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jueves 5 de febrero de 2009

Vocación por lo absoluto

El actual derrotero mundial sugiere que el hombre no es un ser cuya tendencia natural lo inclina hacia la libertad, sino más bien a la sumisión a un poder hegemónico.

Después de leer los diarios del fin de semana pasado, se tiene la sensación de que el mundo tiene una vocación irrefrenable hacia el absolutismo, cuando no directamente hacia el estado despótico.

Quizás, después de todo, no sea cierto que el hombre es un ser cuya tendencia natural lo inclina hacia la libertad, sino que, al contrario, la libertad sea un trabajo, el fruto de un esfuerzo arduo y pertinaz que, en cuanto se afloja, se pierde a manos de la esperanza siempre viva de que es posible vivir mejor bajo un régimen en donde un selecto grupo de privilegiados decide la vida de todos.

El estallido de la crisis de 2008 ha hecho renacer esa utopía. La edición de La Nación del domingo 1 de febrero daba cuenta, por ejemplo, de que en Rusia miembros del Partido Comunista y del Partido Bolchevique Nacional (algo así como un neonazi-comunismo) se manifestaron en varias ciudades en contra el capitalismo y por la vuelta a la panacea del estado socialista. ¡En Rusia! Un país que durante los 70 años de dominio comunista no sólo no fue capaz de acceder a los más mínimos elementos de confort moderno para su pueblo, sino que estuvo a punto de matarlo literalmente de hambre. Pues bien, estos muchachos, algunos de ellos enfundados en rutilantes camisas Burberry’s, abogaban por la socialización de los medios de producción como si la experiencia fuera completamente nueva.

En la vereda de enfrente, el partido oficial del primer ministro Putin, “Rusia Unida”, apela al clásico melodrama fascista de la “unidad” para salir del pantano. Unidad, por supuesto, dirigida y supervisada por la mano de hierro de un mandamás.

Nadie parece confiar en las fuerzas creativas del hombre individual. De un lado o del otro, todos parecen converger en la convicción común de que una casta apoltronada en el poder manejando los destinos de la sociedad a su antojo es la única solución posible.

En la cuna de la bravura individual –los Estados Unidos–, el país que hasta ahora se había diferenciado de todo el resto por haber evitado caer en esos desvaríos totalitarios, también se ha puesto la esperanza en el Estado. No quizás con la concepción absolutista que las diferentes extravagancias nacidas del hegelismo europeo hizo proliferar en el mundo del siglo XX, pero si con un alejamiento preocupante de las convicciones americanas clásicas de que es el hombre individual el único capaz de desarrollar una actividad creativa e innovadora que haga posible la evolución y el progreso.

Los países europeos, inmersos en una historia ligada a la supremacía del Estado, que han visto a los arrestos de libertad más como ventarrones de desconfianza que como inercias liberadoras de los espíritus y del desafío a las verdades establecidas, parecen haber recibido la crisis con la dosis de algarabía necesaria que justifica su regreso al redil protector del Estado dueño de todo.

Ni hablar de la cultura latinoamericana, heredera, quizás, de una de las peores cruzas posibles para la libertad: la del poder absoluto y la corrupción. Allí, la crisis es un anillo al dedo de los corruptos y de los que se adueñan de los lugares públicos para su beneficio personal. La crisis es para ellos una especie de suplente de la guerra: frente a ella hay que actuar con excepcionalidad, hay que pedir sacrificios, limitación de los derechos, más poder para poder lidiar con la malaria. La gente, por su parte, ha creído razonable reconocer el poder absoluto porque, después de todo, todos tienen que sacrificar algo para contribuir a la solución.

El mundo no saldrá del marasmo en que se metió con la suma del poder público, con nacionalizaciones y con el achicamiento del derecho civil. Ya sabemos cómo termina esa historia.

Es falso que esta sea una crisis del capitalismo. Esta es la crisis de la aspiración fascista de que es posible poner a salvo todas las ventajas del capitalismo y evitar todos sus “malos tragos”.

En el pasado, el mundo atravesó situaciones parecidas o peores. Pero, frente a las consecuencias, no se dejó actuar la lógica de la “destrucción creativa” con que Schumpeter definía al capitalismo y se intervino para atenuar los efectos, siempre bajo la omnímoda convicción del dirigismo de que un grupo de iluminados logrará hacer una tortilla sin romper ningún huevo. Como consecuencia de ello se salvó a jugadores que las reglas del capitalismo habrían condenado.

El resultado de semejante intervención ha sido la creación de una convicción generalizada de que es efectivamente posible hacer cualquier cosa sin sufrir las consecuencias. Frente a un mundo de inimputables, las apuestas subieron porque el intervencionismo había logrado destruir el reloj del riesgo. El capitalismo funciona porque existe el riesgo. Sin riesgo no hay capitalismo. Por ello esta es una crisis del fascismo. Y pese a la aparente vocación absolutista de la humanidad, no se saldrá de ella con más fascismo, sino con más capitalismo. Sin embargo, cuidado: con el capitalismo en donde el reloj del riesgo funcione y no sea manipulado por relojeros que, en el mejor de los casos, no entienden nada de relojes… Y que, en el peor, sólo quieren que el reloj funcione a su favor. © www.economiaparatodos.com.ar

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