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jueves 4 de junio de 2009

Hacia un cambio de expectativas

Un resultado electoral que deje debilitado al Gobierno y abra posibilidades de cambios de rumbo podría modificar el escenario político y prefigurar una mejoría en la situación general.

El escenario político sufrirá modificaciones importantes una vez que se conozca el resultado de las elecciones del próximo 28 de junio. El kirchnerismo dejará de ser la mayoría para pasar a ser la primera minoría y con tendencia declinante. Al mismo tiempo, es probable que las aspiraciones de Carlos Reutemann a la presidencia de la Nación y de Francisco de Narváez a la gobernación de Buenos Aires aparezcan consolidadas. Este conjunto de factores derivará, de hecho, en una pérdida de poder efectivo de parte del kirchnerismo porque todos los actores de la vida política, incluido el propio matrimonio presidencial, tenderán a reacomodarse en el escenario sobreviniente.

Las ensoñaciones hegemónicas del kirchnerismo habrán pasado a la historia seguramente para siempre. La Señora y su marido continuarán gobernando con un margen de poder acotado hasta 2011 porque es el período que constitucionalmente les corresponde pero su capacidad de ejercer condicionamientos irresistibles –algo de lo que han venido disponiendo indisputadamente en los últimos años- habrá desaparecido y, por lo tanto, gobernadores, intendentes, legisladores, funcionarios, etc. recuperarán su libertad de acción para elegir de qué modo posicionarse con vistas al rumbo que los acontecimientos puedan ir tomando en el futuro.

Este nuevo escenario, con el poder del gobierno limitado, tendrá, paradójicamente, efectos beneficiosos sobre la situación general del país. La explicación a esta paradoja es que, en Argentina, el gobierno –el gobierno actual, específicamente- representa el problema, no la solución. En condiciones normales, un debilitamiento del gobierno implica un empeoramiento de la situación general de cualquier país. Pero en el caso actual no es así porque el gobierno es el factor que provoca los problemas y, al mismo tiempo, se perfila la aparición de rumbos políticos definidamente distintos que prefiguran una orientación mucho más conveniente. Por lo tanto, al debilitamiento del actual gobierno se puede imaginar que se le superpondrá la gestación de un nuevo gobierno que orientará al país por un rumbo mejor. Ese factor operará como un revitalizador de las expectativas y ese hecho, en sí mismo, hará que la situación general mejore.

Por supuesto que, en un contexto como el descripto, el clima político no será tranquilo. Entre un gobierno en ejercicio pero declinante y proyectos en crecimiento pero aún no consolidados, las relaciones serán tensas porque, además, los que se van a ir y los que estarán por llegar tienen visiones diferentes en relación a muchos temas. Por ende, los cruces de declaraciones serán bastante agitados. Dentro de este marco, naturalmente, quienes estén en una posición expectante para acceder al gobierno deberán manejarse con mucha cautela porque si cometen errores que los dejen en mala posición sus expectativas podrían quedar frustradas. Pero, al mismo tiempo, la tendencia natural de todos los actores de la política será la de alejarse del kichnerismo declinante y prestar su adhesión a las figuras emergentes. En este sentido, el inefable peronismo mostrará una vez más su sorprendente y a la vez desdeñable flexibilidad.

Pero ese pragmatismo, tan característico de los dirigentes peronistas –y que tan mala impresión provoca a quienes consideramos la coherencia ideológica como un valor positivo- tiene un efecto estabilizador sobre una sociedad tan agitada como la argentina. La capacidad de adaptación del peronismo es, en cierto modo, un mal necesario porque es lo que permite atenuar los efectos nocivos de los “barquinazos” tan usuales en la política argentina. Ese efecto estabilizador es lo que provocará consecuencias positivas sobre la situación general del país, precisamente porque quedará en evidencia que el período kirchnerista irá quedando atrás y lo que se vislumbra para el futuro presenta un mejor perfil.

Es cierto que, en los hechos, habrá problemas pendientes de resolución y que la situación económica será compleja porque existen dificultades reales que no dependen de las expectativas. Cuando los números no cierran y no hay fondos para afrontar los gastos, no es una cuestión de expectativas sino de realidades. Pero las realidades adversas se sobrellevan con un ánimo distinto cuando se percibe una perspectiva de cambio que permita salir de las dificultades. Por eso, paradójicamente, no sería extraño que, a pesar de que los números macroeconómicos muestren datos muy negativos, algunos indicadores tengan comportamientos no consecuentes con esos números. Por ejemplo, si se perfila una política económica acertada a partir de 2011, es dable imaginar que la Bolsa se anticipe y los valores de las acciones se eleven a cuenta. Esto es característico de los momentos en los que se generan expectativas favorables.

Todas estas hipótesis dependen, naturalmente, de los resultados de las elecciones del próximo 28 de junio y, por supuesto, de la evolución posterior de los acontecimientos. Pero los argumentos aquí expuestos prefiguran el escenario que podría presentarse a partir de dentro de pocas semanas. Luego, habrá que evaluar si los hechos corroboran o desmienten estas consideraciones. © www.economiaparatodos.com.ar

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