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jueves 10 de agosto de 2006

Marsella, una ventana al mar

La segunda ciudad francesa no sólo cuenta con el puerto más grande del Mediterráneo, sino también con veintiséis siglos de historia. Un destino para adentrarse en la cultura del Mare Nostrum.

“Tejados rojos sobre el mar azul… El sol sale aquí y es tan tremendo que su luz destaca los colores y realza las siluetas de los objetos como en un naipe.” Así resumía Paul Cézanne la admiración que le producían Marsella y su bahía –una de las más bellas del mundo– contempladas desde Léstaque, en una carta dirigida a su colega y amigo Pizarro, fechada en julio de 1876.

La populosa capital de la Provenza es hoy sensiblemente diferente. Sus cuadros nos revelan el encanto de la Marsella de entonces, retratada en un ambiente de ensoñación bucólica que todavía no ha desaparecido, pero que hace tiempo cedió su protagonismo de antaño a la realidad funcional del presente.

Se puede comenzar una caminata por la ciudad por el Viex Port, a orillas del mar, donde la ciudad comenzó su historia y su reconocimiento mediterráneo. Dicen que aquí fue donde nació Marsella hace 2.600 años, una de las ciudades más viejas de Europa y la más antigua de Francia.

Se afirma que fueron navegantes griegos procedentes de Focea (el Asia Menor) los primeros que arribaron al Viejo Puerto, en el 600 aC. Seducidos por la belleza de sus horizontes, fundaron la colonia de Marsella, en donde la lengua griega sobrevivió hasta el año 300 dC.

El Viejo Puerto simboliza la indestructible vocación marinera de esta ciudad, junto al arte de vivir provenzal, una peculiar manera de ser que Marcel Pagnol, escritor y director cinematográfico, hijo predilecto de la ciudad, quiso plasmar en sus novelas Martus (de 1929), Fanny (1931) y César (1936).

De paseo por la dársena, el Viejo Puerto nos envuelve con sus sonidos y nos revela sus historias. La mirada se pierde indecisa en un bosque de mástiles con fondo de cielo y mar azules.

Los pescadores, en sus barcas, arrean redes y mecen sus sueños de capturas abundantes. En los cafés, algunos ociosos se emborrachan de sol y vistas marinas mientras endulzan su desayuno con los sabrosos navettes (bizcochos marselleses). El ferry va y viene transportando pasajeros entre el malecón de la Rive Nueve y la Alcaldía, armonioso edificio del siglo XVII, celosamente vigilado por el busto de Luis XIV.

El Port Autonome, contiguo por el norte, es la llave económica y comercial de una activa y moderna metrópoli. Se lo considera la gran Puerta de Oriente. Cobró auge tras la conquista francesa de Argelia (1830/47) y, sobre todo, con la apertura del Canal de Suez (1869). La gigantesca dársena, proeza arquitectónica del siglo XIX, con sus 20 kilómetros de longitud entre Mourepianne y la Joliette, está protegida por un sistema lineal de malecones externos. Sus 29 muelles pueden mantener 80 buques de gran tonelaje atracados simultáneamente: el primer puerto de Francia y el más grande del mar Mediterráneo.

Con un número de habitantes que supera el millón doscientos mil, Marsella es la segunda población del país. Su patrimonio monumental no es prolijo, aunque sí selecto. Resulta imponente la catedral de Nouvelle Major, una de las más grandes del mundo. Es una soberbia construcción decimonónica, con ocho bóvedas bizantinas y decoración interior de mármol. Pero el más hermoso de los edificios clásicos de Marsella es la Vieille Charité, un conjunto arquitectónico del siglo XVII, antiguo hospicio convertido en centro policultural que acoge a los museos de Arte Africano, Oceánico y Amerindio y el de Arqueología Mediterránea.

Notre Dame de la Garde, predilecta de los marselleses, tiene su basílica en el punto culminante de la ciudad: la colina que se eleva abruptamente hasta los 154 metros de altura en el lado sur de Vieux Port. El campanario está rematado por una estatua dorada de la virgen.

Si el visitante desea completar el espectro, debe dar una vuelta nocturna por la Canebiere, a cuyas márgenes se levanta la moderna Marsella, y prolongar su excursión urbana por el Pardo. El despliegue luminoso puede que no sorprenda, a fuerza de estar acostumbrado. A Cézanne, sin embargo, seguro que le habría gustado pintarlo. © www.economiaparatodos.com.ar




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