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Jueves 5 de abril de 2007

Las reformas que necesita el mercado de cambios

Es preciso instrumentar urgentes medidas para que el Mercado Único y Libre de Cambios pueda recuperar su lugar, de indudable importancia, y aumente considerablemente el volumen de sus transacciones.

La incertidumbre reinaba en la Argentina en los últimos días de abril de 2002, con bancos y mercados cerrados. El jueves 25, el presidente Eduardo Duhalde tenía en sus manos la renuncia que le acababa de presentar su ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, y contaba con el respaldo político de 16 gobernadores del Partido Justicialista y de la Unión Cívica Radical para avanzar con la implementación de un nuevo plan económico. Duhalde, en ese momento, se mostraba partidario de abandonar la flotación del peso en el mercado de cambios y establecer de nuevo un sistema de tipo de cambio fijo de $ 3 o $ 3,10, con retenciones altas para las exportaciones.

Pero todo cambió dos días después, cuando Roberto Lavagna, que hasta ese momento se desempeñaba como embajador ante la Unión Europea, resultó elegido para ocupar el Palacio de Hacienda. El acto de asunción tuvo lugar el sábado 27 y, en sus primeras declaraciones públicas, el flamante ministro aclaró enfáticamente que mantendría el régimen cambiario de flotación, lo que demostraba que estaba convencido de que ése era el camino correcto.

Sin embargo, debido a la grave crisis institucional y económica que afectaba al país, en principio Lavagna aceptó mantener el rígido control de cambios existente, las retenciones impuestas a las exportaciones y las intervenciones del Banco Central en el mercado para contener el alza del dólar, que en esos tiempos parecía imparable. Precisamente, el viernes 3 de mayo de 2002, el precio del billete estadounidense llegó a tocar los $ 4.

En el último trimestre de ese año, “corralito” y “corralón” mediante, los pesos disponibles se acabaron y la gente no pudo comprar más dólares. Entonces, comenzaron a jugar en el mercado sólo las operaciones relacionadas con el comercio exterior. Así, con un dólar “súper alto” muy pronto prevalecieron los ingresos de las exportaciones sobre los pagos por las importaciones y el superávit comercial trepó casi hasta los 15.000 millones de dólares. Por supuesto, esa situación comenzó a notarse en el mercado con una mayor oferta que demanda y el valor del dólar inició otra que sería su más larga carrera, esta vez a la baja.

El recuerdo de los hechos relatados nos puede servir para analizar lo que está ocurriendo en estos momentos en el Mercado Único y Libre de Cambios en la Argentina, transcurridos cinco años desde aquellos difíciles días.

En realidad, alguien podría decir hoy que, finalmente, Eduardo Duhalde tenía razón cuando en el inicio de su gestión era partidario de fijar el tipo de cambio en $ 3,10. Paradójicamente, hoy ese mismo valor de paridad es el que pretende mantener el gobierno de Néstor Kirchner, cuya política en ese sentido se basa en un dólar alto, dice, para fomentar el aumento de las exportaciones. En realidad, el verdadero objetivo es sustituir importaciones y sostener un alto superávit fiscal a través del cobro de las retenciones impuestas a las exportaciones.

Es decir que, si bien hoy tenemos un sistema cambiario de flotación administrada, los controles de cambio y la diaria intervención del Banco Central en el mercado han frenado los efectos positivos de esa modalidad vigente en los países civilizados del mundo, para convertirla en un híbrido bastante parecido a la Convertibilidad de la década del 90.

Otro factor negativo que impide que nuestro mercado de cambios pueda alcanzar niveles aceptables de amplitud y profundidad es la imposición oficial de que deba funcionar únicamente dentro de un horario preestablecido y sólo a través de los sistemas de negociaciones electrónicas autorizados, el Siopel del MAE y el MEC de la Asociación Argentina de Corredores de Cambio. Cabe aquí recordar que los mercados de cambios en el mundo se caracterizan, precisamente, por utilizar todos los medios de comunicación posibles y desarrollan su actividad durante todo el horario bancario, sin limitaciones de ninguna especie.

También es motivo de preocupación y merece un sinnúmero de críticas la presencia permanente del Banco Central en el mercado. Tanto por su modalidad operativa como por su forma de actuar, a veces con marcada prepotencia y exagerada agresividad, el ente monetario muestra desconocer las reglas operativas y sus limitaciones, como también el uso adecuado de los instrumentos apropiados para hacer frente a sus responsabilidades. Además, es evidente la pérdida de su independencia, al seguir al pie de la letra las políticas dictadas por el Poder Ejecutivo en materia cambiaria y monetaria. Como dice Alan Blinder, “los bancos centrales modernos deberían reafirmar su independencia de los mercados financieros con la misma firmeza con que sostienen su independencia de la política”.

