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Lunes 16 de febrero de 2009

Embarrados

La tragedia de Tartagal demostró que la pobreza estructural sigue siendo una realidad en la Argentina kirchnerista.

Cuando parece que ya nada puede sorprender a los argentinos, siempre aparece un imponderable capaz de revivir el asombro. ¡Y es que, finalmente, Cristina Fernández de Kirchner descubrió la pobreza! Ese hito marcó la temática de la última semana opacando quizás ciertos detalles de la gira a España. Oportuno infortunio el de Tartagal para los K. Qué la desgracia ajena sea casi “bienvenida” por la pareja oficial genera nauseas; más aún si se tiene en cuenta la manera cómo se usó semejante tragedia para la demagogia barata.

Dos hechos no pueden pasar inadvertidos: la zancadilla que se le hiciera a Julio Cobos negándole el uso de un avión para viajar a la zona del desastre, y la poco feliz foto de Florencio Randazzo y Alicia Kirchner en su visita a Salta, ambos con sonrisas inusitadas para la circunstancia, e inoperantes por demás. Hace tres años exactamente, en idéntico lugar sucedía una catástrofe similar: la respuesta digamos que fue “escasa” para menguar un poco lo grave de la realidad.

¿Quiénes gobernaban en ese entonces la Argentina? ¿No les cabe cierta responsabilidad? Ni una palabra al respecto se dijo desde el entorno presidencial. Nuevamente, el pueblo debió dar muestras de solidaridad enviando donaciones a los pobladores de Tartagal. No fue siquiera el ladero oficial, Luis D’Elía, quién organizara el envío cómo sí lo hizo a la Franja de Gaza por el sólo hecho de contrariar a Israel, sin saber con rigurosidad las necesidades de ese pueblo diezmado por una guerra tan compleja que impide -o debiera impedir- la opinión laxa e ideologizada.

Lo cierto es que la Presidente aprovechó para embarrarse los pies en una actitud que no puede no sorprender. Cristina actuó como si hubiera descubierto la miseria y la calamidad por vez primera. Aún así no parece haber servido de mucho la experiencia. Al día siguiente de la visita oficial, los pobladores de la región pusieron de manifiesto que todo quedó en promesas y que no tenían siquiera un baño químico para usar.

En esas circunstancias la ayuda requerida es “ya”, no mañana… Anunciar un plan social no es paliativo para quienes perdieron todo. Tampoco es útil el hervor de la sangre de la jefe de Estado, hace falta más. Las imágenes son elocuentes. Es la misma gente la que corre de un lado a otro trasladando lo poco rescatable. No ayudó la “angustia” declamada en los jardines de Olivos ni la foto del ministro del Interior, ni los zapatos con barro que deberían donarse al museo de rarezas que dejarán tras de sí los años de gestión K.

A su vez, esta realidad dejó al descubierto una falencia más del Estado Nacional: no hay planes de emergencia. No hay organización ni planificación seria. Tampoco prevención. Nada de eso existe en un país que ha sufrido un sinfín de problemas que precisaban de aquellas. Así como no se actuó con profesionalismo cuando el terrorismo jaqueó a la sociedad toda, volando el edificio de la AMIA y fueron los mismos vecinos los que trataban rescatar sobrevivientes de entre las ruinas, en Tartagal la situación fue similar.

La ayuda llega tarde, y tarde en esas situaciones puede implicar un imperdonable aumento de víctimas. Un ejemplo más: la ley de Bosques cajoneada durante 14 meses se agiliza después del alud en Salta y sin siquiera saber si tiene relación o no con las causas.

Ahora bien, desde el punto de vista político habría muchas preguntas por realizar al oficialismo pero los anuncios son monologados y el periodismo apenas si puede sugerir. Desde hace 6 años, conseguir respuestas que sacien es casi utópico. No las hay.

La tragedia de los salteños fue tomada como oportunidad para tapar los papelones protagonizados por la mandataria argentina en la Madre Patria. No sólo los desplantes habituales de Cristina sino la verdadera causa por la cual se hizo presente en aquella geografía quedaron prácticamente sepultados por el alud provincial.

En rigor de verdad, la visita no tuvo más motivo que saldar el costo de un “capricho” kirchnerista: la expropiación de Aerolíneas. El antojo del matrimonio forzó una erogación de millones de dólares que irán a parar a 30 aviones que no se sabe siquiera si han de volar. La impunidad es sólo casera o doméstica. Fuera de las fronteras los dislates se pagan sin chistar.

En otro orden de cosas, la campaña proselitista continuó como si las elecciones fueran en pocos días. Nueve meses, en la Argentina, pueden durar una eternidad. Pactos, alianzas y uniones están agarrados con pinzas. Parece tomar fuerza la idea madre de todo diálogo: una oposición dividida libera el camino a la hegemonía de los Kirchner. La estrategia oficial tenderá a dividir como buscó hacerlo con las entidades del sector agropecuario. La convicción de unidad es, por ello, el eje esencial que debe regir los pasos que, en lo sucesivo, den los opositores o disidentes como ahora se hacen llamar.

Los anuncios de Cristina no deberían ser siquiera tenidos en cuenta: el gobierno sigue sin generar políticas de Estado tendientes a sortear una crisis de cuya magnitud no son conscientes aún. Reconocerla es un avance, pero con la mera aceptación no se superarán las dificultades. Los gestos pueden ser válidos en lo diplomático pero no son aceptables para el gobierno que debe actuar. Los atriles no solucionan nada.

Cada día van surgiendo imponderables que demandan una mayor apertura de caja, simultáneamente, son menores los ingresos de capital. Esto explica por ejemplo que, habiendo aumentado en los últimos seis años, los montos destinados a acción social en un 656%, en el último año cada indigente haya recibido un 18% menos de ayuda oficial. Hay una sangría que es predecible adivinar hacia adónde va.

Por otra parte, en el último año se sabe que los habitantes de villas miseria crecieron un 30%. El INDEC puede mentir pero, a esta altura, sin ninguna efectividad.

En este desorden de cosas, los anuncios presidenciales, los planes “canje” y las promesas oficiales se tornan una afrenta a la mismísima realidad. La escasa reacción ciudadana no puede analizarse en estás líneas, requiere de un análisis más amplio y no tan superficial como suele hacerse en general. Marzo posiblemente sea un mes donde el reclamo se haga escuchar con más fuerza.

La ciudad y el campo ya saben que no pueden esperar mejoras que emanen de una gestión que ha tendido desde el vamos hacia la inercia generando canales de distracción permanente.

La habilidad de la mesa de enlace para evitar quedar demonizados por el gobierno es rescatable pero augura una lucha que, inevitablemente y por las características intrínsecas del “estilo K”, se ha de perpetuar. Los Kirchner no ceden. Sería positivo que tampoco lo siga haciendo, como autista, la sociedad. © www.economiaparatodos.com.ar


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