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jueves 5 de noviembre de 2009

Tres minutos

El comunismo en Venezuela ha llegado al extremo de limitar el tiempo que los ciudadanos pueden emplear para bañarse.

El martes pasado el dictador de Caracas dijo que la ducha en Venezuela debía durar tres minutos “porque eso era el comunismo”. Es probable que la ciencia política del último siglo no haya podido definir mejor y tan crudamente a ese sistema que conculca libertades y ha asesinado a millones para tratar de imponer por la fuerza lo que sus ideas no logran despertar por la seducción de su eventual superioridad práctica y moral.

Este ataque de sinceramiento repentino que Hugo Chávez ha entregado tanto a su pueblo como al mundo que lo escucha ha resumido en seis palabras toneladas de análisis sociológicos que vienen a resultar superfluos, casi redundantes.

Efectivamente, el comunismo es una ducha de tres minutos. Pero, además, es una ducha cuya duración no la ha establecido el interesado, sino el Estado. Es tanta la pobreza que se apodera de un país cuando una lacra como ésta carcome su médula productiva que las duchas deben durar tres minutos, para no quedarse sin agua.

El comunismo es un sistema que, en suma, elimina hasta la mínima libertad de decidir cuánto dura tu higiene o tu confort o tus reverendísimas ganas de bañarte. Con el agregado de que esa limitación extrema en aras de un “altruismo” tan atroz como idiota, es válida para el pueblo esclavo pero no para los jerarcas como Chávez, que podrán darse “duchas” de tres horas mientras una odalisca los apantalla.

Uno no alcanza a entender cómo la obra de este fascismo insoportable e inhumano puede ser sostenida por alguien que esté en su sano juicio y que no sea uno de los jerarcas beneficiados por el régimen.

La honestidad brutal de Chávez exime de mayores profundizaciones. Está claro que al lado de su confesión, también sermoneó contra el uso del aire acondicionado (en un país que, literalmente, nada en petróleo) dando una muestra más del perfil de sociedad del medioevo y del atraso que persigue.

Y que conste que lo que Chávez pide no son sacrificios en nombre de los tiempos de la guerra. No, no, no. No hay ninguna conflagración que lo obligue a ningún racionamiento, más aún, repito, en un país que está acostado sobre miles de millones de barriles de petróleo.

La única “conflagración”, la única calamidad, la única peste que puede hacer que los venezolanos no puedan usar el aire acondicionado o que solo deban ducharse durante tres minutos es la que Chávez y su “socialismo del siglo XIX” le están haciendo pagar a un pueblo por el que uno debe sentirse apenado. Toda la energía de una sociedad destruida por un desvarío estúpido.

¿Así que su camino es el siglo XIX, Chávez? ¿¡Por qué será entonces que ese siglo XIX se parece tanto a la Edad Media, donde la mugre era la regla y la higiene la excepción!?

¿Cuándo será el día en el que Dios ilumine hasta el último hombre para que, sacándose de encima todo el resentimiento sin el que el comunismo no sería posible, libere también a este planeta de esta peste que sólo sirve para medir cuán bajo puede caer el ser humano? © www.economiaparatodos.com.ar

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