Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Scroll to top

Top

miércoles 12 de junio de 2013

Morir porque sí

Morir porque sí

Probablemente no se trate de un hecho delictivo habitual. Una chica murió. La hija de alguien fue asesinada. La sobrina de un fulano fue matada. A una amiga de un flaco le robaron la vida. A la compañera de varios pibes le cortaron el camino. Una mujer que podría haber llegado a mucho o a poco, pero que nunca lo sabremos porque alguien le quitó esa oportunidad de ser dueña de los destinos de su propia vida.

Probablemente no se trate de un hecho delictivo habitual. Una chica murió. La hija de alguien fue asesinada. La sobrina de un fulano fue matada. A una amiga de un flaco le robaron la vida. A la compañera de varios pibes le cortaron el camino. Una mujer que podría haber llegado a mucho o a poco, pero que nunca lo sabremos porque alguien le quitó esa oportunidad de ser dueña de los destinos de su propia vida.

RDP-1Es posible que no sea un caso más de inseguridad, sino que se trate de una cuestión extraordinaria en ese mundo al que tanto nos malacostumbramos. Pero funciona como caso testigo ante esta cotidianidad de hechos que nos sedan de a poquito hasta que algo nos sacude la modorra. Hace unos años, un ratero, punga o descuidista era motivo más que suficiente para la indignación colectiva. Tiempo después, el robo de automóviles, sus estéreos y los saqueos de viviendas temporalmente deshabitadas, sembraron estupor en la sociedad. Más adelante, las noticias sobre robos en banda y con armas se hicieron parte del desayuno como el pan con manteca. Más cerquita, acá a la vuelta en el tiempo, empezaron a aflorar los secuestros extorsivos. Todos y cada uno de estos delitos fueron incorporándose a la vida del ciudadano común como una factibilidad del día a día, como algo que puede pasar por el mero hecho de vivir en sociedad. Nos acostumbramos y, de esa realidad en la que un sencillo robo podía salir en la tapa del diario, llegamos a esta situación en la que en la cola del supermercado podemos escuchar que a Juan lo bajaron del auto en un semáforo, que a Gustavo se lo llevaron a pasear por los cajeros automáticos, que a Fernando le entraron a robar al negocio dieciséis veces en dos meses, que al hijo de tu amiga lo cagaron a trompadas para sacarle el celular que le compraste para que esté más seguro, que al viejo de tu compañero del trabajo lo pasaron al más allá de un corchazo por resistirse a que le entren a la casa, que a la octogenaria madre de tu amigo le entraron a robar la jubilación pedorra que cobra por toda una vida de laburo y, por si no alcanzara, la ataron y molieron a golpes.

Puede ser que no se trate de un caso más de inseguridad, de esos que no se pueden prevenir porque no podemos pretender que haya un policía por cada ciudadano. Sin embargo pega. Y pega por todos esos casos que sí podrían prevenirse y por los que se hace poco y nada al respecto. Jode porque sólo hay tres formas de ver un policía: en el lugar del hecho, tarde y con el delito consumado, en la Comisaría al hacer la denuncia, o de a miles para custodiar que los integrantes de la patria del aguante no arruinen sus ya penosas vidas en un partido de fútbol que sirve sólo de excusa para ver cuál hinchada la tiene más larga. Jode por cuestiones tan elementales que ni siquiera caben en el axioma clasemediero y conformista de “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”, cuando a la inmensa mayoría ni nos calienta qué le puede pasar al que nos hace algo, sino que, sencillamente, no queremos que nos hagan nada. Jode, y mucho, porque cada vez que alguien se queja, tiene que pedir disculpas por haber dicho lo que sintió, como si los sentimientos no controlaran nuestras acciones, como si fuéramos robots autómatas salidos de la línea de montaje de Fabricaciones Progresistas, programados para cantarle a la vida, a la integración y a la igualdad mientras nos fajan por un par de monedas. Jode, y demasiado, porque tenemos que meternos la lengua donde no pega el sol y sentir culpa, penosa y pedorra culpa, por haber reaccionado con violencia verbal ante el ataque de la violencia física y psicológica de quien entra de prepo en nuestras vidas para quitarnos lo poco o mucho que llevamos encima. Jode, y vaya que jode, porque nos llevaron a la ridiculez extremadamente pelotuda de tener que agradecer porque “nos trataron bien, al menos no nos mataron”, cuando nos sacaron los que nos costó laburo conseguir y, por si fuera poco, nos mandaron al psiquiatra para poder dormir por las noches.

