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jueves 7 de febrero de 2008

Las mil caras del culto a la personalidad

El traspaso del poder de padres a hijos y de esposos a esposas es un virus que se expande por todo el mundo, sin distinguir entre países desarrollados o subdesarrollados.

Una rápida mirada por el mundo permite advertir fácilmente cómo ha crecido el mal de las “dinastías políticas”, por todas partes y en los más diversos rincones del globo.

Hasta en la democracia más grande del mundo: la India, donde a Indira Ghandi le sucedió, luego de su asesinato, su propio hijo Rajiv (nieto de Jawaharlal Nehru y hasta entonces piloto de una línea aérea), y a éste (también asesinado) su esposa Sonia Maino, que naciera en un pequeño pueblo itálico y luego conociera a Rajiv en la Universidad de Cambridge.

Indira y Rajiv llegaron a ser primeros ministros de un país de más de un billón de almas. Sonia encabeza el Partido del Congreso y, desde allí, tiene una influencia decisiva en la marcha de la política india. Los Ghandi han conformado así una auténtica “dinastía” política y controlado por largo rato el complejo escenario político de su país.

En Pakistán, con solo mirar a la familia de la recientemente asesinada Benazir Bhutto se advierten circunstancias de obvio paralelismo. Aunque los militares han hecho allí siempre lo posible para no tener “competidores” en el poder.

En Sri Lanka las cosas no son disímiles, la Primer Ministro Sirimavo Bandaranaike sucedió a su propio esposo en ese cargo, a la manera de los Kirchner.

En Bangladesh, las dos mujeres que monopolizan (como rivales) el mundo de la política son viudas de dos ex presidentes, me refiero a las llamadas “Begums”, Hasina y Zía. Más de lo mismo.

Las candilejas de los padres benefician a los hijos. Y las de los maridos a sus respectivas esposas y viceversa. Ocurre que el negocio de la política no tiene leyes antimonopolio. Si las tuviera, y ellas funcionaran, esto quizás no sucedería, al menos con la frecuencia con que el fenómeno se presenta en el mundo. Solo hay límites a los mandatos que rara vez imposibilitan la posibilidad de burlarlos esencialmente, a través de los vínculos familiares.

Los Bush y los Clinton, en los Estados Unidos, dan testimonio de que el mal no es patrimonio del subdesarrollo, sino epidémico. Y el virus no se contenta con los ambientes de pobreza.

Egipto (con O. Mubarak y su hijo Gamal), Siria (con Hofez-el-Assad y su hijo Bashar), Libia (con Muammar el Gaddafi y su hijo Seif el Islam), Congo, Corea del Norte, varias de las repúblicas de Asia Central, la propia Argentina y algunos otros países contienen otras conocidas expresiones del fenómeno examinado, el del más crudo nepotismo en las más altas esferas.

El respeto por la “meritocracia” ha dejado, poco a poco, de ser el camino normal, para transformarse en algo excepcional. Lo que es muy lamentable, porque obviamente así se sacrifica la calidad, hasta en los más altos niveles. De pronto, hay nuevos “Borbones” y presuntos “Plantagenets”, pero casi siempre ordinarios y sin gracia alguna.

Hasta los mismos centros de pensamiento político se ponen ahora al servicio de la supervivencia de las dinastías. Sucede que esto vale más que tratar de generar un futuro mejor para todos.

Todo esto es lamentable porque limita (cuando no mata) a la “alternancia” en el poder, que es una característica absolutamente esencial de los gobiernos y sociedades que son, y se saben, auténticamente democráticos. Y quieren preservar ese carácter. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

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