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EPT | August 18, 2022

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Jueves 18 de noviembre de 2004

El misterio de las páginas amarillas

Escuálidas en comparación con sus hermanas de otros países y ciudades, nuestras páginas amarillas son una muestra cabal de la desconfianza argentina, un sentimiento nacional que explica, en gran parte, el estancamiento económico del país.

Antes que nada, una aclaración: pese a la referencia al color “amarillo” en el título de esta nota, la misma no tiene nada que ver con las supuestas inversiones chinas en la Argentina.

Dicho esto, empecemos por aclarar parte del misterio diciendo que las “páginas amarillas” a las que me refiero no son otras que las que integran las guías telefónicas comerciales, prácticamente en todo el mundo.

Cuando uno llega a casi cualquier ciudad en casi cualquier país desarrollado, se encuentra con guías telefónicas de páginas amarillas francamente impresionantes. Se trata de verdaderos “tratados” telefónicos, sus páginas se cuentan por miles. En muchas de esas ciudades, un solo tomo muchas veces no alcanza para dar cabida a la cantidad de anuncios que allí se publican. Desde abogados hasta compañías aéreas, desde servicios del automóvil hasta repuestos para las más insólitas necesidades hogareñas, como en un mercado persa por escrito. Muchos de los que allí aparecen no se conforman con la simple mención de su número de teléfono y su dirección: publican avisos comerciales que pueden ocupar desde una página hasta recuadros más chicos.

En la Argentina, en cambio, aun en Buenos Aires –claramente una ciudad comparable a cualquier urbe cosmopolita de la Tierra- las guías de páginas amarillas son escuálidas. No llegan a tener mil páginas. ¿A qué se debe esto?, ¿por qué una ciudad que tiene más de tres millones de habitantes en el distrito y más de once millones contando sus alrededores, no puede producir una guía telefónica comercial comparable a una ciudad de segundo orden de un país desarrollado?

La respuesta es bien simple: porque no hay suficientes anuncios que publicar. ¿Y por qué? Básicamente por dos motivos: primero, a que los oferentes de bienes o servicios saben que los eventuales demandantes no buscarán satisfacer sus necesidades buscando un proveedor en la guías de páginas amarillas; y, segundo, porque es muy raro que el público consumidor confíe, para satisfacer una determinada necesidad, en un proveedor desconocido. Si la gente no busca proveedores en una guía telefónica y los eventuales anunciantes presumen esa circunstancia, es lógico que las guías de páginas amarillas no tengan un volumen comparable al de las ciudades de un país desarrollado: los anunciantes no publican porque nadie los llamaría y la gente no los llamaría porque no confía en ellos. ¿Qué significado económico tiene esto? A mi modo de ver es una señal trascendental para explicar el estancamiento argentino y la razón última de su motivación.

El desarrollo económico depende de la cantidad de relaciones interpersonales que una sociedad pueda producir. Cuantas más relaciones interpersonales de negocios se produzcan, más desarrollada será una determinada sociedad. El desarrollo económico es directamente proporcional a la cantidad de negocios que las personas hagan entre sí. Ahora bien, la capacidad de una sociedad para generar una multiplicidad de negocios entre personas que se conocen entre sí y que por lo tanto se tienen plena confianza, es muy limitada. Llega un momento en que el número de interrelaciones de contenido económico que personas que se conocen previamente pueden hacer, se acaba. Ni que decir si el círculo de confianza en un determinado país se limita sólo a la familia. ¿Cuántos negocios se pueden hacer sólo entre familiares?

En cambio, si las personas se animan a interactuar y a hacer negocios entre ellas sin conocerse, es allí donde los negocios se multiplican y la riqueza se expande. Para que esta confianza exista se deben dar algunas condiciones. Primero, obviamente, un clima de honestidad general. Es decir, la presunción subliminalmente internalizada de que mi prójimo no es un delincuente, ni un estafador. Segundo, la seguridad de la existencia de un orden jurídico justo e imparcial que, en caso de conflicto, resuelva la disputa de modo civilizado. Y tercero, la seguridad de tener un sistema judicial que aplique el orden jurídico con rectitud.

Si estas condiciones no se dan, las personas desconfiarán de todo aquel a quien no conozcan o respecto del cual una persona de su más estricta confianza no le pueda dar una referencia indubitable. En este caso, por su puesto, la persona no es que confía en el desconocido sino que le traslada a él la confianza que tiene en el que lo referencia.

Este esquema es muy similar al que la mafia usa para operar: sólo hay confianza en el padrino o en el que el padrino indique. Y sólo se hacen negocios con el padrino o con los apadrinados por él. En la mafia hay lealtad, no confianza.

El principio de la lealtad es grupal, no general. La lealtad es un sentimiento reservado a un grupo de personas que incluso definen su pertenencia a dicho grupo por la lealtad que se deben entre sí. A su vez, el ser leal a un grupo casi implica necesariamente la correlativa no-lealtad a los miembros de otro grupo.

La sociedad argentina carece de una base de confianza indiscriminada que alcance a todas las personas en su calidad de individuos. A lo sumo tiene un sistema de lealtades entre grupos antagónicos que rara vez entran en contacto fructífero. Los miembros del grupo interactúan entre sí y confían ciegamente entre ellos. Pero descreen con la misma convicción de todo aquel que no dé pruebas de pertenencia.

Volviendo a nuestro ejemplo de las guías de páginas amarillas, nadie tomaría el teléfono para introducir a un desconocido en su casa para que le arreglara una canilla de la cocina. Probablemente el necesitado llame a algún familiar o a un amigo cercano para que le recomiende a “alguien de confianza”.

De este modo el “misterio de las páginas amarillas” queda develado y sus razones expuestas. Es muy difícil en un país donde ninguna de las tres condiciones básicas de la confianza se dan (clima general de honestidad, orden jurídico justo, jueces imparciales) que las personas confíen en terceros desconocidos. Esto no quiere decir que aquellos que anuncian en las guías de páginas amarillas sean todos estafadores o delincuentes. La confianza es un sentimiento inasible que tiene presupuestos cuya existencia real no asegura su reinado. No sirve de nada el hecho de que en la realidad los que publican anuncios en las guías no sean estafadores. Lo que importa es si la gente lo sospecha. Si es así, la confianza brillará por su ausencia en ese lugar. Y si no hay confianza, no habrá negocios entre terceros desconocidos. Y si no hay negocios entre terceros desconocidos, no habrá multiplicación de la riqueza.

Las sociedades modernas son (o deberían ser, para ser consideradas como tales) agrupaciones de individuos inicialmente dispersos que se constituyen bajo la preeminencia de un orden de valores o convicciones que rige su vida en común. Bajo ese sistema, los individuos comienzan a interactuar en la creencia de que el valor del producto posterior a su interacción será superior al anterior. Si en el curso de la interacción hay conflictos, las personas remiten al orden que las rige para dirimir la disputa bajo los auspicios de una autoridad imparcial que ambos reconocen como tal. Por su puesto, antes de interactuar, ambos se reconocen como personas de bien que buscan aumentar su patrimonio gracias a la interacción y no como producto del delito al que sometan al otro.

Mientras la Argentina no sea capaz de generar un clima de confianza generalizado y etéreo que sobrevuele la mente inconsciente de sus individuos con una seguridad implícita en las relaciones entre terceros desconocidos, no generará riqueza. Y tampoco tendrá guías de páginas amarillas voluminosas como una señal indubitable de que ha formado una verdadera sociedad. © www.economiaparatodos.com.ar




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