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Jueves 18 de octubre de 2007

En la elite de lo que inventaron otros

Sin pretender ensayar recetas originales, los argentinos triunfamos en deportes como el rugby. En cambio, cuando nos proponemos escribir nuestros propios caminos hacia el éxito, solemos fracasar rotundamente.

Uno de los dramas argentinos que han impedido el desarrollo del país ha sido, sin dudas, la pretensión de la originalidad. Parecería ser un pecado mortal para la sociedad el aplicar o manejarse según reglas, fórmulas o recetas que inventaron o practican otros.

La mismísima alergia a la palabra “receta” (“¡no aplicaremos las recetas que nos dicten!” es la arenga habitual que se escucha desde el atril) da la pauta del nivel de sacrilegio que para nosotros implica hacer lo que hacen otros. El drama es aun más grave cuando la negativa a esa aplicación se refiere a “recetas” probadas por otros países que prácticamente aseguran una garantía de éxito. No caer en la conclusión de que el país no es normal, cuando tenemos esas evidencias, es difícil.

Resulta obvio que, de ese modo, nuestra nación se ha privado a sí misma de herramientas disponibles y conocidas de progreso que otros han tenido menos pruritos en tomar. La propia Argentina tuvo un lapsus de lucidez cuando adoptó su Constitución de 1853, en la que tácitamente admitió que sus tradiciones y su propia historia no la habilitaban a un desarrollo seguro. Aquellos visionarios tomaron las mejores ideas y las mejores instituciones del mundo, las adoptaron y adaptaron al nuevo país. Así, fuimos catapultados a un éxito asombroso que duró 70 años. El asombro, por lo demás, sólo puede justificarse como expresión del lenguaje. Porque, como en las leyes de la física, cuando se ponen en funcionamiento herramientas adecuadas a la obtención de un resultado, el resultado se obtiene. No había nada de milagroso en el progreso argentino hasta 1930.

Una porción decididamente mayoritaria de la sociedad y, claramente, sus gobiernos (que no podrían ser más “representativos”, en ese sentido) rechazan esta opción hoy en día. Si la Argentina no inventa una solución propia para progresar “a la Argentina”, parecería que el progreso no tiene gracia.

Contra esta visión francamente estúpida de la vida, el seleccionado argentino de rugby, Los Pumas, que jugarán por el tercer puesto del Mundial el próximo viernes, le ha dado una lección notable al país.

Como no podía ser de otra manera, los intelectuales y los periodistas que se las dan de “pensadores” ya filosofaron en contra del ejercicio de hacer paralelismos entre la vida del país y lo que ocurrió en Francia. Pero, no importa. Los haré igual.

El rugby es un deporte que claramente no inventamos. Es más, es un deporte al que ni siquiera le hemos incorporado nada nuestro. De haberlo hecho, incluso, lo habríamos transformado en una guerra sangrienta. Eso fue lo que hicimos con deportes mucho menos físicos y en donde la fuerza juega un papel mucho menor que allí, como el caso del fútbol. Sin embargo, decidimos adoptar al rugby como algo nuestro siguiendo estrictamente las pautas, las costumbres y los valores que inventaron otros. La primera regla del mundo de la pelota ovalada es respetar las reglas. Y hemos decidido respetarlas. Nada de lo que rodea al rugby puede decirse que sea una originalidad argentina, ni siquiera el idioma que hay que saber para entender los diálogos, los fallos y las indicaciones de los árbitros.

A pesar de no haber argentinizado el rugby, hemos llegado a jugarlo mejor y a ganarles a aquellos a quienes inventaron el juego y sus reglas. Si la misma rebeldía social que advertimos para aplicar reglas de éxito en el plano institucional y económico la hubiéramos tenido en el rugby, jamás lo habríamos jugado y jamás hubiéramos sido exitosos en él.

Esta lección prueba que la originalidad no tiene ningún valor y que, al contrario, su pretensión traba y produce un enorme gasto gratuito de energías nacionales al querer inventar lo que ya está inventado. Lo que hay que hacer, como lo hicieron Los Pumas, es ser mejor en la aplicación práctica del conjunto de herramientas que llevan al éxito que aquellos que las inventaron. Superarlos. No importa si esa superación se hace usando las reglas de ellos. Lo único que vale es si esas reglas nos aseguran (en el caso de lo institucional y lo económico) un buen nivel de vida. ¿O estamos dispuestos a vivir peor a cambio de ser originales?

La reacción típica del intelectualismo que comentábamos más arriba es lógica. De ellos no podía esperarse otra cosa. Han sido uno de los principales sectores sociales que pregonaron la originalidad. Un ejemplo práctico, cerca de la gente, que por la emoción que provocó se hace fácilmente entendible, había que basurearlo rápidamente. No sea cosa que una porción importante de la sociedad advierta, a partir de un espejo simple, una verdad que ellos, para perjuicio del país, se han empecinado en negar. © www.economiaparatodos.com.ar


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