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lunes 4 de diciembre de 2006

La economía empieza a crujir

Las dificultades para mantener controlada la inflación y la cada vez más cercana emergencia energética empiezan a hacer más evidentes las inconsistencias de una política económica que se basa en el impuesto inflacionario y carece de visión de largo plazo.

A pesar de los esfuerzos que viene haciendo el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, para evitar que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) refleje la realidad inflacionaria, los precios siguen subiendo o, para ser más preciso, la moneda continúa devaluándose. Metido en un gran lío de precios, mientras consigue regular el precio de los tomates, por otro lado se le escapa el precio de las gaseosas y, cuando logra “controlar” el precio de las naranjas, los lácteos se le disparan y los productores agropecuarios hacen un paro. Y en el medio de este fenomenal lío de precios relativos, controles, subsidios, inflación reprimida y media ciudad de Rosario sin luz, la ministra Felisa Miceli afirma que en 2007 tiene que haber “un shock de inversiones”. Realmente fellinesco.

Como respuesta a la reacción del campo, José Alperovich, gobernador de Tucumán y aliado político de Kirchner, afirmó que: “Ahora, cuando la renta agraria supera los niveles históricos, porque el Gobierno se esfuerza por mantener un dólar alto y un gasoil barato, no hacen más que poner palos en la rueda". Interesante afirmación la del gobernador tucumano, porque claramente está reconociendo la distorsión de precios relativos que lleva adelante el Gobierno. No sólo distorsiona el precio del dólar sino también el del gasoil.

Lo que no dijo Alperovich es que para mantener el dólar alto el Gobierno le está cobrando el impuesto inflacionario a la población y para que ese impuesto inflacionario no lo desgaste políticamente se intenta disimular la situación con el improductivo trabajo del secretario Moreno.

Por supuesto que también Alperovich se mandó un rosario de las típicas consignas populistas como: "La realidad es que la mayoría de los productores está ganando mucha plata, pero parece que no les alcanza. La quieren toda, aún a costa del resto de la sociedad, del precio de la carne o el pan que consumen todos los argentinos, sobre todo los que menos tienen. Es una vergüenza". No faltaron otras definiciones: “Estos dirigentes agropecuarios siguen sosteniendo una visión del país en función exclusiva de sus intereses y no les importa el resto la sociedad”.

No menos huecas fueron las afirmaciones de otro gobernador, en este caso el de Chubut, Mario Das Neves, quien sostuvo que: “Este sector, el mismo que sueña con un país exportador como el que les dio Martínez de Hoz y continuó Cavallo, no tiene responsabilidad social ni es fiel al resto de la sociedad”.

Todas estas frases son típicas de un populismo exacerbado que reacciona enfrentando a los diferentes sectores de la sociedad cuando la inconsistencia de la política económica empieza a hacer crujir la economía. La idea es tratar de quitarse de encima la responsabilidad que le cabe al Gobierno por el desborde de precios que impulsó con su política económica e intentar transferirle el costo de los desaguisados a otros sectores, en este caso, a los productores agropecuarios.

Pero una de las expresiones de Alperovich merece un comentario en particular. Cuando el tucumano sostiene que el Gobierno se esfuerza por mantener alto el dólar, presenta el tema como un beneficio para el campo. En rigor, el gobierno sostiene alto el tipo de cambio porque de esa manera puede cobrar los derechos de exportación que le aportan el 10% del total de la recaudación. Puesto en otros términos: si el tipo de cambio bajara, resultaría imposible mantener el impuesto a las exportaciones, y si no existiera el impuesto a las exportaciones el superávit fiscal se evaporaría. Y sin ese superávit fiscal, desaparecería la caja que tan arbitrariamente maneja el Gobierno. En definitiva, lo que nunca va a reconocer el Gobierno es que hace a su propio interés político sostener alto el tipo de cambio porque es la forma de tener caja.

En la década del 90, hubo una inconsistencia básica en el diseño de la política económica que consistía en tener convertibilidad con déficit fiscal. El incremento del gasto público generaba aumento del déficit. El déficit llevaba a más endeudamiento y, a mayor endeudamiento, más gasto público por acumulación de intereses a pagar. El interrogante de aquellos años se limitaba a saber hasta cuándo el mercado estaría dispuesto a seguir financiando el incremento del déficit fiscal.

Hoy, la inconsistencia también tiene que ver con el tema fiscal, aunque mucho se hable del superávit, porque la recaudación depende de la aplicación de una tasa creciente de impuesto inflacionario para poder cobrar el impuesto a las exportaciones. Ahora los interrogantes son qué tasa de inflación está dispuesta a tolerar la sociedad antes de empezar a huir de la moneda y cuánto tiempo más resistirá esta avalancha de parches que se le están poniendo a la economía para tapar los agujeros que uno atrás de otro se van produciendo en el sistema económico.

La economía está crujiendo por la fenomenal distorsión de precios relativos. Si a esto se le suma la ausencia de políticas públicas de largo plazo y un clima adverso a la inversión, es bastante obvio el final de esta película que ya hemos visto infinidad de veces y conocemos de memoria cómo termina. © www.economiaparatodos.com.ar

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