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jueves 10 de julio de 2008

El pez por la boca muere

Los gobernantes deberían comprender que ganar elecciones no los convierte en dueños de la Argentina ni de sus habitantes.

“Si quieren imponer su proyecto que se presenten a elecciones, que ganen y después hagan lo que quieran.” La llamarada salió natural, espontánea, como si fuera una verdad incontrastable.

La boca de la cual salió fue la inconfundible caja de incontinencias del presidente de facto, Néstor Kirchner.

Su pequeño entendimiento republicano no alcanza a comprender que el ganar las elecciones no significa que el que gana pueda hacer lo que quiera.

Él lo cree firmemente al punto de presentar como antidemocráticos a los que tratan de hacerle entender que eso no es la democracia. Las dudas sobre el carácter de abogado siempre recayeron sobre su esposa, pero la mayoría de las veces es él quien da elementos más que suficientes para hacer dudar sobre su paso por una escuela de Derecho.

Supone que el país le pertenece por haberse impuesto en unas elecciones. No alcanza a entender los secretos de las minorías y las mayorías. Ni siquiera se asume como lo que es, una minoría entre otras. Él cree que el pueblo es él. Él cree que su voluntad es la voluntad del Estado. Lo cree de modo natural, sin admitir prueba en contrario. No entiende, incluso, como alguien puede ver la cosa de otro modo. Todas las dudas frente a los cuestionamientos que recibe terminan con la misma pregunta: “Pero, esperen un momento, muchachos, ¿aquí quién ganó?”. Estoy seguro de que eso es lo que inquiere como quien no entiende qué se le está cuestionando.

En la frase inicial de esta columna se resume toda la confusión que reina en el cerebro del ex presidente en funciones. Ve los términos de la democracia republicana como una rareza que no comprende. En sus cálculos todo se resume a: "gano, el país es mío; pierdo, me muero".

La convivencia democrática no está presente en sus atribulados pensamientos. Solo admite someter a quien perdió porque, justamente, perdió. La derrota es para él no una circunstancia temporal en la democracia sino la terminación de todo: de la opinión, de la posibilidad de discutir una idea, de emprender un proyecto. Esas iniciativas son siempre patrimonio del que gana. El que pierde debe ser defenestrado.

Son los términos del absolutismo. En el absolutismo (no en vano las palabras "absoluto", absolutamente", etcétera, son de las más usadas por el escaso vocabulario del presidente de facto) el color es uno solo. Los colores de los que perdieron deben ser borrados y doblegados. No hay allí sociedad sino mando y obediencia, amos y esclavos.

En ese esquema es natural que Kirchner no quiera perder porque en su mente los que pierden no sirven para nada, solo les cabe el ostracismo -que por otro lado merecen, justamente por perder.

El pequeño detalle es que los que aspiramos a vivir en la Argentina no tenemos ese perfil de país en mente. Tenemos el perfil de un país en donde los dueños de la Nación son los ciudadanos no los que ganan las elecciones. Los ciudadanos no debemos permitir "que hagan lo que quieran" bajo el argumento que ganaron las elecciones. Toda la construcción del Constitucionalismo del siglo XVIII que dio origen al más formidable progreso humano durante los dos siglos siguientes, se basa, precisamente, en la idea contraria: que sobre la autoridad humana de quienes ganan las elecciones están la ley y la Constitución.

Paradójicamente, el mundo tiene más siglos de vivencias bajo el perfil de sociedad que Kirchner tiene en mente que los que lleva vividos bajo la civilización de la tolerancia. Pero todos sabemos qué clase de mundo era aquél: un mundo de arbitrariedades, un mundo de pobreza y enfermedades… un mundo de atraso.

La humanidad precisó entender las ventajas de la convivencia civilizada, de la perdurabilidad de la ley y de la supremacía de la Constitución, para dejar atrás los gritos de un mandón. La Argentina parece empecinada a demostrarle al mundo que es posible mezclar las dulzuras del mundo moderno con las órdenes emanadas de la boca de un solo hombre: cree que el avance de la ciencia, el mejoramiento de la vida y la afluencia económica son compatibles con el perfil de un Nerón.

En fin, “el pez por la boca muere”. Inadvertido, natural, como si estuviera diciendo algo tan evidente como el sol que se levanta cada mañana, Kirchner sigue creyendo que el país es de él. Sería interesante que alguien -y rápido- corrija tan brutal confusión. © www.economiaparatodos.com.ar

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