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Jueves 27 de julio de 2006

Totalmente salvaje

La costarricense Isla del Coco, en el Pacífico Oriental, es uno de los últimos lugares vírgenes del planeta. Vegetación exuberante, ríos, cascadas y un mundo submarino de especies exóticas.

“Uno de los mejores sitios del mundo para bucear entre grandes peces”, así definió Jacques Costeau a la Isla del Coco, una porción de tierra virgen de 24 km cuadrados en pleno Océano Pacífico, frente a la ribera occidental de Costa Rica. La isla, totalmente invadida por vegetación y surcada por innumerables ríos y cascadas, es uno de los lugares más lluviosos del planeta. Sus principales características –impenetrable bosque húmedo, abundancia de agua y el hecho de hallarse fuera de las rutas tradicionales de navegación– contribuyeron a preservar este Parque Nacional como uno de los pocos paraísos intactos de la Tierra.

En tiempos de piratas y corsarios se la conocía como la Isla del Tesoro. Cuenta la leyenda que durante tres siglos los bucaneros la utilizaron como base de operaciones, enterrando allí sus botines: oro, plata y piedras preciosas. Los buscadores de tesoros calculan en mil millones de dólares todo lo que permanece oculto en sus entrañas o en el fondo del mar. Sin embargo, sus mayores riquezas están a la vista: naturaleza pura y salvaje, junto con un singular mundo submarino.

Los delfines asomándose a la bahía son el espectáculo cotidiano. A escasos metros de la superficie del agua, gigantescos peces manta e incontables carángidos parecen bailar a toda velocidad formando una calesita submarina. Descendiendo un poco más, entre los últimos rayos de luz, hacen su entrada los tiburones martillo. Cardúmenes multicolores de pargos y roncadores se reúnen en las cuevas y pasadizos que se abren a mayor profundidad.

Curiosas especies, difíciles de ver en otros santuarios submarinos, aquí abundan. El pez murciélago –de insólita anatomía– muestra sus carnosos labios rojos y el señuelo que adorna su cabeza, al tiempo que un pez rana –similar al camaleón– pasa reptando por el fondo. Junto a ellos, para asombro del buzo más experimentado, pasa un extraño vertebrado que transformó sus aletas pectorales en extremidades que le permiten desplazarse.

También abundan los amos absolutos de las profundidades del mar, que son, al mismo tiempo, los que corren mayor peligro: los tiburones toro y los de aleta blanca. La pesca masiva e incontrolada para conseguir las aletas –producto de gran demanda en países asiáticos– es la mayor amenaza para el futuro de la isla. Las aletas son arrancadas de sus voluminosos cuerpos que, aún con vida y mutilados, son arrojados nuevamente al mar, donde mueren cruelmente.

La rica vida subacuática contrasta con la limitada fauna terrestre. Esta pobreza delata la juventud de la isla. En sus profundas cañadas cubiertas de vegetación o en sus excepcionales valles, el viajero no encontrará monos ni papagayos típicos de la selva centroamericana.

Desde Puntarenas, principal puerto pesquero de la costa oeste de Costa Rica, parten las embarcaciones que llegan a la isla: Undersea Hunter y Dea Hunter. Desde tierra firme, 460 km hacia el sudoeste separan la civilización de este rincón solitario y salvaje. © www.economiaparatodos.com.ar




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