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jueves 5 de octubre de 2006

Tocar la campanita no fue un privilegio

La presencia de los Kirchner en la Bolsa de Valores de Nueva York no fue un hecho inusual sino todo lo contrario: es costumbre que los mandatarios extranjeros sean invitados por esa institución para presidir el inicio de operaciones.

Después de la tremenda avalancha de noticias adversas a los Kirchner –y a su particular “estilo” y visión de las cosas– que aparecieron a lo largo y ancho de los Estados Unidos con relación a su reciente desastrosa visita al recinto de la Bolsa de Valores de Nueva York, uno se pregunta: ¿para qué fueron a la Bolsa? O, mejor dicho, ¿quien les aconsejó que lo hicieran?

A juzgar por la información hasta ahora recogida en los medios financieros, la “idea” aparentemente salió de Héctor Timerman, conocido fiel escudero de doña Cristina.

La cosecha de cobertura de prensa extranjera negativa, cuando no abiertamente hostil, ha sido inolvidable para la Argentina. Esto, en lugar de alentar la inversión externa, la ahuyentará seguramente, aún más. Pese a que la sorprendente designación de Beatriz Nofal a cargo de este tema sea una buena (aunque rara) noticia.

No obstante, los funcionarios del gobierno, como siempre, aplaudieron a rabiar la concreción de la visita, como éxito “impresionante”. Lo que realmente fue “impresionante” fue la larga serie de baldazos de agua fría que recibió nuestra pareja presidencial.

Cabe apuntar que la invitación a Kirchner para concurrir a la Bolsa no es un “privilegio”, ni una distinción, ni un “reconocimiento” de nada.

Desde hace años, cuando los mandatarios del mundo se acercan a las Naciones Unidas con motivo de la apertura de las sesiones de la Asamblea General, reciben invitaciones de concurrir al recinto de la Bolsa, aprovechando su estancia en la Gran Manzana. Es una práctica habitual.

Este año, la Bolsa de Nueva York, en la que cotizan 452 empresas de 47 diferentes países, recibió –de hecho– visitantes de toda índole.

El primero de ellos no fue ciertamente Néstor Kirchner, sino Stjepan Mesic, el presidente de Croacia, país cuyas empresas no cotizan en Nueva York.

Detrás de él pasó nada menos que Laura Bush, quien en rigor fue la única primera dama a la que se le pidió tocar la campana del recinto.

A ella le siguió Hamid Karzai, el colorido presidente de Afganistán, país que tampoco tiene empresas que cotizan en la Bolsa de Nueva York.

Recién a continuación del afgano llegó Néstor Kirchner, como mandatario de un país (el nuestro) que, es bueno recordarlo, tiene nada menos que 11 empresas que cotizan en Nueva York.

Al día siguiente, llegó al recinto la presidenta de Chile, Michele Bachelet, seguramente orgullosa de que su país (que es la tercera parte del nuestro, en términos de dimensión económica) tiene –en cambio– 16 empresas que cotizan en la Bolsa de Nueva York. Ese día, detrás de Bachelet, que tocó también la campana de apertura, pasó otra gran dama, Tarj Kaarina Halonen, la primera presidenta mujer de toda la historia de Finlandia, quien no se “cruzó” con los Kirchner. La separación de las visitas huele a razones que tienen que ver con Botnia y con la proverbial intolerancia de nuestro presidente y su esposa. Recordemos que Finlandia es el país de las más grandes y modernas papeleras del mundo y tiene cuatro empresas que cotizan en Nueva York.

Enseguida le tocó el turno a la República Eslovaca, cuyo primer ministro, Robert Fico, tocó la campana de apertura, seguido de tres presidentes del Continente Negro, de Liberia, Mozambique y Tanzania, que –juntos– tocaron la de cierre.

Ninguno de los mandatarios que llegaron a la Bolsa de Nueva York –es cierto– trata de “manejar” prolijamente los medios, como lo hacen los Kirchner. Pero ninguno de ellos cosechó la montaña de críticas que se abatió sobre el matrimonio santacruceño a partir de su momento mismo de acceso al recinto de la entidad. En rigor, desde la mañana del propio día, desde que los Kirchner llegaron a la Bolsa habiendo “conocido” (leído en inglés no, porque simplemente no pueden, desde que no lo saben hablar) la editorial más dura que, respecto de nuestro país, haya publicado jamás el Wall Street Journal: la de ese día.

Las imprudencias y errores son siempre caros. Pero nadie parece ser responsable de ésta. Como suele suceder. © www.economiaparatodos.com.ar

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