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jueves 28 de octubre de 2004

¿Cuántos muertos?

La inseguridad en que hoy vivimos no es producto fortuito de hechos ignorados sino el resultado lógico y previsible de las medidas tomadas por los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial respecto del delito en los últimos años. Asegurar que los delincuentes son, en realidad, víctimas de la sociedad, es una teoría irracional y delirante que hasta ahora no ha dado otros frutos que una ola masiva de secuestros y otras transgresiones sociales.

No caben dudas acerca de la felicidad que todos sentimos al ver a Patricia Nine arrodillada con los brazos abiertos hacia la multitud, mezcla de llanto y risa contenida, como si fuera un futbolista después de convertir el gol de su vida. Esa imagen quedará grabada como el festejo de un triunfo resonante del bien sobre el mal, de la ley sobre la delincuencia, de la honestidad sobre la malevolencia.

La Policía de la provincia Buenos Aires y otras fuerzas de seguridad federales acababan de rescatar con vida a la mujer que había estado cautiva, en manos de malvivientes, durante 25 días. Por primera vez en años, los vecinos del humilde barrio donde Patricia estaba secuestrada vivaban a las fuerzas del orden como si fueran fanáticos en las tribunas del equipo vencedor. Detrás de ella, la cara siempre entristecida de Juan Carlos Blumberg se tomaba una merecida vacación mostrando una ancha sonrisa. Los padres, los hijos, el marido y el abuelo de Patricia no dejaban de agradecer las muestras de afecto y repartían sus brazos entre cientos de manos de vecinos y la propia cabellera de la que reunía las veces de esposa, hija, madre y nieta.

Los periodistas que trasmitían desde el lugar y los que les daban entrada desde los estudios, no podían disimular una permanente mueca de alegría. El presidente Kirchner se puso en contacto de inmediato con la familia Nine para trasmitirle la emoción que sentía al ver a Patricia sonreír por televisión. Todo parece resumir un relato extraído de una película con final feliz.

Pero los orígenes del film no datan de hace 25 días. Esta película comenzó a rodarse hace mucho tiempo, en medio de advertencias sonoras de múltiples sectores de la sociedad que parecían advertir lo que se vendría si la tendencia ideológica hacia el tratamiento penal del delito y el delincuente finalmente tomaba el camino con el que amenazaba.

Por su puesto, todas las advertencias fueron desoídas. Es más, los “advertidores” fueron tildados de nazis y fascistas porque se oponían a la sanción de leyes y al nombramiento de jueces que, en la práctica, significarían la salida a la libertad de cientos de delincuentes peligrosos que ya estaban en las cárceles. Porque los muertos que la sociedad hoy llora, desde Axel Blumberg hasta el chico Cabanillas u otras decenas que han caído en ocasiones de robo, fueron víctimas de delincuentes que ya estaban presos y que fueron soltados por una infame alianza entre legisladores y jueces dueños una supina irresponsabilidad.

Desde las leyes del dos por uno, ni bien se instaló la democracia de Alfonsín, hasta la frutilla del postre que consistió en nombrar al abolicionista del Derecho Penal (y socio en su ex actividad privada de un ex condenado por secuestro extorsivo de menores), Eugenio Zaffaroni, en la Corte Suprema de Justicia, todo ha sido un encadenamiento de decisiones equivocadas que terminó llevando a la sociedad a estar presa de la delincuencia y a vivir día a día soportando la angustia que implica no saber si se llegará vivo a la noche.

Lo que ocurre hoy no es una consecuencia inesperada de circunstancias desconocidas. Lo que ocurre hoy es el resultado lógico de lo que se ha hecho. Son las consecuencias esperables de las medidas que se han tomado en el poder (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) respecto del delito y de los delincuentes. Tan previsible era lo que iba a suceder que cientos de personas a las que aún les queda algo de razonabilidad lo predijeron, lo advirtieron y, hasta donde pudieron, trataron de evitarlo.

Pero la clásica tendencia aluvional del pensamiento argentino acalló a los gritos toda voz y etiquetó, poco menos que como antiargentino, al pensamiento diferente.

¿Cuántos muertos se hubieran evitado si la “intelligentsia” de turno no hubiese sido tan obcecada y tan verdaderamente fascista (aunque fueran ellos los que acusaban de tal manera a los que advertían el desastre)? Quizás Axel estaría hoy con sus padres y su novia, quizás los mutilados de tanta demencia tendrían hoy sus dedos y sus mentes libres de una experiencia aterradora. Quizás nunca hubiéramos conocido a Susana Garnil diciendo que se ponía de rodillas ante lo despreciable para que le devolvieran a su hijo.

Los disparates teóricos de un grupo de delirantes tuvieron un alto precio para la sociedad. Desafortunadamente las malévolas consecuencias de sus aberrantes ideas no fueron sufridas por ellos mismos. Como las pobres víctimas de unos modernos Mengele, decenas de argentinos de bien ya no están entre nosotros para trabajar con honestidad. Sus vidas cayeron a manos de la carroña social amparada por la tilinguería de unos pocos que tomaron a la sociedad como un laboratorio.

Esperemos que el episodio que terminó con el rescate a sangre y fuego de Patricia Nine llame a la reflexión a los verdaderos responsables de lo que ha ocurrido en la Argentina. Esperemos que tengan la suficiente vergüenza como para retirar de la escena del Derecho la arrogancia de un conjunto de conceptos tan despreciables como errados.

Sostener que los delincuentes son en realidad las victimas de la sociedad, que debe soportar las consecuencias de sus actos como una suerte de compensación por la injusticia a la que los somete, constituye una elaboración tan delirante como injusta. Que la Nación tome decisiones en base a ella es aún más irracional. Y que los mentores de esa teoría se den el gusto de llevarla a la práctica a costa de la vida de la gente decente constituye el paroxismo del disparate.

Dios quiera que la luz que rescató a Patricia Nine nos libere pronto de tanta oscuridad… © www.economiaparatodos.com.ar




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