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Lunes 5 de octubre de 2009

La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser

El granero del mundo que atraía inmigrantes se ha convertido en una curiosidad intelectual que ni los propios argentinos logramos comprender.

Quienes se atreven a indagar en la historia saben que no debe haber sido fácil fundar un país como la Argentina. Sin embargo, quizás lo más sorprendente es el modo en cómo dicha “gesta” fue llevada a cabo: sin prisa pero sin pausa, máxime en los últimos años donde se ha logrado que la destrucción llegara a extremos impensados.

Hoy, la Argentina es apenas una curiosidad intelectual para el mundo civilizado. Entender que aquel “granero del mundo” esté practicamente desabastecido, sumando niveles de pobreza inauditos, y sumido en un clima social cuya tensión no es dable siquiera explicar con racionalidad, son para el mundo “curiosidades” que escapan al lógico devenir de cualquier país medianamente normal. Posiblemente los medios nacionales no terminen de evidenciar este estado de cosas por la simple razón de que los hechos se suceden con una velocidad vertiginosa. Cortes de calles, muertes, medicamentos adulterados, ministerios nuevos que no aportan políticas de Estado, políticos que se prueban el traje de candidatos, en fin… No hay archivo mental que pueda acumular tamaño caudal de desaciertos, ultrajes, estafas e impunidad.

A tal punto ha llegado la degradación a estos pagos que el debate del día, radica en la posibilidad de que la Argentina termine pareciéndose a la Venezuela chavista. Los regodeos puertas adentro se limitan a nimiedades que el mundo no contempla: si acaso estamos en el mentado G20 es tan sólo por olvidados méritos de antaño. Pero es cierto, tenemos a Diego Maradona que fue el mejor futbolista de todos los tiempos, aunque en la falaz creencia del “todo vale”, el goleador terminó al frente de una selección que muestra en gran medida cómo le va a la Argentina.

Por el contrario, Brasil tiene a Pelé. Un jugador de glorias pasadas que en lugar de hacer lo que no sabe, acompaña al Presidente a la elección de la próxima sede para las Olimpíadas 2016. ¿Nosotros? Nosotros no participamos del futuro ni del mundo. Competir es un verbo en desuso. Estamos apenas discutiendo el 2011 como una suerte de salvación, ni siquiera de redención. Ya da lo mismo quién gane la próxima elección, pues lo que cuenta no son las políticas de Estado que baraje, sino que sea mejor a lo que hay hoy. Y lo que hay hoy es atroz. No sólo porque carezca de noción acerca de cómo conducir la Nación, sino porque la sigue hundiendo en un pozo cuya salida ha de implicar, inexpugnablemente, meterse en lo más profundo del lodo.

Si acaso la Argentina estaba malherida, este huracán sureño que ataca desde hace seis años la lógica y la razón, destruyendo desde el campo hasta la mismísima institucionalidad, hará que la resultante sea tierra de nadie, una superficie arrasada donde volver a empezar se torne una tarea de Sísifos.

Mientras esto sucede sin que nadie atine a poner freno, hasta los vecinos avanzan en sentido contrario, dando pruebas al mundo de un progreso indiscutido. Los números hablan. Brasil, sin ir más lejos, en los años 50 tenía la mitad del PBI que la Argentina. Hoy lo múltiplica por cuatro, se alzó en el primer puesto de los países exportadore de carne y granos, y ha trabajado en el último año para ser electo sede de una epopeya que el mundo entero reconoce por mérito.

Lula Da Silva no habla de corrido, ni inaugura a diario cualquier obra pública que queda yerta después de la foto para los diarios. Lula Da Silva no posee título universitario ni habla de la oligarquía o frecuenta las favelas para prometer naderías. Lula Da Silva posee el 80% de aprobación en su pueblo. Incluso, mayor fue su aval después de haber militarizado las calles de Río de Janeiro para que el carnaval no arrojara vícitimas, o mismo luego de enviar a las fuerzas de orden a los barrios más paupérrimos con el sólo fin de evitar que el narcotráfico siga creciendo. Es decir, gobernar fue y es su única clave de éxito. No ha regalado derechos humanos a grupos aislados, ni ha perseguido adversarios. No discutió políticas de Estado que habían forjado un buen rumbo como fueran las implantadas en la economía por su antecesor Enrique Cardozo.

