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Jueves 5 de mayo de 2005

Malvinas: el elevado costo de la improvisación en política exterior

El Gobierno acaba de descubrir que en la nueva Constitución de la Unión Europea las Islas Malvinas están incluidas como \»territorios de ultramar\». Otro descuido en nuestras relaciones con el mundo que nos está costando caro.

Es obvio que los dos últimos gobiernos peronistas designaron a dos cancilleres improvisados, esto es, sin la mínima experiencia necesaria para poder conducir eficientemente a los hombres y mujeres del Palacio San Martín. Improvisar es hacer sin preparación. No obstante, el canciller actual, Rafael Bielsa (a quien un certero lector de La Nación denominara, con acierto, “el sofista”), se diferencia significativamente de su antecesor en que –pese a todo– cree en sí mismo. Mal que nos pese.

Un grave episodio reciente, en el que luego de dos meses de que fuera aprobada y de nada menos que doce meses desde que fuera redactada, recién ahora nuestro canciller “descubre”, de pronto, sorprendido, que nuestras islas Malvinas, Sándwich y Georgias del Sur estarán gobernadas –eventualmente– por la nueva Constitución de la Unión Europea, pone de relieve el alto costo de la improvisación.

Tanto, que otro lector de La Nación concluyó la semana pasada que: “En un país serio tal demora, cuando menos, implicaría la inmediata renuncia del canciller por ineficiencia en el cumplimiento de las funciones para las que fuera contratado”. A no equivocarse, la palabra renuncia no existe en el tan particular diccionario de la política.

Pese a todo, poco parece importar lo acontecido. Aunque impacte severamente en el largo conflicto de soberanía que sigue abierto respecto de esas, nuestras islas australes.

Más allá de las duras y clásicas “explosiones ex-post facto” que apuntan claro está a “la galería”, a las que nos tiene acostumbrados un hombre que, no obstante estar a cargo de nuestra diplomacia, en rigor se ha peleado con medio mundo, acumulando conflictos de todo tipo y suerte, como para el campeonato. Quizás para hacer mérito en ese curioso grupo que alguno ha llamado “la política patotera”.

Por esto, no sorprende para nada que ahora el ínclito Bielsa nos diga que “su postura” sobre Malvinas “continuará en términos muy duros”. Su fuerte no es la “soft policy”, lo sabemos. Ser duro es perfectamente posible, aunque siempre es caro, porque la lista de países con los que uno puede pelearse es larga. Y porque nuestro canciller ha probado ya ampliamente ser todo lo contrario de un componedor.

¿Por qué ocurre todo esto?

Quizás, porque Bielsa está –como pareciera– absolutamente encandilado por el traje azul (no cruzado) y por las corbatas estilo “Hermés” siempre prolijamente anudadas con nudos inusualmente anchos en torno a su cuello, según enseña el evangelio de la frivolidad, aun a los que dicen o creen ser “izquierdistas”.

O, tal vez, porque está meditando, ensimismado, en cómo resolver el insólito conflicto (central en “nuestra” política exterior) que él mismo creara en derredor del vicario castrense, de pronto agravado dramáticamente por el sorpresivo hecho de que Dios quiso (para su desgracia) que su “contraparte” vaticana de ayer sea nada menos que el Papa de hoy.

O, acaso, porque nuestra embajada ante la Unión Europea está en manos de otro que sabe bastante poco de política exterior: el ahora silencioso economista duhaldista Jorge Remes Lenicov. Su designación, también improvisada, fue para “sacar de circulación” a quien recordaremos siempre por la masiva devaluación del peso que dispuso y, peor, por la caprichosa “pesificación asimétrica” que inventara –a pedido– como mecanismo para castigar a algunos particulares y premiar a otros, curiosamente también particulares.

La responsabilidad por lo ocurrido en el tema de Malvinas y por la falta de transparencia y alerta consiguiente se distribuye, creemos, entre ambos servidores públicos. Cada uno a su nivel, ciertamente.

O, finalmente, quizás porque toda la atención y capacidad profesional del canciller se centra ahora en la preparación de los múltiples complejos detalles y movimientos de la próxima visita televisada presidencial, esta vez a La Habana, donde la comitiva se sentirá seguramente en casa. El viaje –al que consideran de trascendencia singular, pese a que puede apostarse a que no lograrán que Cuba nos pague algo de lo mucho que nos debe, en efectivo, por supuesto– será uno más de aquellos en los que se anunciará que se obtuvo “diez sobre diez”. Y pese a que el canciller de Cuba viene, de pronto, de visita a la Argentina sin avisarle nada a Bielsa y sin verlo, lo que es grave cuando, no sin descaro, se entrevista con otros funcionarios.

Ocurre que la ideología es la ideología. Y esto está por encima de los “detalles”. Como el de la Dra. Hilda Molina, que no se dejó usar por nadie, dejando inolvidablemente en muy mal estado a la imagen –interna y externa– de nuestro propio presidente. O la existencia de los muchos disidentes que están encarcelados en Cuba por el delito de opinión. Pero todo esto ya se olvidó. Hay otros incidentes, nuevos, que –en un sinfín de explosiones– ahora ocupan ciertamente nuestra atención prioritaria.

Nada de esto, sin embargo, con nuestra mirada puesta en Malvinas, nos hace cambiar de opinión: la improvisación y la audacia (que siempre está detrás de la primera) son siempre caras. Muy caras. También en materia de política exterior. Más allá de las imágenes prolijamente maquilladas. En el plano más importante, el de las realidades, entonces. © www.economiaparatodos.com.ar



Emilio Cárdenas es ex Representante Permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas.




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