En una de esas, no sea tan sólo un caso para sumar a la sensación de inseguridad. Puede que no, pero pasa que eso que comenzó como una ola de delitos se convirtió en una pileta olímpica con trampolín, donde el Estado es el bañero gordo que se pone a tomar sol y a mirar culos con carpa mientras nos ahogamos. Casos como el de una sencilla adolescente que fue violada y asesinada, impactan, y lo hacen más allá de la indignación simple: es la paranoia perpetua de vivir con miedo desde el mismísimo momento en que empezás a querer a alguien, sean tus viejos, tus hijos, tus amigos o tu mujer. Es el cagazo tremendo, pero no a que te dejen, sino a que te los arranquen de la vida. Es el terror de saber que la persona que amás puede desaparecer, antes por acción del Estado, hoy por la inacción del mismo.

Por ahí sea cierto que no se trate de un caso de inseguridad más, pero es una muestra en oferta en la vidriera de lo que nos altera la normalidad de nuestras vidas, de una sociedad diezmada en sus valores más fundamentales de respeto por la vida, de respeto por la propiedad privada del producto del esfuerzo personal, de respeto por el otro, de respeto, de respeto, de respeto.

Quizás no sea un hecho más de delincuencia, uno más del montón, pero sabemos que a una chica la sacaron del curso habitual de su día, de esa rutina que sus padres tenían por normal. Y sabemos que la violaron, que la mataron y que, finalmente, la trataron como lo que consideran que es cualquier otro ser humano: un cacho de carne desechable. La tiraron a la basura, la descartaron cuando ya no les sirvió, y es precisamente ese uno de los temas por los cuales el caso también me impacta a mí, en lo personal. Y es que no somos otra cosa que un cacho de carne, una góndola portadora de lo que el eventual delincuente desea y no sabe/no le interesa aprender a conseguir de un modo legal, sea un par de zapatillas, un celular o efectivo. Somos entes sin nombres que nunca tuvieron infancia, que no tienen padres, que no tienen hermanos, que no tienen hijos, que no tienen proyectos, que no tienen sueños, que no tienen otra cosa para darle a la sociedad que ser proveedores descartables y sumisos de lo que el otro quiere ya, porque le pintó, porque le gustó, porque se le cantó que así tenía que ser.

Puede ser que no se trate de un hecho delictivo más, pero sucede que nos exigen paciencia, que nos piden comprensión para el más necesitado, que nos intiman a que nosotros, pobres boludos laburantes, nos hagamos cargo por nuestros medios de lo que nosotros no generamos. Como si fuéramos nosotros los que quisimos que saquearan el país una y otra vez, como si fuéramos nosotros los que impulsamos leyes pedorras que atan de manos a la justicia, como si fuéramos nosotros los que pedimos que vaciaran las calles de uniformados de la Policía Federal, como si fuéramos nosotros los que le damos cientos de millones de dólares a una asociación de fútbol que no hace absolutamente nada para evitar que ingresen barrabravas a un estadio, como si fuéramos nosotros los que hicimos todo lo necesario para esconder la pobreza de villas que crecen a pasos agigantados, como si fuéramos nosotros los que barremos bajo la alfombra a las familias enteras que viven en la calle sin que nadie las notifique de que ellas son las campeonas de esta década ganada. En sus casillas de la villa o en sus habitaciones de casas tomadas, los que no tienen nuestro poder adquisitivo miran por la tele las mismas publicidades que nosotros y desean lo mismo que nosotros, pero nadie se ha calentado en explicarles cómo conseguirlo y, los que lo entienden, no tienen acceso a esas oportunidades.

