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EPT | July 22, 2017

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Jueves 11 de octubre de 2007

Copy & paste

La propuesta electoral del oficialismo de cara a las próximas elecciones es, simplemente, una mera recopilación de medidas y políticas iguales a las presentadas en 2003. Más de lo mismo para una ciudadanía que se queja por los resultados, pero no modifica su forma de votar.

La semana pasada, el Frente para la Victoria presentó ante la justicia electoral la plataforma política que resume su propuesta a la ciudadanía para las elecciones del 28 de octubre. Su contenido resultó ser un “copy & paste” de lo escrito antes de las elecciones de 2003. Para el oficialismo, el paso de Kirchner por la administración no ha modificado en nada las necesidades del país: hoy, según ellos, habría que hacer lo mismo que entonces, porque los problemas no han cambiado.

Quizás sea ésta una confesión indirecta de cómo el propio Gobierno califica su performance. Más allá de eso, lo cierto es que la sociedad –de acuerdo a lo que indican los sondeos previos– parece dirigida a elegir lo mismo que eligió hace cuatro años. Ella tampoco parece percibir cambios entre lo que tiene para optar y lo que pretende conseguir. Sería éste, entonces, un sinceramiento social que parece ratificar la complacencia con los resultados que se obtienen: como las consecuencias que veo me agradan, las elijo otra vez.

A pesar de ello, el solo seguimiento de la actualidad permite percibir que ese esquema no es cierto. El fondo de queja que flota en la sociedad es muy alto. Y muy justificado. Hay hoy más gente viviendo en villas de emergencia que hace cuatro años, la superficie física de esas villas también ha crecido, la inseguridad ha copado los espacios públicos y el simple hecho de salir a la vereda constituye un peligro cuya tasa es mayor que hace cuatro años, la violencia se ha transformado en la herramienta más útil para cualquier negociación, la fuerza bruta ha ocupado el lugar del raciocinio y los que disponen de esa fuerza (con palos, capuchas o, simplemente, con un buen número de hombres e infraestructura, como Hugo Moyano) imponen sus “criterios” (si es que a “eso” se le puede llamar “criterios”) con una regularidad mucho mayor que hace cuatro años, la incertidumbre económica –dominada por la mentira sistemática, la falsificación y el descaro– es de signo diferente que la de hace cuatro años, pero no por ello ha desaparecido. El gobierno por decreto, la manipulación presupuestaria y la corrupción administrativa son iguales o peores que hace cuatro años.

Contra todo esto hay queja. La gente percibe los problemas y exterioriza su mal humor. Sin embargo –siempre según los sondeos– se dirige a votar del mismo modo, a elegir lo mismo que produjo el resultado motivo de queja. Éste es un comportamiento lisa y llanamente esquizofrénico. O se aceptan las consecuencias de lo que se elige sin reclamos, o se admite que se está eligiendo mal y se cambia. En cambio, seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes es propio de los locos, algo que con meridiana claridad anticipó Albert Einstein.

No obstante, la inventiva argentina se las ha ingeniado para conciliar lo contradictorio. Consciente en el fondo de que la queja por el resultado es incompatible con seguir haciendo lo mismo, pero al mismo tiempo tozuda en la porfía de cambiar y admitir errores propios, ha encontrado una diagonal que una su aspiración al status quo con su derecho a la queja. Esa diagonal es “el culpable ajeno”: si las cosas no están saliendo del modo que queremos no es porque nosotros estemos haciendo algo mal y que, por lo tanto, debamos cambiar. ¡No, no, no! ¡Qué va! ¡Vade retro, Satanás! Nosotros somos infalibles, nada de lo que hacemos está mal. Lo que ocurre es que una malsana confabulación internacional combinada con una conexión local de anti-argentinos trama nuestro fracaso y nuestra angustia. Eso es lo que explica que, siendo perfectos, obtengamos resultados que no nos agradan y contra los cuales nos quejamos.

Así estamos viviendo. La ilusión de que cuando terminemos con nuestros enemigos se demostrará nuestra razón y se conciliarán por fin los resultados con nuestras decisiones, nuestros gustos y nuestros pareceres, nos mantiene vivos y con la esperanza que da el perseguir un objetivo en el que se cree ciegamente.

Esta misma descripción es la que explica el aislamiento argentino, el hecho de que el país se haya convertido en un interrogante indescifrable para el resto de la humanidad y que gire en una órbita muy diferente a la del resto del mundo imitable.

¿A qué futuro se puede aspirar entendiendo la realidad de este modo? Seguramente a uno no muy promisorio. La Argentina es una nación cuyas aspiraciones de origen se han verificado como manifiestamente desproporcionadas a la hora de cotejarlas con aquello que hay que hacer para conseguirlas. Para un pueblo dispuesto a tan poco, el horizonte de grandeza de los padres fundadores ha quedado reducido a una expresión de deseos.

Las alternativas que tenemos delante de nosotros son claras: o cambiamos o deberemos renunciar a ese horizonte y a esas aspiraciones. © www.economiaparatodos.com.ar


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