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Jueves 1 de diciembre de 2005

Otro idioma

Una parte importante de la sociedad argentina no sólo habla un idioma diferente al del resto del planeta, sino que también va en contra de las ideas y la visión del mundo -compartidas por un núcleo minoritario del país- que permitirían superar la hasta ahora infranqueable barrera del subdesarrollo.

Más allá de haberse constituido en la caja de resonancia de otra andanada de diatribas presidenciales contra un conjunto de ciudadanos, el 41º Coloquio Anual del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA), permitió confirmar la sospecha de que una parte importante de la sociedad argentina no sólo habla un idioma diferente al del resto del mundo sino que una porción numéricamente minoritaria también difiere en las ideas, la terminología y la visión del mundo que tiene el núcleo mayoritario del país.

El corazón del peso líquido del país –al que el presidente demagógicamente apunta para usufructuar su número- ha quedado sumergido en un mundo antiguo, perimido, cuyos restos históricos permanecen enmohecidos como testigos improductivos de un conjunto de ideas inservibles en el mundo de hoy. Kirchner apela a esa ignorancia para perdurar. Se apoya en el aislamiento mental que esas millones de personas tienen para continuar engañándolas y para profundizar un odio que divida aún más a la sociedad, para seguir reinando.

Los que estuvimos en Mar del Plata la semana pasada confirmamos también que hay muchos sectores de la sociedad argentina que saben cuáles son las recetas que el mundo (incluso geográfica y culturalmente cercano, como Chile o España) han utilizado para salir del marasmo del subdesarrollo. Cuando se trata de saber qué hacer para dejar atrás una larga historia de frustraciones, hay argentinos que tienen una enorme claridad y una visión correcta del objetivo, del camino y de las herramientas. Pero, numéricamente son minoritarios. Ninguno de ellos ha logrado trasmitir esas ideas sencillas a la masa. Ésta permanece sumida en el error y es fácil presa de un demagogo, gritón y personalmente utilitario. Desde Luis Pagani hasta René Balestra -presidente de Arcor y ex diputado nacional por el Socialismo Democrático, respectivamente- demostraron conocer los sencillos pasos que habría que transitar para superar la que hasta ahora ha sido para la Argentina la infranqueable barrera del subdesarrollo.

¿Por qué entonces ese idioma es minoritario?, ¿será que la mayoría quiere ser subdesarrollada?, ¿es más fácil ser subdesarrollado?, ¿acaso es la vida más sencilla siéndolo?, ¿nos gusta lo que tenemos?, ¿cree, la mayoría de la gente, que las ideas que provocaron este resultado son las mismas que en el resto del mundo fueron exitosas?, ¿qué ideas cree, por ventura, la mayoría, que se aplican en los países que avanzan?

Que los gobiernos le mientan a la gente puede resultar hasta racional, cuando de la mentira obtienen más poder y perdurabilidad. Pero que las personas comunes no se pregunten qué ocurre con nosotros es llamativo. Los medios de información hoy están al alcance de todo el mundo. Los ejemplos exitosos se ven por televisión, en directo. ¿Por qué la mayoría del país no se detiene a hacerse estas preguntas?

Una sospecha que empieza a hacerse inquietantemente perceptible es que, detrás de este misterio, debe haber una cuestión de preferencia. Hay muchas posibilidades de que la mayoría de los argentinos haya hecho un cálculo espontáneo de resultados y haya arribado a la conclusión de que a los costos que tiene el desarrollo prefiere el subdesarrollo. “¿¿¿Cóooomooooo???”, se me dirá, casi con razón. “Y sí, qué querés que te diga”, respondería si estuviera, de veras, frente a este diálogo.

Si bien se lo piensa, el desarrollo es sencillo, pero no gratis. Lo que hay que hacer para tenerlo se conoce, su funcionamiento está demostrado y comprobado y no se requiere de ninguna invención cibernética para conseguirlo. Pero la implementación de ese conjunto simple de premisas tiene precios que afectan a todos.

Por empezar, el desarrollo requiere esfuerzo, individual y grupal. Ese esfuerzo tiene que ser constante, competitivo, de permanente fruición. Muchos, en la Argentina, calificarían las maneras de esa forma de trabajar como directamente crueles. En otros lugares se las llama sencillamente serias, de cierto rigor frente a lo que está bien y lo que está mal. Pero no dudo de que, para muchos aquí, serían modalidades inhumanas.

Por lo tanto, hay muchas posibilidades de que esta primera característica del trabajo desarrollado sea racionalmente rechazada cuando se la somete al examen espontáneo de resultados.

Cuando caemos en la cuenta de que para ser desarrollado hay que ser puntual, respetuoso de la ley, riguroso frente al informal, cuidadoso de la limpieza pública, serio en los objetivos y consecuente en las herramientas, es muy posible que una mayoría decisiva de argentinos prefiera el subdesarrollo.

Otra explicación para el misterio es la sospecha de que una porción mayoritaria de argentinos sea resentida. El resentimiento nubla la visión y sólo dirige a quien lo padece a un esfuerzo inútil para tratar de enrostrarle a quien odia que puede ser tan exitoso como él aplicando las herramientas contrarias. En ese sentido, el éxito de las ideas de libertad económica en un mundo contra el que los argentinos guardan resentimiento, puede haber jugado un papel decisivo a la hora de que esos mismos argentinos tuvieran que decidir una línea de acción para su propio país. No sería extraño que, para no aparecer como allanándose a las ideas de quien odia, la mayoría de los argentinos favorezca ideas contrarias, aun cuando ellas los estaquen al atraso.

Sea como fuere, el inexplicable fracaso argentino se encuentra hundido en las preferencias y pasiones de un conjunto mayoritario de personas. Una minoría, a juzgar por el idioma que maneja, sabría como terminar con este letargo de fracasos. No obstante, cuando tuvo oportunidades de hacer algo también falló. No supo superar el cercenamiento con resultados contundentes, perdurables y disfrutados por todos. Las cirugías del aborto –también movidas por intereses, pasiones e ignorancias- pudieron más que su aparente sapiencia.

Entre la ignorancia, el resentimiento, la falta de valentía y las palabras de un idioma que no tuvo el acompañamiento de los hechos, es posible empezar a explicar por qué la Argentina va camino de convertirse en una pieza aislada de un mundo anacrónico y terminado del que sólo quieren seguir beneficiándose los últimos tiranos y los demagogos sin clase. © www.economiaparatodos.com.ar




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