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Jueves 17 de junio de 2004

El germen autodestructivo del populismo

Las políticas populistas que hoy vuelven a azotar el país se basan en la creencia de que la prosperidad de un país consiste en redistribuir la riqueza existente. Por eso no se preocupan por crearla, se dedican a violar los derechos de propiedad y desalientan las inversiones. A la larga, sin crecimiento, la riqueza se agota y ya no queda nada para repartir.

Argentina ha tenido varias olas populistas a lo largo de los últimos 60 años y todas ellas se han caracterizado por no reconocer los fracasos propios y buscar supuestos enemigos para no hacerse cargo de la crisis. Transferirle la culpa a mercados conspirativos, Wall Street o el FMI son parte de la letra común del credo populista. Inventar enemigos externos e internos es parte de la estrategia populista para “juntar voluntades y apoyo de la población en defensa del bien común”.

La segunda característica de la política económica populista consiste en sentar sus bases en una compulsiva redistribución del ingreso, desprecio por la inversión competitiva y permanentes avances sobre los derechos de propiedad. El populismo no cree en la inversión como fuente del crecimiento. Cree que el estado debe quitarle a unos para darle a otros. De esa forma, los gobernantes populistas declaran ganadores y perdedores, lo que, transitoriamente, les otorga el apoyo de la población beneficiada por la redistribución.

Pero el populismo tiene su propio germen de autodestrucción que finalmente lo lleva al colapso, como ha ocurrido muchas veces en la Argentina durante el siglo XX.

El germen de su autodestrucción consiste en que el modelo populista termina generando un enfrentamiento de todos contra todos por una porción del ingreso cada vez menor, porque bajo un modelo populista el progreso de unos sólo puede darse gracias a que se le pisa la cabeza al vecino. En el populismo cada sector usa al estado para que violente los derechos de propiedad de los demás en beneficio propio.

Las políticas populistas tienen dos etapas claramente diferenciadas que pueden asimilarse a los efectos que las drogas producen en las personas. La primer etapa del populismo genera una situación de optimismo y bienestar en mucha gente. ¿Por qué? Porque el populismo suele empezar su gestión utilizando diferentes mecanismos para financiar la redistribución. Por ejemplo, puede emitir moneda para financiar aumentos de salarios, hasta que esa emisión monetaria produce presiones inflacionarias. Cuando el gobierno quiere frenar la inflación para detener el descontento popular, aparece la crisis del populismo.

También el populismo puede financiar la redistribución por medio del endeudamiento, de la venta de activos o del incremento de los impuestos a los sectores de mayores ingresos. Pero en todos los casos, siempre se llega al punto en que ya no es posible seguir financiando la fiesta y todos caen en una profunda depresión.

El problema que tiene el populismo es que da por sentado que la riqueza existe y que sólo hace falta redistribuirla. Es común que los populistas confundan recursos naturales con riqueza, porque no advierten que, por ejemplo, el petróleo no es riqueza hasta que es extraído y procesado para ser vendido en el mercado.

Claro que, siguiendo con el ejemplo del petróleo, para poder extraer el petróleo y procesarlo, hacen falta capitales que estén dispuestos a ser invertidos en ese negocio. Y nadie hace inversiones si sabe de antemano que el estado lo va confiscar una vez que esté generando riqueza, o le va establecer leyes laborales que le coman la ganancia o le impidan a los accionistas disponer libremente de sus utilidades.

Como los populistas necesitan violar los derechos de propiedad para poder redistribuir, permanentemente conspiran contra la inversión, con lo cual, el país entra en un proceso de pérdida de productividad, caída del salario real, aumento de la desocupación e inestabilidad económica general. Dicho en otros términos, la cantidad de riqueza que genera la economía va disminuyendo hasta que el gobierno populista de turno se encuentra con que ya no puede satisfacer las demandas de los distintos sectores que él mismo incentivó. Cuando llega ese momento, es cuando colapsa el sistema y los gobiernos quedan totalmente debilitados porque ya nadie cree en las historias conspirativas de los enemigos fantasmas que inventan los políticos.

El populista le hace creer a la gente que tiene derecho a que otros le transfieran parte de sus ingresos y patrimonios para mantenerlo. El problema es que cuando los otros dejan de producir y ya no tienen patrimonios para que el estado se los confisquen, el populista se encuentra con que se quedó sin financiamiento para sostener su política. En ese momento colapsa, no ya la economía, sino la sociedad y el gobierno.

Considerando las crisis económicas que venimos padeciendo y la forma en que terminaron los anteriores gobiernos populistas, sería bueno que el actual gobierno meditara profundamente sobre su política económica. ¿Está haciendo todo lo necesario para que los inversores estén dispuestos a hundir sus capitales en la Argentina? ¿Está creando las condiciones institucionales para crecer y mejorar las condiciones de vida de la población en forma sostenida en el largo plazo? ¿Ha removido las regulaciones que impiden una mayor productividad de la economía? ¿Está tratando o destratando a los inversores?

Dependiendo de las respuestas que encuentre para cada uno de estos interrogantes, puede imaginar la forma en que, más tarde o más temprano, va a terminar.
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