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Jueves 19 de marzo de 2009

Más allá del disparate

El proyecto para adelantar las elecciones impulsado por el kirchnerismo desnudó no sólo oportunismo político, sino también un profundo desprecio por la soberanía popular.

La dinámica de la necesidad de “actuar” que tiene el fascismo (única lógica que conoce, aunque no sea más que la ilusión de un hacer que nunca llega) me obliga a aclarar que esta nota se escribe el sábado, pocas horas después de que la presidente Cristina Fernández de Kirchner nos desayunara con el adelantamiento de las elecciones legislativas nacionales para el 28 de junio.

Todo lo que pueda decirse desde el punto de vista del análisis institucional de la novedad es poco. Pero como la Argentina ya considera un valor (y no un disvalor) el moverse en el terreno de los hechos y no en el del Derecho, dejaremos de lado esas divagaciones en honor a la síntesis. Remarcar que la decisión es un disparate total solo equiparable a hacer de Kirchner un candidato legal a una diputación por Buenos Aires es, simplemente, una redundancia.

Fijémonos entonces en los alrededores de la medida. Por empezar, se trata de la confesión más elemental de que no pueden solucionar los problemas que crearon ellos mismos antes del 26 de octubre. Saben que la ensalada de conflictos que armaron y profundizaron estallarán con toda la fuerza en el tercer trimestre y eso golpeará el ánimo del votante.

En segundo lugar, admiten por esta vía que la seguidilla de elecciones provinciales que iban a tener lugar antes de octubre constituían la antesala de una derrota catastrófica. Iban a perder en Córdoba, en la Capital, en Corrientes y ya lo habían hecho en Catamarca. Es lo que en fútbol se llama “acostumbrarse a perder”. Kirchner vio esa imagen tan clara como el agua y echó mano de esta salvajada para intentar mezclar todo en una misma bolsa.

Luego están las particulares palabras de la presidente para plantear la idea al país desde Chubut, el viernes pasado. Cristina Fernández dijo textualmente “Tenemos que dar por superado el escollo electoral, todo lo que demanda normalmente una elección, posicionamientos personales, partidarios, que poco tienen que ver con el interés de los argentinos”.

¿De modo que por esta otra confesión nos venimos a enterar de que para la presidente el acto electoral es un “escollo” y que todo lo relacionado con “una elección” tiene poco que ver con el interés de los argentinos? Fantástico. Es una frase de colección. Solo la impunidad, la ignorancia o el ensoberbecimiento con que se mueve el poder pueden tornar entendible esta frase.

La única interpretación que cabe a ese párrafo es que la convocatoria a elecciones en una democracia constituye un hecho molesto del cual hay que liberarse rápido con el menor desgaste posible.

Si esta es la convicción de la presidente estamos en problemas serios. Muy serios. Este es el tronco central de una mentalidad que, efectivamente, vive enamorada de la acción antes que de la ley.

Dicen que cuando a Mussolini se le preguntaba cuál era su programa él contestaba con orgullo “Nuestro programa es gobernar”. Creía que con esa falsa ejecutividad subyugaba el corazón de los italianos.

El problema consistió en que, efectivamente, los subyugó durante mucho tiempo y eso le valió a Italia embarcarse en aventuras de las que hasta hoy está arrepentida.

Y algo similar ocurre evidentemente en la Argentina. No son pocos los referentes sociales consultados que han respaldado la medida. En lugar de tacharla como lo que es, un despropósito institucional, dijeron entender y compartir el principio de no someter al país “al tormento de la campaña” en plena crisis.

¿Qué deberían haber hecho los americanos entonces? Con quien probablemente era el presidente más desacreditado de su historia y con el menor nivel de poder desde la Guerra Civil, respetaron sus fechas y como desde hace 200 años votaron el segundo martes de noviembre y entregaron el poder el 20 de enero. El país podría estar cayéndose a pedazos, pero las instituciones no. Por eso mismo, en definitiva, el país nunca se caerá a pedazos.

Aquí todo es más urgente y más importante que la ley. La ley es según la presidente “un escollo”. Y los escollos hay que removerlos. Sería interesante que hubiera un arrepentimiento público respecto de esta triste frase. Ella es un producto de la ley (por lo menos hasta donde sabemos y hasta donde el ministerio del Interior y la Cámara Electoral nos dejaron saber desde octubre del 2007). Como tal la Sra de Kirchner debería ser más cuidadosa cuando se refiere a ella y cuando define qué concepto le merece el acto por el cual el pueblo ejerce su soberanía. Porque, por si no lo sabe, el soberano es el pueblo, no ella. © www.economiaparatodos.com.ar


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