorden creado será tal que nadie estará en condiciones de comprender que vos mismo al imprimir esos papelitos, con vuestra firma y efigie, fuisteis el causante de esa pasajera alucinación”.

Resignado, el emperador les dice: “Después de todo, habréis vivido el esplendor de los tesoros y ahora volveréis a ser tal como fuisteis, lo mismo que antes: pobres sin destino”. ¡Así pasa la gloria del mundo! © www.economiaparatodos.com.ar



Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.




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