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lunes 18 de junio de 2007

¿Qué más querés?

La conformación de una familia y de lazos afectivos debería ser uno de los logros más valorados por los seres humanos.

Hay amigos con quienes nos reunimos habitualmente a lo largo de la vida, y otros con quienes podemos pasar años sin vernos, por complejidades de la realidad que nada tienen que ver con el afecto. Lo que quiero contarles es uno de estos casos.

Con Daniel nos conocimos en los primeros años de la facultad. Compartimos proyectos, algunos gustos, ideas políticas, visiones de la realidad y un sinfín de expectativas profesionales y académicas.

Desde antes de finalizar la carrera dejamos de vernos, hasta que sucesos de tal calibre como nuestros respectivos casamientos y el nacimiento de los primeros hijos nos hicieron retomar el contacto durante algunos años.

Luego, con trabajos diferentes y distantes, se volvió a producir un bache de décadas de alejamiento. En todo ese tiempo, nos volvimos a encontrar algunas pocas veces. Nos contábamos las novedades de nuestras vidas y volvimos a compartir aquellos proyectos, ideas y visiones, en cordiales y larguísimas charlas.

Nos reencontramos hace poco, en el tramo final de nuestras carreras laborales. Con más tiempo y más perspectiva, hablamos mucho de los logros y de lo que quedó en el camino, del país que soñamos y del que resultó ser, de la cultura, del compromiso con la parte del futuro que quedaba por delante. De los proyectos de siempre.

De pronto, Daniel se enfermó. De tal forma, que a menos de un mes de las primeros síntomas y luego de dos operaciones que no consiguieron curarlo, se encontró postrado y consciente de que lo suyo era casi seguramente terminal. Y de que le habían extirpado parte de la médula, por lo que definitivamente ya había perdido la motricidad de medio cuerpo.

Lo visité algunas veces en el Hospital Italiano, y quedé –como las demás visitas– impresionado por la coherencia y el buen ánimo con que llevaba adelante su tratamiento y hacía alguna apuesta al futuro, pero privilegiando siempre el despedirse sabiamente de los suyos.

Pasó luego en su casa de Castelar unos pocos días, instalado en el comedor transformado en espacio de convalecencia. Estuve con él un rato. Su esposa, los hijos e hijas –actuales y futuros – y su nieta hablaban animadamente en un lugar contiguo, de algo gracioso que me pareció referido a la preparación de la comida que se avecinaba. Se oían bromas, explicaciones y protestas cordiales. Había un poco de barullo.

Daniel, mientras tanto, me contaba qué estaba leyendo, cuáles eran los pasos de un próximo tratamiento de rayos, las pocas posibilidades de éxito que tenía, la parálisis de la que ya no se tendría que ocupar y la necesidad de concluir ordenadamente temas relacionados con el trabajo. Sentí que era un deber de amigo interrumpirlo para preguntarle: pero, Daniel, ¿vos cómo te sentís con todo esto? Por respuesta, señaló con la cabeza hacia el lugar de donde venían las voces y dijo con la misma sonrisa entre socarrona y franca que le conocí siempre: ¿qué más querés?

Tantos temas que nos ocuparon a lo largo de los años, tantos logros y roles destacados, tantas elaboraciones racionales que pudieron haber explicado esa increíble fortaleza final, se desdibujaron ante la realidad potente y rumorosa de la familia, con que la vida nos recuerda qué hicimos mientras sigue su imparable marcha hacia el mañana.

A los pocos días, en el entierro de Daniel, en una despedida donde el dolor sólo era superado por la paz, viéndolo rodeado del amor de los suyos, empecé a entender cada vez más esa definitiva síntesis de la vida: ¿qué más querés?

¿Qué más podemos querer? © www.economiaparatodos.com.ar

Javier Comesaña es miembro del Consejo de Administración de la Fundación Proyecto Padres (www.proyectopadres.org).

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