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EPT | June 27, 2022

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Jueves 14 de diciembre de 2006

El salvador

Hugo Chávez se ha convertido en una especie de superhéroe para la Argentina. La incógnita es si pudo lograrlo gracias a la generosidad de su billetera o porque nuestro país ha decidido abandonar los ideales que dieron forma a nuestra Nación.

La visita de Hugo Chávez a Buenos Aires la semana pasada se constituyó en una motivación más para preguntarnos qué hace la Argentina al lado de este personaje.

El “bolivariano” no dejó trastada por hacer en su viaje de un día a Buenos Aires. Empezó dándonos lecciones de economía, cuando acotó la perogrullada de que “no tienen gas porque no invirtieron”, como si la frase proviniera del mismísimo David Ricardo.

Está claro que con las inclinaciones políticas de la Argentina –entre las que se incluyen andar de migas con él– no puede esperarse un panorama alentador para las inversiones fijas, en bienes durables y de maduración lenta como las que caracterizan a aquellas que harían posible un aumento de la producción de gas.

Ninguna inversión productiva será posible en un país que destruyó los contratos, cambió las reglas de juego prometidas a los inversores previos, produjo un default que afectó a cientos de miles de personas en todo el mundo por valor de 140 mil millones de dólares y que, alegremente, propuso pagar 25 centavos por cada dólar verificado en la quiebra.

Tampoco resultará muy atractivo al mundo de los negocios un país con fuertes inclinaciones intervencionistas y de desprecio a la propiedad privada y a la libertad de contratación, como la Argentina ha demostrado ser desde que la Alianza asumió el gobierno en 1999.

Por supuesto que esas inclinaciones se profundizaron con Eduardo Duhalde, durante la crisis, y, aún más, con Néstor Kirchner desde el 2003.

El boom económico de crecimiento operado desde 2004 hasta hoy, tiene, como se sabe, varias justificaciones ajenas, todas ellas, a la propensión de una economía libre que respeta la propiedad privada. El crecimiento argentino se explica por la conjunción de unas condiciones internacionales sin precedentes para los productos de los cuales la Argentina depende (commodities cerealeros, carnes, bajas tasas de interés, entre otras) y la adecuación de una burguesía empresaria local a un modelo burocrático-productivista, que parece salido de la Casa de Contratación de Sevilla, y que permite a unos pocos acumular riquezas a la sombra del poder.

Pero el crecimiento propio de los países libres, en donde la competencia provoca avances tecnológicos que reducen costos, abaratan precios, mejoran calidades y elevan el nivel de vida de los pueblos, ése tipo de crecimiento, está ausente en la Argentina.

Cuando las prebendas se terminen y las condiciones excepcionales de los mercados internacionales se acaben, la antigua economía argentina verá chirriar los engranajes viejos de su desatendida infraestructura.

La otra acotación estelar del cabo de Caracas fue su referencia a la remoción de su embajador en Buenos Aires, Roger Capella. Chávez hizo saber que quienes habían influido en el presidente Kirchner para que éste hiciera comentarios negativos sobre el comportamiento de Capella (fue él quien urdió con Luis D’Elía el apoyo a Irán) habían sido “las viudas de Menem y la derecha argentina”.

¿Quién es el señor Chávez para hacer acotaciones sobre la política interna de un país que no es el suyo? Después de todo, las “viudas de Menem” sumaron el 45% de los votos en 1989 y el 51% en 1995. ¿Qué derecho tiene este señor para hacer comentarios peyorativos sobre semejante masa de pueblo argentino?

Que ahora esa gente haya cambiado de opinión por circunstancias que sólo a los argentinos deberían importarnos no quiere decir que, en su momento, no hayan reflejado la mayoría democrática de la que hoy este señor parece mofarse. ¿Qué tratamiento le daría él en su abierta república bolivariana a un comentario semejante de una autoridad extranjera?

Por eso llama la atención que la Argentina –o al menos su gobierno– le rinda pleitesía a este militar autoritario con pasado golpista que quiere rodearse de las mieles de los salvadores. Chávez parece estar presto para meter la mano en su abultada billetera y poner dinero para comprar desde bonos de deuda nueva hasta leche en polvo de Sancor para “colaborar” con la recuperación de la cooperativa lechera.

El país había nacido bajo otras condiciones y con otras convicciones.

Lastima los oídos y la conciencia saber que los altos ideales de libertad que alumbraron la formación de la Argentina se han embarrado tanto en menos de dos siglos como para comprometerlos con amistades y alianzas con personajes que simbolizan el yugo, la dominación, la miseria, la falta de derechos, la prepotencia y el odio clasista. ¡Qué picardía que un país que pintaba como pintaba la Argentina haya quedado reducido a este conjunto de escombros envidiosos!

Queda apenas una incógnita por develar. Sólo resta saber si semejante cambio ha sido provocado por el dinero o si representa un giro copernicano de las convicciones expresadas en la Constitución original de 1853. Si el arrastrarnos detrás de un ignorante que lamentablemente se ha apoderado del alma del pueblo venezolano es porque su dinero petrolero nos puede salvar, deberíamos saber que hay muchísimos países más dignos –con tanto o más dinero que Chávez– que estarían encantados de tener de aliado a un país respetable, progresista y libre como debería ser la Argentina. De modo que nuestra necesidad no justifica semejante bajeza y semejante claudicación frente a los valores que nos dieron origen.

Ahora, si estamos al lado de Chávez porque, justamente, la convicción argentina ha cambiado y ya no creemos en la libertad y en los derechos individuales, si ya no creemos que debemos ser una tierra donde los sueños impliquen libertad y responsabilidad, donde el esfuerzo y la dedicación individuales generen progreso y bienestar, donde ningún burócrata tenga el derecho de dirigir la vida de las personas, si es así, entonces es mejor que nos lo digan con todas las letras.

Es posible que el éxodo de aquellos a los que la repugnancia les haga imposible seguir viviendo aquí les haga más sencilla la tarea a los que queden. © www.economiaparatodos.com.ar


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