En rigor de verdad, lo que hizo Lula se reduce a un simple verbo: gobernar. Sin estridencias, sin grandes anuncios, sin pretender pedestales ni asemejarse a Suiza sin serlo. De algún modo, está visto que todo el logro del mandatario brasileño, vanagloriado recientemente por los más grandes líderes del mundo entero, radica en su sencillez, en su hacer en base a un proyecto de grandeza, y en la puesta en juego de un don que pareciera escasear en nuestro suelo: el sentido común para dilucidar que es lo correcto.

Y no estamos poniendo como ejemplo a un país sin sufrimiento, sin historia de miserias, pequeño o distante de esto que se da en llamar América Latina, convertido ya en una suerte de ancla atada al cuello. Brasil fue mucho menos que Argentina, tan sólo se ha diferenciado en el cómo se lo ha gobernado, y en la conducta intrínseca de su pueblo que en lugar de jerarquizar la malaria decidió ponerle freno.

En estos momentos en que el Congreso se dispone a sancionar sin reformas significativas una Ley de Medios a gusto de un ex mandatario que quiere tapar la realidad aunque la vivamos y suframos a diario, no sólo Brasil sino también Italia nos sirve de ejemplo. Más de cien mil personas se movilizaron espontáneamente este sábado en Roma para bregar por la libertad de prensa. No eran sólo empresarios de medios sino ciudadanos comunes los que dijeron presente en la Plaza del Pueblo. ¿Por qué acá no sucede? La respuesta llega en forma de un lacerante silencio.

Aun con el 80% de popularidad, los brasileños tampoco permitirían que Lula cooptara voluntades en un recinto para beneficiarse a sí mismo. Los argentinos somos distintos. No podemos encausar el país hacia un destino de grandeza con esta dirigencia que tiene a la hipocresía dentro de sí misma. Porque el problema no es la Ley de Medios sino el manoseo institucional que encubre ese proyecto. El problema radica en la capacidad de compra y venta de voluntades, y en la aceptación del apriete como metodología política. El problema radica en las consecuencias de aceptar que, un pastor sin legitimidad, nos conduza como rebaño. Buscar “providenciales” como el voto ‘no positivo’ de Julio Cobos o la disidencia de Guillermo Jenefes sólo sirve de parche.

Pero cuidado, porque pese a esta peculiar manera de aceptar lo inaceptable, la Argentina no ha inventado nada que el mundo no haya conocido y solucionado de antemano. La expriencia ajena podría ser, como mínimo, guía. Si hay un país que sabe de piquetes y arbitrariedades es Inglaterra. En los 80’, mineros ingleses se alzaron en huelgas de un tenor magnánimo. Fue tal la violencia que la rebelión arrojó destrozos y víctimas fatales. Veinte años después, los piqueteros que alteraron el orden social y provocaron muertes, directa o indirectamente, siguen cumpliendo condena perpetua porque las reglas no están hechas para casos aislados ni es dable esquivarlas amparándose en condicones adversas.

Toda la conflictividad, que ahora resurge acá, tiene su raíz en esa falta de normas, y en la entronización de la marginalidad como una suerte de matiz que cubre de inocencia desde un atropello cualquiera hasta el más vil acto de delincuencia. El piquete se ha generalizado porque no hay ley ni autoridad capazces de frenarlos. Hoy es el caso Kraft el que aparece como emergente de esta anomia y de la falta de una política de empleo real.

Estados Unidos, ha visto crecer el desempleo en forma masiva ultimamente. Sin embargo, ello no derivó en ningún caos social ni en enfrentamientos de pueblo contra pueblo. La diferencia está en el rol del Estado que en lugar de subsidiar la destrucción de la cultura del trabajo a perpetuidad, subsidia la coyuntura de una crisis que tiene principio, desarrollo y final. Pequeñas sutilezas que hacen las grandes diferencias…

En síntesis, la Argentina tiene ejemplosde sobra a la vista para dirigirse por senderos de grandeza, los tiene lejos y los tiene muy cerca. Perdió oportunidades a granel, está conducida por fracasados que aún así ganan batallas pírricas a cada paso. Ahora bien, mientras sigamos enfrascados en metas como la del 2011 para un mero cambio de figuritas sin deternernos, día a día, a ampliar las perspectivas de nuestro campo de visión, el futuro nos encontrará como una geografía devastada que ha sumado, en los últimos años, la enorme capacidad de daño que le infringe un matrimonio disfrazado de Estado y dedicado a la desfachatez, a la corrupción enquistada en el seno mismo de su poder, y al saqueo ilimitado. © www.economiaparatodos.com.ar


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