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EPT | June 26, 2022

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Jueves 8 de marzo de 2007

Clips

A pesar de que el destino de las personas está en las manos de cada uno e infinidad de historias demuestran que la voluntad, el esfuerzo, la dedicación, la creatividad y las buenas ideas son generadores de riqueza, gran parte de los argentinos prefieren culpar a los demás de sus penurias e invertir el tiempo en reclamos y quejas.

El norteamericano Cornelius J. Brosnan jugueteaba en 1900 con un pedazo de alambre. De repente, se le ocurrió doblarlo de tal manera que quedó convertido en un perfecto sujetador de hojas de papel. La patente del “konaclip”, como llamó Brosnan a su invento, pasó luego a la compañía inglesa Gem Manufacturing Ltd, que inició su fabricación estándar tal como la hemos conocido hasta hoy, 107 años después.

No sé si podrán calcularse los millones de dólares que mucha gente, empezando obviamente por Brosnan, ganaron con la invención del clip a partir de un pedazo de alambre. Lo que sí demuestra esta pequeña historia es que el destino de las personas está en las manos de cada uno y que el sol sale para todos por igual. Brosnan no era millonario, ni había sido criado en cuna de oro. Al contrario, era pobre y vivía en condiciones limitadísimas. Pero, en lugar de utilizar el tiempo para culpar a los demás por sus penurias o para engrosar las filas de alguna manifestación colectiva de reclamos, pensó bien, llenó una necesidad y salió de la indigencia por su valía y por la propensión al pensamiento positivo.

El ejemplo opuesto podría ser llenado, en un extremo, por miles de historias de delincuentes que utilizan su ingenio y su tiempo libre para perfeccionar las maneras de robar y de causar daño a los demás. El sol que ilumina a los delincuentes y a Brosnan es el mismo. Las carencias, probablemente, también. Sin embargo, es la diferencia de personas lo que produce el contraste.

Por supuesto, entre Brosnan y un delincuente hay miles de grises. Personas que no necesariamente se queman la tapa de los sesos para encontrar nuevas variantes para delinquir, sino que son ciudadanos, básicamente honestos, aunque educados en una cultura que les ha enseñado a creerse que no son responsables de nada y que la diferencia entre el éxito y el fracaso debe buscarse fuera de sus personas. Son individuos pasivos, a la espera de que alguien haga algo por ellos.

Imbuidos de esos hábitos, les será fácil subirse al carro gritón del reclamo profesional, convencidos de que la eterna injusticia que se comente contra ellos debe ser reparada. Muy probablemente, si utilizaran el ingenio que demuestran tener para la creación de eslóganes, cánticos y discursos armados con frases hechas para pensar alguna acción productiva que –además de hacer un bien a la sociedad– contribuya a sacarlos de la miseria, no estarían en las condiciones que detestan.

También la sociedad –integrada por cientos de miles de personas bienpensantes que constantemente crearan bienes, servicios y actividades útiles a la vida en común– se vería beneficiada por el efecto multiplicador del trabajo, la paz, la ausencia de la holgazanería y la inexistencia de sentimientos negativos y frustrantes como lo son el estar convencidos de que oscuras fuerzas operan en la trastienda para la infelicidad del pueblo.

La única conclusión que llevaría a desautorizar este razonamiento es que detrás del reclamo, la culpa a terceros, la divulgación de la idea de que el trabajo individual no es apto para salir de la pobreza y de que existen fuerzas indomables que nos impiden progresar se esconda un enorme negocio para unos pocos.

Y, efectivamente, la pobreza se ha transformado en un negocio para muchos en la Argentina de hoy.

El poder aumenta si se divide a la sociedad. Si un malevolente profesional lograra convencer a un buen número de gente de que la culpa de las miserias de unos la tiene la riqueza de otros, se habría producido una grieta enorme en la cohesión y la concordia social por donde el autoritario meterá la cola de su poder. Si una vez allí lograra sostener y ampliar aquella convicción de la sociedad, no tardaría en apostar a su perpetuidad.

Si alguien hubiera convencido a Brosnan de que su miseria era la directa consecuencia de la opulencia de John D Rockefeller, jamás hubiéramos conocido el clip y Brosnan no se hubiera convertido en millonario como Rockefeller. En cambio, el generador del odio entre los “Brosnan” y los “Rockefeller” sí hubiera tenido su parte del león al presentarse a la sociedad como el gran mediador de diferencias y como el único manejador de los recursos que, de otro modo, estarían en manos de gente como Brosnan.

De todas maneras, los dictadores no son la causa, como decía Alberdi, sino la consecuencia de la dictadura. La dictadura precede al dictador, como el odio precede al ponzoñoso. Hay ciertas condiciones sociales que deben darse de antemano para que el camino de la división y la discordia se le facilite a quien sacará provecho de su explotación.

Esas convicciones, hábitos, costumbres y creencias están en el seno de la sociedad, a tal punto que se convierten en una segunda Naturaleza. Las personas tienen reacciones y pensamientos espontáneos cuyas premisas se forman en esa Naturaleza adquirida.

El ciclo de retroalimentación entre –por un lado– una sociedad proclive al pensamiento negativo, culposo del tercero, incapaz de autorreprocharse, con poca inclinación al esfuerzo individual y al trabajo y con fuerte preferencia por el resultado fácil e inmediato, y –por otro– un poder que advierte estos vicios pero que, lejos de ponerse al frente de una tarea docente para desterrarlos, los explota para su propia conveniencia, es nefasto para el futuro de cualquier país.

En esta situación está la Argentina: poblada cada vez más por personas que no creen que el uso lícito de su ingenio y de su esfuerzo sea una vía útil para mejorar su condición y gobernada por una dirigencia de todo orden que, en lugar de sacarlos de su error, los estimula para obtener provecho personal mayor.

Para el observador imparcial debe resultar triste ver a tantos millones de personas vivar con entusiasmo a quien los hunde en una mezcla de odio y miseria… Porque siempre resulta triste comprobar cómo la gente es incapaz de advertir que la ignorancia mezclada con la idiotez útil es el mejor camino para la propia destrucción, cuyo derrotero se recorre con la alegría del inconsciente. © www.economiaparatodos.com.ar


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