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Jueves 17 de enero de 2008

Rehenes

Los reclamos de los argentinos se mantienen dentro de los límites de la queja y, por lo tanto, no generan soluciones ni provocan un cambio del sistema.

“A mi juicio, el mejor gobierno es el que deja a la gente vivir en paz.”
Walt Whitman

En primer lugar, es interesante observar cómo la Argentina, para los medios de comunicación en general y para el gobierno en particular, se ha reducido a la ciudad de Buenos Aires y, quizás, alcance alguna hectárea en El Calafate, nada más. De aquellas provincias unidas del Río de la Plata nada se sabe por estos días. ¿Habrá vida lejos de Puerto Madero, el Obelisco, Ezeiza o Retiro? Lo que parece que no hay es energía eléctrica, pero las elecciones fueron en Octubre de modo que, las penurias de los “cabecitas negras” no interesa por ahora, al poder central ajeno a todo aquello que no sea recaudar.

Es extraño cómo el país se anestesia durante el verano. Pasa de todo, pero nada despierta asombro, apenas algún comentario que no excede la mera queja y ese alzarse de hombros que se traduce en un: “es lo que hay”. Pero no hay noción de que podría haber más, es decir: solución. Los asambleístas, los empleados despedidos del Casino, la gente varada en los aeropuertos, los piqueteros y los “desalumbrados” se mantienen en el reclamo que no genera resultados. Amén de la ceguera del gobierno y del desinterés por lo que le pasa al pueblo, la actitud de quienes sufren las consecuencias de la falta de políticas públicas concretas no coopera a crear un clima de cambio en la Argentina. Si mañana vuelve la luz no hay más queja y sobreviene elípticamente una suerte de “perdón” que nos mantiene en este estado de inercia.

Comienza la lucha que nos caracteriza: el todos contra todos se generaliza. Paralizar el tránsito, tomar edificios, flanquear el acceso al puerto, cortar los puentes, etc. no son medidas que afecten al oficialismo. Ningún mimbro del gobierno se quedará sin viajar ni quedará atascado en pleno centro de la Capital por un grupo encapuchado. Los ciudadanos son los únicos rehenes de un sistema que se acomoda a las circunstancias para administrar la crisis evitando se sepa realmente qué pasa o por qué pasa.

Nadie salió, por ejemplo, a decir que Aerolíneas Argentinas tiene como principal socio al Estado Nacional. El reclamo en los mostradores, las quejas hacia el grupo Marsans deberían extenderse a Balcarce 50 donde está el socio de la compañía sin emitir respuesta alguna al daño que se está efectuando. O posiblemente, se esté buscando a través de los conflictos sindicales alguna suerte de “solución Esquenazi” al conflicto pare que, entonces, el gobierno se haga del total de las acciones de la compañía aérea. Pero esa solución es ilusoria, pruebas al cántaro: el oficialismo fue quien presionó para dar salida al español Antonio Mata de Aerolíneas aduciendo que así garantizaba los vuelos. Hete aquí los resultados. Hoy por hoy, están todos varados.

Los servicios no colapsan por la demanda sino por la oferta barata, no en lo monetario sino en la calidad ofertada. La inversión que no llegó ni está llegando no es un mero dato de las estadísticas, ni el resultado de un estudio de esos que hacen los grupos internacionales “conspirando” contra la Argentina porque no le cae simpática o porque hace sombra con su progreso ilimitado…

Estamos condenados a colapsar paso a paso, ha quedarnos sin teléfonos, sin luz, sin gas, sin servicios básicos. No es una predicción pesimista, es un dato de la realidad sino se toman medidas correctivas y se insiste en las medidas paliativas, o sea aquellas que se aplican cuando el colapso es inevitable. Tarde. El Estado empresario dio muestran suficientes de impericia. Los negocios de la presidencia reditúan de la puerta para adentro, pero no garantizan ganancias hacia fuera, aumenta el patrimonio del matrimonio presidencial pero disminuye seriamente la calidad de vida de la gente. ¿Cómo explica un país que se jacta de un crecimiento inédito que la gente no pueda movilizarse? Si estas son las consecuencias de crecer quizás sea preferible estancarse y dejar de estar presos y sin respuestas que sacien…

El gobierno justifica su inacción negando el mal o ninguneando el problema: El mal no existe, existen circunstancias perversas. Con ese argumento, se justifica todo y la diatriba política se convierte en una acusación hacia las formas más que en una autocrítica positiva. Todo lo que acontece tiene causas en la economía: ya sea porque se crece, ya sea porque no se crece. La economía ha pasado a ser el centro de todo y un buen eufemismo para justificar lo injustificable. Pero lo que cuenta o debería de tenerse en cuenta ahora es la solución no el problema. Diagnósticos podemos hacer todos, sin embargo es tiempo de respuestas, y estas no llegan. La veneración de la infraestructura que se traduce en anuncio de obras no arregla las cosas. Si el tren que tenemos no llega a destino en tiempo y forma, ¿para qué un tren bala si después no dispara?

Cuando el crecimiento se traduce en más electrodomésticos en la cocina y 15 días en la costa atlántica pero no podemos hacer uso de los primeros porque no hay energía eléctrica ni tenemos posibilidad de viajar hacia el mar porque no hay trenes, ni vuelos ni rutas que garanticen llegar, es necesario darse cuenta de que el progreso pasa por algo más que por la acumulación de bienes y las vacaciones que, en definitiva, terminan convirtiéndose en un calvario capaz de hacernos extrañar los días más pesados del trabajo.

Desde luego que todo lo que hoy acontece en la Argentina, pasará. Habrá quienes desistan a viajar, algún acuerdo sindical pondrá más pilotos en las aerolíneas, y el calor al aflojar hará que la demanda de energía disminuya. O sea: marzo y abril pueden ser las soluciones que hoy, el gobierno, necesita. Eso explica que pasen los días sin que haya reacción oficial. Lo triste y lamentable es que, en marzo y abril, ya se verá venir un invierno sin calefacción, sin gas y, también otra vez, sin respuesta oficial. Y mientras, el pueblo no demanda, aguanta… © www.economiaparatodos.com.ar


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