Puede que sea un hecho excepcional, y hasta es probable que se trate de un violeta de clase alta, con mucama, cinco rubiecitos y coche importado en la puerta del chalet, dado que el perfil del violador no reconoce poder adquisitivo ni nivel educativo, pero a quién puede importarle si el delito se consumó igual, si el Estado no nos cuidó del otro al que ahora llama Patria, si una piba con uniforme escolar puede desaparecer de la calle a plena luz del día sin que nadie vea nada, si en zona de ingreso y egreso de escolares no hay más presencia policial. ¿Acaso deberíamos analizar el contexto social en el que se desarrolló el delito? ¿Con qué fin, sólo para pedir disculpas al victimario convertido en víctima? Durante años nos taladraron la cabeza con que la delincuencia es producto de la falta de inclusión, de la carencia de oportunidades, de la marginalización, de la pauperización de la sociedad. Y durante otros años nos llenaron los gobelinos con afirmaciones que nos dicen que la pobreza casi no existe, que la inclusión es una realidad por obra y gracia de la oratoria de la Presi, que las oportunidades ahora son para todos, porque sí, porque así lo dice algún spot de Canal 7. Sería interesante ver qué opinan de los hechos de los últimos tiempos, si es que los fundamentos progres de la delincuencia eran truchos o si lo trucho es El Modelo. No sé, quizás los grosos de la vida podrían armar un debate para definir si es importante que hayan violado, matado y arrojado a la basura a una mocosa, o vale más reconocer que éstas son cosas que utilizan las corporaciones multimediáticas para opacar que Néstor nos devolvió la dignidad de cagarnos muriendo de un corchazo en manos de un fumapaco, pero con ideales y la reinstauración de la discusión política. Y todavía hay gente que se ofende porque puteamos a quienes dirigen los destinos del país desde hace más de una década. ¿A quién deberíamos putear, campeones morales, a Dios?

La alienación de algunos sujetos es total, la ausencia de esos signos que nos diferencian del resto de los homínidos es absoluta. El domingo pasado, integrantes de la hinchada de Independiente salieron en directo para todo el mundo saltando sobre sus puños, en plena danza belicosa subsahariana. Ante las cámaras se mostraron sus rostros descubiertos mientras destrozaban y agredían al resto. Ni se suspendió el partido. Al día siguiente asesinaron a un hincha de Lanús y Canal 7 demoró casi una hora en anunciar lo que todos ya sabíamos. Así, mientras el Estado nos demuestra que no puede hacer mucho para evitar la violencia en las canchas, pero al menos la transmiten en directo, algunos defensores del gobierno se ofenden porque los medios le dieron demasiada cobertura a la violación y asesinato de una menor de edad, por tratarse de “una chica de Palermo”. A estos mamertos, les tengo una noticia: gran parte de La Cámpora de Capital Federal también es de Palermo y, por ende, vecinos de la víctima.

Ya no sé bien cuál es la forma medianamente humana de abordar el tema, dado que todo lo que me enseñaron debería haberse aplicado hace tiempo, y hoy me da a que son recetas inabordables. ¿Cómo se le explica a un pibe que debe esforzarse en el laburo para adquirir lo que desea si la inflación le morfa los talones y en una tarde de choreo puede juntar la misma guita que a nosotros nos lleva meses de laburo? ¿Cómo se abordan los delitos contra la integridad sexual si cualquier medida en su protección es considerada inhumana? Estaría bueno que alguno de estos millonarios que tenemos por luminarias del Estado nos lo explique y lo lleven adelante, en vez de pedirnos que dejemos de quejarnos y propongamos las soluciones. Ya bastante caros nos salen ¿Encima pretenden que hagamos el trabajo de ellos? No hace demasiado tiempo, Berni,  Secretario de Seguridad y Guardián de la Galaxia, afirmó que la jurisdicción de la Policía Federal Argentina es la Ciudad de Buenos Aires. ¿Y, qué hacemos? Mientras tanto, tenemos que fumarnos a faros de la moralina como Lubertino que, sin sonrojarse, afirma que falta iluminación en la zona en la que levantaron a la víctima, como si hiciera falta más luz que la del sol a las diez de la matina. Al menos Lubertino mantuvo la altura de cuando pidió que “ante la eventualidad de una violación, hay que pedirle al atacante que se coloque un preservativo”.

Podría tratarse de un delito raro, de algo que no debería someterse al análisis ordinario de la inseguridad, pero lamentablemente, nos toca vivir bajo un gobierno que también es parte de la ola de inseguridad. Y nadie le puede exigir a quienes violan sistemáticamente la ley que hagan algo para que esa misma ley se respete.

Mercoledì. Probablemente no sea un caso más de inseguridad. ¿Pero a qué más nos deberíamos acostumbrar?

La próxima la seguimos con las últimas partes de La Década Cambiada. 

Fuente: blogs.perfil.com