Pero no sólo en el mercado de divisas spot actúa el Banco Central, sino que también los hace en los mercados de futuros, con la pretensión de que esa acción influya en la tendencia de las transacciones de contado. Nada más erróneo. El valor de los instrumentos derivados, como lo son los contratos de futuros, dependen directamente del activo subyacente, que en este caso es la divisa que se negocia, y su valor de referencia es el tipo de cambio spot que corresponda.

Al respecto, cabe recordar que los mercados financieros se dividen en dos grandes segmentos: mercados organizados (bursátiles) y mercados OTC (“over the counter” o extrabursátiles). Los mercados organizados funcionan dentro de un recinto con contratos estandarizados, con vencimientos fijos y garantizados por una cámara de compensación. En los mercados OTC, en cambio, las operaciones se efectúan a la medida de las necesidades de las partes y ambas comparten los riesgos crediticios y operativos correspondientes. Mientras los contratos a futuro (futures) se negocian en el segmento organizado (bursátil), los contratos a plazo (forward outrigh contracts) se realizan directamente en los mercados de cambios.

Y aquí es necesario volver sobre el caso de las transacciones forwards, que en nuestro país están expresamente prohibidas desde el inicio del actual sistema cambiario, a principios de 2002, y sin que nunca se haya explicado en forma oficial el por qué de semejante decisión. El contrato a plazo (forward) es un acuerdo de compra o venta de una cantidad específica de una determinada divisa, en una fecha en el futuro, a un precio fijado por ambas partes en el momento de cierre de la operación. Es este el clásico instrumento de administración del riesgo cambiario más antiguo y más utilizado en el mundo por los exportadores e importadores.

Otro de los aspectos que merece reiteradas criticas es que las intervenciones del Banco Central impiden que el tipo de cambio pueda flotar, aunque sea dentro de una banda no explícita, para permitirle al mercado cierta cuota de volatilidad, especialmente para no favorecer a los especuladores que operan con diversos activos financieros brindándoles un seguro de cambio gratuito, tal como viene ocurriendo en los últimos meses.

También no tiene justificación el hecho de que en determinadas ocasiones el ente monetario ponga en el sistema ofertas de compra por montos elevados, de más de diez millones de dólares, a precios varias milésimas por encima de lo que se opera en ese momento, lo que provoca un inesperado salto en el valor de los tipos de cambio que perjudica seriamente y por igual a empresas y operadores.

Como conclusión, se podría argumentar que la solución a todo ese desorden sería seguir los pasos de Brasil, cuyo banco central ejerce su función interventora por fuera del mercado, licitando a precios fijos la compra de dólares con el mismo objetivo de evitar una mayor revaluación del real frente al dólar y aumentar sus reservas. Por otra parte, aquel sistema resulta mucho más profesional, ya que evita la ilógica puja del ente monetario con los bancos comerciales en el mercado y las dudas que siempre genera la acción oficial cuando tiene en sus manos todo el poder para hacer subir o bajar el valor de nuestro peso frente al dólar, aplicando criterios y modalidades operativas siempre discutibles.

Paralelamente, habría que tomar la heroica decisión de dejar de lado el uso de los sistemas electrónicos actuales para que el mercado vuelva a funcionar de la manera tradicional, mediante el contacto personal de los operadores a través del teléfono y la informática, tal como ocurre en el mundo civilizado. Sólo así se logrará que el Mercado Único y Libre de Cambios pueda recuperar su lugar, de indudable importancia, y aumente considerablemente el volumen de sus transacciones para darle amplitud y profundidad imprescindibles para su crecimiento y desarrollo, acordes con las necesidades de nuestro comercio exterior y su financiamiento.

Finalmente, y como broche de oro, también habría que poner fin a la obligatoriedad que hoy tienen los exportadores de ingresar las divisas y reordenar el cúmulo de normas de control de cambios vigente, para reducirlas al mínimo posible, clarificar así el sistema y facilitar su comprensión y cumplimiento. Asimismo, debería establecerse un programa con plazos para ir eliminando progresivamente las retenciones a las exportaciones y disponer la inmediata caducidad del denominado impuesto al cheque, con el objetivo de, en el momento oportuno, dejar que nuestro peso pueda flotar libremente en busca de su valor de equilibrio frente al resto de las monedas del mundo. © www.economiaparatodos.com.ar

José Alfredo Nogueira es corredor de cambio. Para comunicarse con él: josenogueira@fibertel.com.ar  


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