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Jueves 20 de julio de 2006

La vulgaridad engendra el subdesarrollo

Una sociedad que pierde sus buenos modales y su modo de comportarse es una sociedad que entra en la decadencia y no puede mantener altos niveles de desarrollo.

Hace pocos días, la Fundación Atlas publicó un breve pero interesante ensayo de Gustavo Lazzari sobre una de las cuestiones que más estremecen a la población: la desprotección contra la creciente ola de crímenes que amenazan la vida y los bienes de los argentinos.

Analizando 119.587 palabras de los discursos presidenciales, Lazzari encontró que en ellos no hay ninguna mención de los términos “inseguridad”, “secuestros”, “robos”, “delitos”, “crímenes” y “violación”. Esta omisión es sumamente sugestiva porque la población considera hoy que nuestro principal problema es la incapacidad del Estado para frenar esta ola y que el Gobierno muestra una especial indiferencia a la hora de proveer seguridad pública, tranquilidad social y justicia eficaz.

El análisis mencionado se basa en una de las técnicas utilizadas por la estadística matemática para establecer la tendencia de un conjunto de datos. Consiste en detectar las constantes que se presentan en una distribución de frecuencias, es decir aquellas cosas cuyo valor no cambia durante el desarrollo de la cuestión estudiada.

La omisión oficial del tema “inseguridad” es un signo gravísimo para el corto plazo, pero hay otra cuestión tanto o más peligrosa para el largo plazo.

Se trata de la vulgaridad, es decir los malos modales, las formas agresivas, la confrontación y las maneras injuriosas que el oficialismo ha ostentado en el trato de legisladores y periodistas que cuestionaron su intento por controlar el funcionamiento del Consejo de la Magistratura, la facultad omnímoda para sancionar decretos de necesidad y urgencia, los plenos poderes para disponer el destino de partidas presupuestarias y el manejo discrecional por un delegado presidencial de los datos que hasta hoy estaban protegidos por el secreto bancario.

Este maltrato, los agravios personales y el menosprecio hacia quienes no piensan lo mismo que el Gobierno ha sido un ejemplo lamentable que requiere un análisis más profundo.

Acerca de las formas

Adam Smith en su libro “Teoría de los sentimientos morales” (1759) señala que la cooperación voluntaria entre los habitantes de un país requiere en forma imprescindible de una convivencia pacífica. Y ella se logra cuando, alentados por sus gobernantes, un grupo numeroso y calificado de ciudadanos se tratan entre sí con simpatía.

A todo esto, la simpatía no es un fingimiento, sino el resultado del esfuerzo que cada uno hace por asumir la situación de los demás y por ponerse en su caso para entender su conducta.

Para quien detenta la autoridad, la simpatía es el gesto que lleva a comprender la tristeza y la felicidad ajenas con el fin de darse cuenta de la situación en que se hallan y ayudarlos a resolver su dolor o disfrutar sus alegrías. De esta manera, sigue diciendo Adam Smith, no simpatizamos con los sentimientos de las demás personas sino con ellas mismas.

La simpatía no se genera sola, sino que necesita irremediablemente de las buenas formas y de los buenos modales porque la forma no sólo expresa el fondo de una cuestión sino que lo arrastra y a menudo lo precede.

Por eso, los funcionarios que creen ser populares siendo groseros o agresivos se equivocan radicalmente con su vulgaridad, ya que actúan movidos por la voluntad de mortificar a los demás aun cuando justifiquen su conducta criticando la hipocresía. Su error fundamental consiste en creer que para llegar al alma del pueblo tienen que ser vulgares, esto es: desaliñados en la manera de vestir, agrios en sus gestos, ofensivos en los discursos, resentidos en sus opiniones y carentes de cortesía.

Sin embargo, este comportamiento va directamente contra el fin que se proponen porque agrava la bajeza que denuncian y tiende a rebajar a los que quisieran elevarse.

Cuando el pueblo presencia ejemplos de intemperancia y prepotencia desde las más altas magistraturas, repite la misma actitud en las circunstancias importantes o prosaicas de su vida.

Ahora bien, sin elevación no hay progreso social y no hay elevación sin buenos modales. Los buenos modales se enseñan con el ejemplo, el respeto y la buena educación. La misma palabra lo dice: “educere” significa elevar, tirar hacia arriba. Y no se puede hacerlo sin un gran cuidado por las formas, con delicadeza, elegancia y belleza junto con el vigor y el ansia de buscar la verdad.

La indigencia de las malas formas

Más pronto o más tarde, la vulgaridad de los modales hace vulgar la inteligencia y endurece el corazón, así como las manos sucias enmugrecen todo lo que tocan. La grosería en las palabras ocasiona la ordinariez en el trabajo intelectual. Los malos modales de un dirigente incitan a la gente a hacer lo mismo.

Una sociedad que pierde sus buenos modales, su modo de comportarse, su porte urbano es una sociedad que entra en la decadencia y no puede mantener altos niveles de desarrollo. Una escuela donde los maestros dan ejemplo de inconducta, desobediencia, desorden y mala dicción es una escuela que trastorna y perturba a los niños. En lugar de educar, falsea; en lugar de elevar, rebaja y transmite conductas adulteradas.

El mal comportamiento y la descortesía pueden justificarse con argumentos de falsa sinceridad. Se podrá decir que rechazamos los buenos modales porque cuestionamos la hipocresía, pero esto sólo es una excusa para justificar nuestros propios actos.

Si no respetamos los contratos, si no queremos dialogar con nadie, si no sabemos pedir perdón, si hacemos lo que se nos antoja porque tenemos poder, si consideramos insoportable el respeto de las normas morales que nos inculcaron nuestros padres o si dejamos plantados a los invitados porque se nos da la gana, estamos tomando el peor de los caminos.

Así no vamos a formar una sociedad fraternal, igualitaria y progresista, sino que engendraremos la frustración y la dependencia futuras, transformándonos en esclavos de nuestros propios caprichos.

El sello de excelencia

Los seres humanos tienen necesidad de excelencia, de alcanzar el grado más elevado de bondad, mérito o estimación. Necesitan superarse, soñar, imaginar y aureolar su vida con el reconocimiento de los demás. Tienen necesidad de pan, pero también de poesía y de la palabra divina. Sienten hambre de todo aquello que se expresa en las buenas formas, en la fineza de un gesto, en el cariño de un padre o el amor de un hijo.

Cuando repudiamos las formas estamos matando todo esto.

Adoptando la vulgaridad perdemos la calidad de la vida porque nos hacemos hoscos y construimos una sociedad agresiva, brutal y sin grandeza. Al terminar con las buenas formas también se termina aquello que esas formas implican: la atención a los demás, la compasión, la delicadeza y el respeto a la dignidad de la persona humana.

Cuando eliminamos los buenos modales no formamos al hombre nuevo. Cuando terminamos con todo velo de pudor, todo símbolo de pureza y toda compasión, ya no tendremos más al hombre, sino a un bruto, falto de inteligencia, insensible, que actúa según sus instintos y no según su razón, incapaz de apreciar las cosas nobles y valiosas de la vida.

Si la educación, la evolución y el progreso exigen años de esfuerzo y superación, la degradación del ser humano por los malos modales es una caída libre y sin obstáculos. © www.economiaparatodos.com.ar



Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.




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